Viernes, 21 de Septiembre de 2018      

conmovedora historiA

Tres jóvenes que salieron del infierno de las drogas

Carlos, Walter y Jéssica son tres jóvenes uruguayos que vivieron durante años el flagelo de la droga. Se prostituyeron y robaron para poder consumir. Los tres coinciden en que la falta de contención familiar los llevó a transitar el camino del infierno. Con la ayuda de la palabra cristiana lograron salir y cuentan sus experiencias.

Tres historias distintas pero con denominadores comunes. Los tres nacieron en Uruguay y pasaron parte de su vida en su Montevideo natal. Los tres fueron víctimas de la droga, alcohol, sufrimiento, marginalidad, alejamiento del seno familiar, sentirse de más en esta vida y de pronto, el resurgir, tocar fondo y salir. Son las historias de Carlos Cal, 41 años; Walter Martínez, 28 y Jéssicca Olivera, 25. Llegaron a San Juan hace seis meses para trabajar en las dos comunidades que funcionan en la provincia, una en San Ta Lucía y otra en Pocito.

Si se analiza la raíz de sus dramáticas vidas encontraremos el primer punto de coincidencia: la marginación que sufrieron de parte de sus familias. Carlos porque su padre era alcohólico y golpeaba a su madre. Walter porque es el menor de doce hermanos y por lo tanto el consentido con todo la permisibilidad que ese rol trae aparejado. Jéssica porque sus padres siempre taparon las carencias afectivas con lo material.

Todos hicieron de todo para conseguir la droga que los transportara a ese estado de irrealidad. Carlos cuenta con dolor y con vergüenza que llegó a prostituirse, a tener sexo con mujeres mayores a cambio de plata y confiesa que a veces mientras mantenía sexo con esas mujeres le daba asco y deseos de vomitar que se le pasaban, según relata, cuando recordaba que de esa forma iba a obtener plata para comprar droga.

Jéssica dice que a sus padres y abuelos les mentía de todas formas para conseguir plata, mientras que Walter dice que si bien no delinquió a gran escala, llegó a robar leche para venderla y comprar la droga. Vendieron cosas de sus casas o lo que conseguían por allí. Hacían “movidas” y siempre había algo para vender. De distintas maneras el destino les cruzó la posibilidad de cambiar esa realidad. Ninguno de los tres desaprovechó la oportunidad que les dio la vida. Hoy cuentan sus historias con la vergüenza natural de un ser humano que hizo cosas impensadas pero con la cabeza alta por el orgullo de poder decir que del infierno es posible escapar.

Qué son las comunidades Beraca
Hoy los tres son líderes de hogares que funcionan bajo el nombre de “Comunidades Beraca”, nombre que toman de un monte israelí en donde en un acto de fe se venció a la misma muerte. Estas comunidades dependen de una fundación, ESALCU, cuya sigla significa espíritu, alma y cuerpo. Esta fundación nació en Uruguay pero fue fundada por un pastor sanjuanino, Pablo Márquez. En Uruguay es ampliamente conocida por su labor de esta naturaleza que brinda atención gratuita a personas con problemas graves de adicción, las que clínicamente son calificadas como “irrecuperables”.

¿El secreto? La droga es una consecuencia de las heridas que tiene el corazón. ¿La receta? Curar el corazón, sanar esas heridas que son las que llevan a adoptar una vida de fuga permanente de la realidad. ¿El remedio? La palabra de Dios. La fundación es obra de la iglesia Evangélica aunque ellos se definen simplemente como cristianos.

Desde hace siete años esta fundación desembarcó Argentina y llegó a San Juan. En nuestra provincia alquilaron dos fincas, una ubicada en calle Belgrano pasando callejón Herrera, en Santa Lucía. La otra en calle Alfonso XIII y 5, Pocito. Estos dos lugares estaban totalmente descuidados. El de Santa Lucía tiene 3 hectáreas y allí poseen una granja en la que se encuentra una huerta, criaderos de chanchos y hasta sacan la leche con el fin de autoabastecerse. Los recursos que manejan son escasos y aceptan todo tipo de donaciones, las que provienen en muchos casos de empresa particulares y estos productos son puestos a la venta y lo obtenido se destina al hogar.

El hogar ubicado en Pocito posee un galpón de dimensiones importantes, En él se comercializan dulces caseros que elaboran los propios asistentes al hogar con ayuda de terceros desinteresados que aportan su experiencia. También elaboran salsa casera, producto de la donación de importantes cantidades de tomate que ellos mismos van a cosechar.


