Jueves, 15 de Noviembre de 2018      

Revoluciones y crímenes políticos en San Juan: El aventurero que logró la autonomía (1820)

Los parientes enfrentados.

Por:
Juan Carlos Bataller

De nuestra historia: Mariano Mendizabal. Por Juan Carlos Bataller. (155)

Principales protagonistas

José Ignacio de la Roza
José Ignacio de la Roza (Ilustración de Santiago Paredes)
Tenía 26 años cuando asumió como primer teniente gobernador de San Juan. Había estudiado en Córdoba y obtuvo la licenciatura y doctorado en derecho en 1806, en la universidad chilena de San Felipe.
Posteriormente De la Roza se radicó en Buenos Aires, volviendo a su provincia en 1814 donde el 1 de enero de 1815 fue elegido alcalde de primer voto del cabildo.
De la Roza era un hombre privilegiado. Su abuelo, Tadeo de la Rosa, antiguo teniente corregidor y justicia mayor de Cuyo y gobernador de armas de la ciudad de San Juan, amasó una gran fortuna, acrecentada por su padre, Fernando.
Su abuelo y su padre firmaron de la Rosa pero José Ignacio cambió el nombre de familia por De la Roza.
Dinero, cultura, título universitario y hombre bien parecido, el joven De la Roza pronto fue el centro de todas las miradas cuando regresó a su provincia natal.
Su ascenso a la primera magistratura de la provincia fue rápido y sin mayores resistencia. El 2 de mayo de 1815, por primera vez en su historia, San Juan se dio un gobierno propio, eligiendo a De la Roza.
El 12 de enero de 1817, José Ignacio se casó con su prima, Tránsito de Oro, con la que tuvo su único hijo, Rosauro.

Mariano Mendizábal
Mariano Mendizábal
Hijo de una familia distinguida de Buenos Aires —sus padres fueron Francisco Mariano Mendizábal y María Paula Basabilbaso— Mariano Mendizabal eligió la carrera militar. Precisamente estaba en el Ejército cuando se produjeron las invasiones inglesas y participó luego en las campañas revolucionarias. Pero su vida disipada y sus faltas de disciplina lo hicieron acreedor a varios sumarios.
Oficial del Ejército de los Andes, recaló en San Juan cuando se estacionó en esta provincia el Batallón de Cazadores de los Andes. Gran seductor, aquí casó en 1817 con la hermana de De la Roza, con quien tuvo una hija pocos meses después de la boda.

