Sábado, 17 de Noviembre de 2018      

La Laguna del Cobre


I

La Laguna del cobre. Ilustración de Raúl Mario Rosarivo
Después de pasar la “Cuesta de las Totoras”, aproximadamente a cinco mil metros de altura, se encuentra la “Laguna del Cobre”.

No hay plantas visibles en aquella oración de piedra y cielo. Se ve una especie de alfombra verde que seméjase al musgo; pero que en verdad es una planta sin altura, que solamente tiene raíz, a veces hasta un metro de profundidad se funden éstas en el suelo.

El río “El Cerrao”, se desprende de las cumbres donde nace; es apenas en sus comienzos un clamoreo cristalino; casi nieve, casi cielo; senderos de cascadas azules bajan como estelas: vivos pedazos de brisa que se tornan agua.

Un abismo corta el camino que va a la vera del incipiente río, la senda retrocede dando un largo rodeo y vuelve luego a las cercanías del “Cerrao”. El cauce, bloqueado por un profundo valle, se enrosca y sube para darnos la “Laguna del Cobre”. Tienen sus aguas un color intensamente verde, algas rojas asoman como un bosque meciendo su fronda en las profundidades. Piuquenes y otras aves acuáticas se alejan de la orilla dibujando ondas.

Rodeadas de montañas que tienen la música de todas las formas y de todos los colores; se encuentra la laguna, como una leyenda prisionera de las nevadas cumbres.



II

De ese valle de aguas verdes, se cuenta una historia que viene de remotas edades. Los arrieros suelen narrarla; ellos aman sus leyendas, viven en encantamiento de esas voces: los aparecidos que se dibujan con las sombras; las cruces desoladas donde las “ánimas” hablan a través del viento; la luz mala velando la gruta de la salamanca, o el silbo del diablo llamando al rebaño de sus almas.

De noche, no hay que detenerse en la Laguna del Cobre, sentencian los arrieros.

Las historias nacen junto con las llamas del “alojo”, los cuentos retornan: viven en los pasos de todos los caminos.

Un cuento llega para decirnos que, hace muchos y muchos años, había al otro lado de la Cordillera, un joven indio, quien, rompiendo con los ritos de su raza, raptó a la hija de un cacique araucano. El indio huyó con ella hacia el interior de la montaña.

Los enamorados caminaban solamente de noche, al alba escondíanse en alguna gruta o cumbre; allí pasaban el día para volver a iniciar las jornadas de la liberación. Andando y andando entre precipicios, por los lugares escarpados para no ser descubiertos, llegaron hasta las cercanías de la Laguna del Cobre. Cansados de recorrer leguas y leguas por las sendas del viento y de la nieve, los enamorados quedáronse dormidos, tan agotados estaban que, el atardecer los encontró allí aletargados, somnolientos.

El sol reverberaba cielos sobre el grito nevado de la montaña. Blanco y cristalino, a poco de nacer, el río serenaba sus voces de cascadas, para volverse laguna.

Los soldados del padre de la india que venían siguiendo a los prófugos, asomaron como sombra rodeando el valle. Una flecha hendió el aire y se clavó en la espalda del indio. Con un grito de sangre, éste se incorporó; ella echó a correr pidiendo al herido que la siguiera. La mujer buscaba y buscaba algún sitio por donde escapar, más sólo escuchaba en los contornos ecos humanos que la rodeaban.

La laguna era el único camino que se abría frente a ella, como un llamado del horizonte. Él iba detrás, caía y tornaba a incorporarse: las flechas lo buscaban clavándose en sus carnes.

La mujer se detuvo bruscamente antes de llegar y, como impulsada por las voces que llegaban desde lejos, fuese adentrando en la laguna. Las aguas se abrazaron a sus piernas; empezaron a subir, llegaron al pecho y le llenaron los brazos: en la espiral de un grito, la india desapareció. Vértigos de cielos rotos se abrieron en remolinos, círculos de estelas temblorosas se fueron alejando como alas hacia las orillas.

Llamándola y llamándola el hombre no alcanzó a llegar a la laguna, unos metros antes, sus pasos se quebraron y cayó definitivamente. Las flechas que venían de lo alto, golpeaban sobre el indio, quien poco a poco dejó de nombrarla, para volverse un pedazo de silencio tirado en el suelo.

Las nubes de aquel ocaso dejaron manchas bermejas sobre las blancas cumbres, donde la tierra ora a los cielos para darnos los ríos.

* * *

La voz de los narradores termina así la historia de la Laguna del Cobre; hacen un profundo silencio y luego agregan sentenciosamente:
- No hay que pasar de noche por la laguna, aseguran que, desde las cercanías de las aguas, sale el indio, ataja a los arrieros y les pregunta si han visto a su amada.

Escrito por Juan de la Torre


Extraído del libro “San Juan en el IV Centenario” Editorial Cactus, Buenos Aires, Argentina, 1962.
Ilustración de Raúl Mario Rosarivo


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