Carlos Cal
“Me prostituí para conseguir drogas”
-¿Cómo llegaste a la droga?
-Mi padre era alcohólico y era un padre ausente en su función. Llegaba a casas borracho y mantenía violentas discusiones con mi madre y le pegaba. Yo me iba a mi dormitorio y me tapaba la cabeza para no escuchar eso.

-¿Cuál era tu escape para esa situación?
-Como a los seis años empecé a irme a la calle por largas horas, a los nueve años ya llegaba a mi casa a la una de la mañana porque a esa hora mi padre ya se había ido o se había acostado, entonces no escuchaba cómo peleaba con mi madre o cómo le pegaba.

-¿Era normal para vos esta situación?
-Era lo que veía desde que tenía uso de razón, no conocía otra cosa. Pero empecé a ver otra realidad. Cuando iba a quedarme a casa de algunos amigos veía que el padre llegaba y le daba un beso a la madre, a veces discutían pero no era parecido a lo que ocurría en mi casa.

-¿Tuviste algún tipo de reacción ante eso que era nuevo para vos?
-Empecé a rechazar a mi familia, además mi papá era “el borracho del barrio”.

-¿Tu mamá notó este cambio de actitud tuya?
-Sí y me habló, entonces yo le dije que iba a hacer lo que quisiera porque ellos con su vida lo hicieron entonces que a mí no me jodieran.

-¿Cómo empezás a drogarte, te ofrecieron o buscaste?
-Yo la busqué a partir del cambio de amistades que genera la escuela secundaria y la adolescencia. Me juntaba con pibes que fumaban y tomaban. Empecé tomando cerveza, todos los fines de semana me agarraba unas borracheras interminables, me perdía en el alcohol porque me dejaba en un estado que a mí me gustaba.

-¿Cuántos años tenías cuándo fumaste tu primer porro?
-A los 17 años fumé el primer cigarrillo de marihuana, a los 19 probé la cocaína y a partir de allí hasta los 35 años probé de todo, LSD, inhalantes, pastillas psiquiátricas, solas algunas y combinadas otras.

-¿Cómo conseguías la droga?
-Los primeros años trabajaba en un lugar que era el ámbito ideal para drogarse que era el Palacio Legislativo, allí se movía mucha cocaína.

-¿Qué pasó después?
-Dejé el trabajo por culpa de la droga y empecé a robar.

-¿Qué tipo de robos, delitos a gran escala?
-No a gran escala, me ganaba la confianza de la gente y después le robaba cosas o la estafaba.

-¿Qué más hiciste?
-Me prostituí, vendía sexo a mujeres mayores, les sacaba todo.

-¿Qué te pasaba por la cabeza?
-Me daba asco, sentía deseos de vomitar pero se me pasaba cuando recordaba que iba a obtener plata para la droga.

-¿Cómo convencías a esas mujeres para sacarles plata?
-Además de prostituirme, después me ganaba la confianza y en algunos casos llegaba desesperado a la casa y sólo quería la plata, no importaba otra cosa.

-¿A qué otra cosa te llevó la droga?
-Los últimos dos años de mi enfermedad los pasé en la calle, compraba alcohol etílico y me lo tomaba, vomitaba todo, tenía el hígado cocinado.

-¿Cómo era esa vida?
-Vivía con otros personajes de historias similares, no me bañaba, no me cambiaba la ropa. Cómo sería la mugre que tenía, que los piojos me caminaban por las costuras de la ropa, me dio sarna, tenía pelo largo y barba, era un desastre.

-¿Qué te lleva a querer salir?
-Mi mamá había gastado mucha plata en mi recuperación y nunca dio resultado. La psiquiatra no quería atenderme más, habían hecho un ateneo y el jefe de ella le prohibió que siguiera atendiéndome pero por ella me salvo.

-¿Cómo es eso?
-Un día que sentía que me moría fui hasta el hospital y la esperé, cuando llegó me dijo que me fuera porque no me iba a atender más, que ningún tratamiento había dado resultado. Yo insistí, me hizo entrar al consultorio y me dijo que la única oportunidad que tenía eran las comunidades Beraca.

-¿Qué pasó?
-Le dijeron que sí, sólo tenía que llenar una ficha con mis datos, entonces ella llamó a mi hermana, con la cual no me hablaba y tampoco podía acercarme a su casa. Me vio en tal estado que me llevó a su casa, me cambió ropa, me bañó, me curó y después me llevó a la comunidad.