La revolución de los parientes

La voz del capitán Francisco Solano del Corro sonó fuerte aquella mañana en la casa del teniente gobernador.
—Ha sido usted condenado a muerte. Mañana será fusilado.
Inmediatamente, José Ignacio De la Roza, primer teniente gobernador de San Juan fue trasladado al cuartel de San Clemente y encerrado en una celda.
Los acontecimientos habían comenzado en la madrugada de aquel día 9 de julio de 1820.
De pronto la tranquilidad provinciana se vió alterada cuando el vecindario de San Juan fue despertado por el estampido de varias descargas de fusilería procedentes del cuartel de San Clemente, ubicado a una cuadra de la Plaza Mayor, donde tenía su acantonamiento el Batallón Nº 1 de Cazadores de Los Andes.
De la Roza, hombre ligado al general San Martín, era el primer sanjuanino que gobernaba la provincia. “El gobernador hecho por el pueblo”, se dijo cinco años antes, cuando fue designado.
En la misma plaza mayor y en las calles de acceso, todo era algarabía: —¡Muera el tirano! ¡Viva la Libertad! ¡Viva la Federación!—, se escuchaba en una plaza colmada de tropas en la mayor confusión.
Curiosos al fin, los vecinos salieron de sus casas a medio vestir para conocer el origen del alboroto.
Era la revolución de la que tanto se venía hablando.
De la Roza fue advertido semanas antes del motin en gestación.
No le dio mucha importancia.
Se limitó a convocar al comandante del acantonamiento, teniente coronel Severo García Grande de Sequeira, que le era leal.
—Señor, el cuerpo de Cazadores de los Andes me responde absolutamente. Quédese usted tranquilo—, fueron las palabras tranquilizadoras del militar.
Aquel jefe podía responder por su oficialidad, con la que era bastante tolerante. Pero no por la soldadesca, ante la que actuaba en forma implacable. Los resultados estaban a la vista.
Los sublevados sabían que se jugaban la vida.
No podían tener dudas en su accionar.
Lo primero que hicieron fue detener a los oficiales que no se habían plegado al movimiento: el comandante Sequeira, el segundo jefe, sargento mayor Lucio Salvadores y varios capitanes.
Acto seguido se dividieron en dos grupos.
Un piquete, al mando del teniente José Ramón Jardín, un negro liberado de 25 años, se dirigió a la casa de De la Roza, constituyéndolo detenido en una de las habitaciones. Un segundo grupo dominaba el cuartel del batallón de Cívicos, matando al joven teniente Bernardo Navarro, de 18 años y a varios soldados.
Nadie salió a defender a De la Roza.
Si bien el movimiento tenía su origen en pasiones de los soldados, era evidente que el pueblo ya estaba cansado del teniente gobernador.
La gente prefería aclamar al capitán Mariano Mendizábal, nuevo hombre fuerte de la situación quien había organizado el movimiento conjuntamente con el capitán Francisco Solano del Corro, de origen salteño y el teniente Pablo Morillo, porteño, ambos conocidos como hombres brutales y sanguinarios. Detrás de ellos, muchos civiles esperaban también el momento.
Pero a todo esto... ¿quién era este capitán Mariano Mendizábal?
Bartolomé Mitre lo define así:
“Existía agregado al batallón un capitán llamado don Mariano Mendizábal, natural de Buenos Aires, el cual por su mala conducta había sido separado de las filas. Valiente, corrompido y bullanguero, había asistido a la defensa de Buenos Aires contra los ingleses y hecho casi todas las campañas de la revolución, siendo objeto de un sumario en 1817 por su conducta e incorregibilidad como por indisciplina, para que se escarmiente a este oficial, lo fuera el capitán Juan Lavalle en abril del año siguiente”.
El batallón de Cazadores de los Andes era parte del ejército libertador que San Martín dejó acantonado en San Juan al emprender el regreso a Chile. Integrado en su mayoría por sanjuaninos y reforzado con reclutas riojanos, el batallón contaba con 1.200 hombres. Mal atendido por las autoridades provinciales y por las nacionales, el batallón vivía en la mayor de las indigencias, debiendo sus integrantes mendigar para poder subsistir.
Estos hombres que habían combatido en la campaña de Chile, ya no querían más guerras. Sólo pensar que ahora, cuando habían vuelto a sus hogares, se los enviara a combatir en el Perú, los exacerbaba.
En este batallón estaba agregado Mariano Mendizábal.
Pero su situación era distinta al resto de los soldados.
El capitán era un gran coquistador... pero de mujeres.
Hombre joven, tenía poco más de 30 años, tez morena, cabellos renegridos y excelente físico, desde joven había tenido mucho éxito con las damas.
Su facilidad de palabra, su capacidad para acercarse a las mujeres y la experiencia que le daban sus años como militar, sumado a que provenía de distinguidas familias porteñas y poseía una buena educación, lo transformaban en un varón apetecible para las jóvenes sanjuaninas, aburridas de la chatura provinciana.
Y Mendizábal apuntó alto: la hermana del hombre fuerte de San Juan, el teniente gobernador De la Roza.
Tras pocos días de asedio, la joven Juana De la Rosa sucumbió a los encantos del militar porteño. Y las consecuencias pronto quedaron a la vista: Juana quedó embarazada.
En aquellos años, una situación de esta naturaleza sólo podía reparse con el casamiento. Y eso precisamente es lo que quería Mendizábal, atraído por el poder y la gran fortuna de los De la Roza.
La boda se realizó el 28 de abril de 1817, en San Juan.
Mariano Mendizábal pronto advirtió que su cuñado tenía dos problemas.
El primero, cada día estaba más distanciado de la gente y el descontento se generalizaba.
Segundo, De la Roza era un patriota y como tal había encabezado de su peculio particular las listas de contribuciones de guerra.
Como administrador de la inmensa fortuna familiar tras el fallecimiento de su padre, Fernando de la Roza, el teniente gobernador comprometió bienes familiares. Ningún pariente se quejó. Hasta que apareció Mendizabal en la familia y a nombre de su mujer objetó judicialmente el accionar de José Ignacio, dando comienzo a un pleito y a un clima de discordia que afectó profundamente al mandatario.
Las dificultades de De la Roza habían recrudecido desde 1818, cuando se presentó a la reelección. El sector conservador —muy ligado a la Iglesia— apoyado por sectores ligados a los grupos montoneros, guardaban viejos rencores y se opusieron terminantemente.
Para colmo de males, el teniente gobernador había declarado la guerra a la familia de Oro de la que formaba parte su esposa, Tránsito de Oro. Entre otras cosas, había deportado a Chile al ex congresal de Tucumán, fray Justo Santa María de Oro y a San Luis, al hermano de éste, el presbítero José de Oro.
El ambiente en este tiempo estaba dado para una revuelta. Pero faltaba lo principal: quien la encabezara. Lo lógico habría sido un hombre de arraigo sanjuanino y ligado a los sectores conservadores y de la Iglesia. Pero ya sea porque la situación era difícil o porque no existían hombres con ambiciones en esos días, el caso es que la jefatura del movimiento recayó en el famoso Mariano Mendizábal, el apuesto calavera porteño, cuñado del gobernador. Y el desprejuiciado e inescrupuloso militar que advertía la caida no sólo de De la Roza sino de toda la estructura intendencial con la consecuente autonomía provincial, se lanzó a la aventura.
Pero volvamos al gobernante en prisión.
De la Roza no fue fusilado al día siguiente.
Pero la amenaza seguía en pie. En cualquier momento se lo pasaría por las armas.
Esos días fueron un suplicio para el teniente gobernador.
Desde su celda, intentaba escuchar lo que hablaban voces lejanas. Estaba alerta ante los cambios de guardia. Cercanos a él, observaba los instrumentos de suplicio. Un sacerdote se le acercaba cada tanto y le decía:
—Prepárese, doctor, en cualquier momento será fusilado.
Dicen que De la Roza se sentía tan mal, tan torturado sicológicamente, que pidió a sus amigos, especialmente a Francisco Narciso Laprida, que le hicieran llegar opio para calmar su ansiedad.
El día 14 pidió redactar su testamento ante la proximidad del cumplimiento de la sentencia:
“Estando condenado a morir por los jefes que hicieron la revolución el día 9 del presente mes sin causa alguna y sólo por los efectos de las pasiones irritadas de la revolución —escribe—, sepan todos los que el presente vieren, que esta es mi última y única voluntad”. De la Roza encomienda a su mujer, doña Tránsito de Oro y a su hijo de un mes, Rosauro, a sus amigos Francisco Narciso Laprida y Rudecindo Rojo y recomienda a la esposa que “inspire a mi hijo los sentimientos más ardientes para su patria y que jamás le inspire venganza contra otros enemigos que los de mi país”.
Mendizábal, a todo esto, asumido el mando militar quiso institucionalizar la revolución.
El mismo día que se inició el movimiento, el 9 de enero, convocó al ayuntamiento y al vecindario para un cabildo abierto en la sala capitular.
—Señores —dijo Mendizábal— con el deseo de libertar al pueblo del despotismo, opresión y tiranía del teniente gobernador don José Ignacio De la Roza. hemos logrado deponerlo y asegurar su persona al amanecer de este día.
Hubo, lógicamente, aplausos para el capitán.
—Encontrándose el pueblo acéfalo —continuó— es preciso designar quién gobernará.
Ante la sorpresa general, el siguiente orador fue Francisco Narciso Laprida quien propuso a Mendizábal como gobernador.
Y fue nomás el cuarto teniente gobernador de San Juan, del mismo modo que lo había sido su cuñado cinco años atrás tras una asonada seguida de una votación popular.
Casi dos meses estuvo preso De la Roza. Pero no fue fusilado.
En los primeros días de marzo, Mendizábal le conmutó la condena por la pena del destierro y lo mandó a La Rioja.
Pero De la Roza hizo un viaje mucho más largo. Siguió hasta Perú, como lo hicieron a su tiempo los otros gobernadores de las provincias cuyanas, Luzuriaga y Dupuy. Allí se sumó al Ejercito Libertador.
De la Roza se quedó en Lima, donde murió en 1839, sin volver nunca a su tierra natal ni reunirse jamás con los suyos.