-¿Cómo te recibieron?
-Bien, sólo tenía que llenar un formulario y responder algunas preguntas, pero mi hermana me dio tantos medicamentos para bajarme la pasada de vuelta que tenía, que temblaba entero y no podía agarrar ni la lapicera. Le dijeron que me llevara a casa y volviera cuando pudiera hablar.

-¿Quisiste volver?
-Sí porque no daba más, volví y me quedé en el hogar.

-¿Te costó insertarte?
-Me costó, resistía todo todo el tiempo. Lo primero que les dije que no creía en nada, que no era cristiano y que no pensaba orar y me dijeron que nadie me había dicho nada de eso, que hiciera lo que quisiera.

-¿Qué te convenció?
-Vi que llegaban algunos personajes que eran pesados de verdad, yo los bardeaba y me decían que querían cambiar, que estaban en etapa de cambios y eso me llamó la atención, entonces empecé a acercarme de a poco y desde ese día sentí que algo cambiaba en mi corazón, que era verdad que tenía que sanar esas heridas primero.

-¿Cómo llegás a Argentina?
-Las comunidades empiezan a extenderse y necesitaban gente con experiencia, entonces me mandaron a Argentina y así llegué a San Juan, fue hace seis meses.

-¿Cuál es tu tarea?
-Ayudar a los chicos que se acercan, acá nadie está obligado, hacerles entender y sentir que esto es un hogar y que se mueve con esas pautas.

Jéssica Olivera
“Inhalaba hasta thinner y nafta”

-¿Cuál es tu historia de vida?
-A partir de los 13 años empecé a incursionar en la calle, conociendo gente más grande, pero la raíz del problema viene de casa, el problema arranca en casa.

-¿Por qué decís eso?
-Porque en casa si bien estaban mis padres, me daban todo, se encargaban de que no faltara nada pero se olvidaron de ser papás porque estaban enfocados en trabajar y en las cosas materiales y no en lo que necesitaba como niños.

-¿Cuántos hermanos son?
-Tres hermanos, yo soy la mayor. Por eso ante la falta de contención tomé la calle y empecé a fumar marihuana.

-¿Qué sentías?
-Me sentí sola, triste, que nadie me quería y creí encontrar en la calle lo que no tenía en casa y ahí empecé a salir a boliches, a consumir mucho alcohol y terminaba ebria todos los fines de semana, incluso estuve en comisarías porque en Montevideo la vida en la calle es mucho más dura que acá y se impone la ley del más fuerte.

-¿Tus padres que hacían?
-Ya no sabía cómo ponerme límites, me puse rebelde, me iba de casa y a veces iba a comer.

-¿Sabían que consumías drogas?
-La gente les decía pero los padres a veces no se quieren dar cuenta de la dura realidad de sus hijos. A mí nunca me preguntaron si consumía drogas.

-¿En algún momento vos les dijiste lo que te ocurría?
-Después que dejé las drogas, cuando me recuperé les conté el infierno que había vivido durante muchos años.

-Además de marihuana, ¿qué otra droga probaste?
-Mi papá es chapista y en casa siempre había pegamento, thinner, nafta y yo inhalaba. También probé cocaína y pastillas mezcladas con alcohol para dormir varios días.

-¿Qué hacías para conseguir la droga?
-Vendía todo, siempre encontraba algo en mi casa mis viejos siempre me daban plata porque les mentía que necesitaba para comprar algo.

-¿Tuviste la necesidad de robar o prostituirte?
-No llegué a ese extremo porque tenía primos más grandes o iba a mis abuelos y los “chamullaba”, les contaba alguna historia en la cual necesitaba plata y me daban.

-¿A qué edad llegaste a Beraca?
-A los 18 años, al principio iba y venía desde el hogar a mi casa y después me metí de lleno. Pude sanar mi corazón porque el problema está dentro de nosotros, la droga es una consecuencia de un corazón herido y vacío. Al tiempo empecé a ayudar en los hogares, dejé las salidas, me vine a San Juan, se vino Walter y nos casamos hace pocos días.

-¿Tus padre creyeron en ese cambio?
-Creyeron porque vieron el vuelco que dí y están muy contentos, nos acompañaron a Walter y a mí en el casamiento el 4 de abril.