El aventurero que nos dio la autonomía

—¡No, este no es el final que yo quería! ¡La aventura fue demasiado lejos!
Este debe haber sido el último pensamiento de Mariano Mendizábal aquel 31 de enero de 1822, antes que el jefe del pelotón de fusilamiento diera la orden.
Pero allí estaba, en la Plaza Mayor de Lima, Perú. Y la orden llegó:
—Apunten... ¡fuego!
Y allí quedó tirado Mariano Mendizábal, sin comprender qué ocurrió, como pudo pasar todo tan rápido.
Porque Mariano Mendizábal, aquel inescrupuloso capitán, enamorador de mujeres, con alma de bribón; el que sedujo a la hermana del poderoso José Ignacio De la Roza y la dejó embarazada para casarse después con ella y tener una hija, había dado a San Juan lo máximo que un patriota puede darle: su autonomía como provincia. Y sin embargo...

Pero vamos a la historia.
Corría enero de 1820 y Mendizabal era el teniente gobernador de San Juan.
Es cierto que tenía pocos escrúpulos. Pero no era tonto Mendizabal. Ya era el teniente gobernador. Pero para asegurar el poder tenía que lograr que Mendoza, capital de la intendencia, reconociera el hecho consumado. Pero sus ambiciones iban más allá: quería la autonomía provincial. ¡Basta de depender de Mendoza! San Juan debía ser una provincia confederada, con todos sus derechos.
Enterado de que De la Roza había sido depuesto, el gobernador intendente de Cuyo Toribio de Luzuriaga instruyó al coronel Rudecindo Alvarado que viajara a San Juan al frente de dos compañías de cazadores provistas de piezas de artillería de campaña para hablar a los revoltosos “en lenguaje convincente”.
El día 14 Arredondo llegó a Pocito chocando con una guardia sanjuanina, a la que no consiguió atrapar.
Siguió viaje y cuando ya se veía el poblado se encontró con el Batallón número 1 en formación y dispuesto a darle batalla.
Tampoco el pueblo apoyó a Arredondo. Es más, una representación integrada por Salvador María del Carril y Pedro José Zavalla le pidió que desistiera de atacar a la tropa sublevada pues todo podría terminar en un conflicto sangriento.
Arredondo volvió a Mendoza decepcionado. Y Mendizábal rió para sus adentros: había logrado detener la reacción de la capital de la intendencia.
Ahora él tenía el toro por las astas. Frente la Mendoza dictatorial se levantaba San Juan Federal, marchando hacia su total autonomía.
San Martín desde Chile recomendó prudencia al gobernador de Cuyo.
Desobedecido en San Juan y con un brote de descontento en su propia guarnición, Luzuriaga renunció como intendente de Cuyo.
Inteligente Mendizábal, escribió al director supremo, general Rondeau, ofreciendo obediencia al gobierno central.
Su obra de arte estaba a punto de ser consumada. El 29 de febrero convocó a la población a una asamblea en la Catedral para que decidieran sobre un único punto:
—¿Quieren unirse a las demás provincias federadas o seguir dependiendo de Mendoza?
El 1 de marzo de 1820, la asamblea proclamó la autonomía, con la adhesión entusiasta de la población. San Juan era ya un estado argentino.
¡San Juan había nacido como provincia! Y lo había logrado el aventurero Mendizábal. Ya formaba parte de la historia provincial.
Pero ahí terminó su suerte. Y comienza su noche negra. En un proceso tan rápido como el que lo llevó a la cumbre.
El comandante Francisco Solano del Corro, su socio el 9 de enero en el derrocamiento de De la Roza, comenzó a hacerle la vida imposible. Acusaba a Mendizábal de “traidor a la causa” si se detenía ante cualquier exceso o pactaba la paz con Mendoza. Lo atacaba por haber perdonado la vida de De la Roza, halagaba a su tropa que seguía en un estado de sublevación y se iba erigiendo en el líder militar del movimiento.
Mendizábal intentó liberarse de Del Corro y lo envió a una aventura imaginaria a La Rioja. Pero la tropa se amotinó y exigió el regreso de su jefe.
Y Mariano no tuvo más remedio que enviar un chasqui para pedirle que volviera.
Tampoco con los vecinos le iba bien al nuevo teniente gobernador. Alguien lo acusó formalmente:
—Faltan varias cajas de caudales públicos.
Mendizábal intentó aclarar la situación:
—Las llevé a mi casa ante la posibilidad de que el coronel Arredondo invadiera San Juan.
Nadie quedó conforme.
Para colmo, el Batallón de Cazadores de los Andes —transformado en una horda de maleantes que cometían toda clase tropelías—, seguía reclamando fondos. Y Mendizábal no tenía otra alternativa que dárselos. Con lo que sus relaciones con los vecinos fueron de mal en peor.
El 21 de marzo de 1820 una asamblea de vecinos, apoyada por Del Corro y sus tropas, destituyó al primer gobernador, al hombre que logró la autonomía provincial. Exactamente tres semanas después de haberla logrado.
José Ignacio Fernández Maradona, de 68 años, fue designado gobernador. En el mando militar se lo mantuvo al capitán Francisco Solano del Corro, el nuevo “hombre fuerte” de San Juan.
Mendizábal no sólo había dejado de tener el poder. Ahora debía rendir cuentas de los fondos públicos administrados durante sus dos meses y medio como gobernador.
El 20 de abril presentó una rendición. Y el 24 Fernández Maradona lo intimó para que en el término de 24 horas repusiera 4 mil pesos que faltaban.
Ante esto, el inescrupuloso padre de la autonomía sanjuanina, con la ayuda de su mujer, se fugó disfrazado de fraile. Ante ello el nuevo gobernador ordenó un sumario, cerrado con la deportación inmediata de Mendizábal.
Mendizábal, como había ocurrido con De la Roza, con el gobernador de Mendoza Luzuriaga y el gobernador de San Luis, Dupuy, fue detenido en La Rioja por las fuerzas del comandante de los Llanos, Juan Facundo Quiroga.
El aventurero militar estuvo un tiempo detenido y remitido luego a Martín Güemes que lo envió a Perú, a disposición del general San Martín.
En Lima, Mariano Mendizábal fue sometido a consejo de guerra y condenado a muerte.
José Ignacio De la Roza pidió al Libertador por la vida de su cuñado a pesar que lo había traicionado.
Fue en vano.
Fue degradado en la plaza de Huaura y fusilado en cumplimiento de las ordenanzas militares.