-¿Ya pensás en agrandar la familia?
-Yo quiero, pero mi esposo prefiere esperar un poco.

Walter Martínez
“Cuando quise salir, no pude”

-¿Cuál es tu historia de vida y la relación con las drogas?
-Todo arranca en la niñez, soy el más chico de doce hermanos y era el consentido de mi papá, entonces me daban todo lo que quería.

-¿No tenías carencias económicas?
-Habían algunas pero hacían un esfuerzo extra para satisfacerme a mí. Me daban las mejores zapatillas, la mejor ropa, los mejores útiles, a diferencia de mis hermanos siempre tuve todo y lo mejor. Producto de eso había una diferencia, estaba dividida la familia, por un lado mi mamá y mis hermanos y por el otro mi papá y yo y eso sólo generó una inseguridad en mi persona.

-¿Cómo eras en la adolescencia?
-Muy inseguro, con temor de emprender y lograr, me sentía incapaz y cuando me di cuenta le eché la culpa a a mi papá y pase de tener una excelente relación a estar distante y rechazarlo en una relación muy fría.

-¿Cómo se reflejó esa nueva manera de ser?
-Opté por la calle y como siempre fui el consentido, no me podían parar, no habían límites. Entonces conocí la noche, conocía la marihuana.

-¿La buscaste o te la ofrecieron?
-Se fue dando, nadie se levanta pensando hoy me fumo un porro o me transformo en un cocainómano, no pasa así, se da por los ambientes que vas frecuentando y la condición de tu corazón y la relación con tu entorno familiar, vas buscando aceptación.

-¿Cómo es eso?
-Claro, estás con un grupo de chicos que tienen determinada onda, que son fans de una banda, entonces uno busca una aceptación y la única manera es haciéndote uno de ellos y para ser uno de ellos tenés que fumar.

-¿Cómo siguió?
-Primero era los fines de semana pero después fue todos los días y ya no solamente marihuana, apareció la cocaína, el poxiran y por último consumí pasta base, que acá le llaman paco.

-¿Qué hiciste para conseguir la droga?
-Nunca delinquí a mayor escala, fueron pequeñeces como robar leche y venderla, me favoreció que no nos vinculábamos con delincuentes y nunca usamos armas.

-¿Entonces no era fácil conseguir la droga?
-Nosotros hacíamos lo que se llama “movida”, éramos como distribuidores o intermediarios y por recibir y entregar obteníamos lo nuestro, siempre había algo para vender y teníamos esa habilidad, siempre consumimos sin necesidad de delinquir.

-¿En algún momento se te ocurrió salir de las drogas?
-Cuando quise salir, no pude, viví preso, quise cambiar y no pude, llegué a decir con mis amigos “che, mañana dejamos porque no doy más” y no podía, llega un momento en que te duele la droga.

-¿Cómo te duele?
-En la jerga, hay un momento en que vos curtis a la droga, pero en otro momento la droga te curte a vos y ahí es cuando te duele porque querés salir y no podés y empezás a golpear puertas y decís que la droga es tu problema, pero cuando estás acá te das cuenta que la droga no es el problema, el problema es el corazón.

-¿Cómo llegás a la comunidad Beraca?
-Una noche mientras consumíamos con unos amigos, un chico se acercó y me invitó a acercarme a un grupo que rapeaba y me gustó esa onda porque estaba en eso. Fui y vi que bailaban pero que contaban sus historias y algunos contaron cosas más graves que las cosas que estaba viviendo, así que me familiaricé y así entre a la comunidad para recuperarme.

-¿Por qué dice Jéssica que todavía no querés agrandar la familia?
-Porque debemos darnos un tiempo para afirmar el matrimonio.

-¿Recuperaste la relación con tu papá?
-La recuperé, hablamos y nos dimos las explicaciones y con el resto de la familia me comunico por chat y lo importante es que superamos y lo hicimos como familia y hoy siento en mi corazón que debo estar como misionero en este lugar, no es fácil, pero hay que estar.



NOTA PUBLICADA EN EL NUEVO DIARIO EL 3 DE MAYO DE 2013.

Carlos Cal destaca que no hay rejas en el hogar de Santa Lucía. Cualquiera puede entrar para recuperarse y cualquiera puede irse si no se siente cómodo.
Jéssica Olivera disfruta hoy del reciente matrimonio que contrajo con Walter Martínez. Ella quiere agrandar la familia, él prefiere esperar.

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