Y allí estaba ahora, 31 de enero de 1822, el cuerpo sin vida de Mariano Mendizábal, el primer gobernador del San Juan autónomo, acribillado por el pelotón de fusilamiento en la Plaza Mayor de Lima.


El marco histórico
La provincia de Cuyo es anterior a la formación de San Juan, Mendoza y San Luis. Nace con el descubrimiento de su territorio por don Francisco de Villagra en 1551 y le da un nombre aborigen, Cuyo, que quiere decir “arenales”. El gobernador de Chile incorpora a su juridicción las tierras descubiertas y distribuye la encomienda aborigen entre vecinos de Santiago. Luego nacen las ciudades.

En 1776 se crea el virreinato del Río de la Plata, a cuya juridicción queda incorporado Cuyo como parte integrante de la intendencia de Tucumán.

Producida la revolución de Mayo, a la que se pliegan Mendoza, San Juan y San Luis, en cada una de ellas se crea una junta de gobierno, que actúa como agente de la Junta de Buenos Aires. Surge entonces la necesidad de instaurar un gobierno propio y por resolución del Triunvirato se crea la provincia de Cuyo, que tenía como capital a Mendoza.

El general San Martín es el gran impulsor de esta iniciativa pues necesitaba a esta región para convertirla en campo militar para sus campañas.

Cuando San Martín inicia la campaña en Chile, deja al frente de Mendoza al coronel Toribio de Luzuriaga y como tenientes gobernadores, en San Juan a José Ignacio de la Roza y en San Luis al coronel Vicente Dupuy.

Al terminar la segunda década, Las Provincias Unidas se hallaban en plena descomposición política. El interior se alza contra Buenos Aires y la causa federal tiene aceptación en los pueblos y en los caudillos que lo representan.

En ese clima institucional que aun perduraría algún tiempo, ocurren los hechos de esta historia.

Dígamos que en esos días, Cuyo sentía todo el peso del sacrificio en la lucha por la independencia. El estado de desmoralización llegó a su punto crítico en 1819. La miseria era general por los aportes materiales a la campaña libertadora, casi todas las familias habían perdido seres queridos y las tropas volvían de Chile cansadas y sin deseos de formar en la expedición al Perú.

Los nuevos objetivos demandaban hombres y dinero. Y la gente ya estaba cansada. La guerra exterior era impopular y el mismo general San Martín era objeto de una campaña sorda.


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