Lunes, 22 de Octubre de 2018      

La extraña desaparición del Yiyo

La sustracción del pequeño de siete años ocurrida en 1997 puso una alarma en San Juan de qué hacer y cómo recuperar a un menor sustraído. Los que tenían la obligación y el deber de buscarlo y encontrarlo perdieron un tiempo precioso que terminó con el peor de los resultados: Yiyo aún sigue desaparecido.

Ricardo Matías "Yiyo" Villafañe fue robado el 23 de octubre de 1997 en la Villa Hipódromo, en Rawson. En ese momento tenía 7 años.
Si Ricardo Matías “Yiyo” Villafañe aún estuviera vivo, este año cumpliría 22 años. Fue robado cuando tenía 7 años el 23 de octubre de 1997 en la Villa Hipódromo, en Rawson. Aunque se atrapó a los responsables de haberlo robado y luego vendido, todavía es un misterio el paradero de aquel niño con una leve discapacidad mental.

A casi 15 años de su sustracción, lo único que es seguro es que el peor enemigo de Yiyo fue el paso del tiempo. Y no el tiempo que lleva desaparecido precisamente, sino el tiempo que se tardó en buscarlo formalmente en esa época, poniendo todas las fuerzas e instituciones de una sociedad para encontrarlo. Se reaccionó tarde y las agujas del reloj se fueron llevando a ese niño lenta y definitivamente.

No es tan solo una crítica, es una advertencia. Porque finalmente la sociedad sanjuanina sí reaccionó. A cada madre y padre sanjuanino cuando leyó o escuchó del caso se habrá preguntado qué hubiera hecho si se tratara de uno de sus hijos. Es otro “Yo te avisé”, de que estas cosas pasan y también pasan en San Juan.

Por eso hay que revisar este caso y recordar cómo reaccionaron las instituciones que deben cuidar de nosotros y de nuestros hijos. Indudablemente para que esto no pase más. No el hecho de que criminales planeen robarse a unos de nuestros niños, sino el hecho que si eso pasa, los padres, la policía y la justicia reaccionen inmediatamente para hacer todo lo posible para recuperarlo.

El robo y venta de Yiyo es un hecho que podemos repasar rápidamente. Su madre, Liliana Gamboa, sale el 23 de octubrea visitar a su pareja que estaba detenido en el Penal de Chimbas. Para hacer eso, dejó al cuidado de una vecina que vivía a seis cuadras de su casa a Yiyo y a su perrito Milú.

Su vecina era Mercedes González, más conocida como la Piri, la curandera de la Villa Hipódromo en el departamento Rawson. Esta mujer, junto a tres cómplices fueron los que sustrajeron al niño y lo llevaron hasta una esquina de un abandonado frigorífico de la zona, en que el menor fue entregado a dos mujeres mayores. Esa fue la última vez que se lo vio con vida a Yiyo.

Simple, sencillo, rápido, una banda le robó a un niño su vida. Un horror. Imaginemos por un segundo lo que debe haber sentido ese niño. Piensen los padres que leen esta nota en sus hijos de siete años si los sacan violentamente de su lado. Esas personitas que creen que sus padres son todo, que son su mundo y que sin ellos no podrían vivir.

Y de repente la nada. La violencia, el dolor, la incomprensión, la injusticia, todas juntas en un instante. Destruyen su mundo en un dos por tres y nadie ni nada se los puede explicar. Las caras conocidas desaparecen, las caras del amor, de la familia. Ahora son reemplazadas por órdenes y violencia que de a poco hacen desaparecer al niño y empieza aparecer alguien que solo quiere que este martirio se termine, alguien que quiere que vuelva su vida, alguien que desea morir antes que seguir así.

Y no cometamos el error de pensar que porque Yiyo tenía alguna discapacidad mental, no se daría cuenta de lo que le estaba sucediendo. Al contrario, esos niños construyen un mundo más sensible con relación a sus padres, y no por no poder comunicarse como otros niños, no sienten lo ocurrido.

Si el delito fue tan rápido y sencillo, su búsqueda por el contrario, fue complicada y lenta. Cuando la madre de Yiyo vuelve a las seis de la tarde a buscar a su hijo a la casa de la Piri, se encuentra con la noticia de que el niño había desaparecido luego de salir a jugar, según los dichos de su vecina. Lo buscó por unas horas por la zona y al no encontrarlo hizo la denuncia en la Seccional 24 de la Policía.

La verdad es que la policía no hizo nada en ese momento. No hizo ninguna búsqueda, ningún “operativo cerrojo” con otras provincias, ni avisó a otras policías para que estuvieran atentos a un niño de las características de Yiyo. En una palabra no hizo nada, no reaccionó como se espera que reaccionen. La sensación es que en aquel momento hasta debe haber molestado la sola idea de salir a buscar un niño discapacitado perdido.

A los cuatro días de que un juez presionara a los efectivos de la comisaría 24, recién los policías salieron a preguntar por él. La madre, cansada de la inacción de los uniformados, había llevado su denuncia a la justicia y fue desde allí que se empujó la investigación. Desgraciadamente habrá que imaginarse qué habría pasado si la policía hubiera reaccionado inmediatamente.

Si hubieran interrogado a las pocas horas a la Piri. Si hubieran rastrillado bien la zona para buscar un testigo que viera cómo esa tarde del 23 de Octubre la curandera entregó a Yiyo a dos mujeres aparentemente mendocinas que conducían un Volkswagen Polo de color rojo. Si hubieran pedido la colaboración de la policía de Mendoza, entre otros procedimientos posibles.

Pero era tarde, ya habían pasado cuatro días, y los ladrones del menor ya lo habrían podido sacar hasta del país si hubieran querido. Además, los investigadores locales enfilaron mal sus investigaciones cuando eligieron al padre del niño como secuestrador de su propio hijo. Carlos Villafañe había sido pareja de Liliana Gamboa y habían tenido cuatro hijos juntos.

Cuando desapareció el menor de ellos, ya llevaban cinco años de separados y Villafañe vivía en Villa Fiorito, en el conurbano bonaerense. Según la mujer, el hombre ya se había llevado otro de sus hijos con él y la amenazaba con llevarse a Yiyo también.

El que derribó esa línea de investigación fue el mismo Villafañe, quien enterado de lo sucedido, viajó inmediatamente a San Juan para buscar a su hijo. Fue él quien insistió a las autoridades nacionales para que la Policía Federal tomara parte de la investigación, algo que aparentemente a esa fuerza de seguridad nacional no se le hubiera ocurrido hacer sino los presionaban políticamente.

Pero también perdió tiempo muy valioso su madre. No se entiende por qué, si era tal la desesperación por encontrar a su hijo, no fue antes a los medios de comunicación para pedir por él. La noticia tardó mucho en darse a conocer a la opinión pública. Recién a más dos semanas de lo que se creía la desaparición de “Yiyo”, Liliana Gamboa salió a pedir por él. Al principio no fue del todo honesta con los periodistas, por lo tanto la información que le llegaba al público no era clara y se hacía más difícil ayudarla en su búsqueda. En una primera nota ella aseguró que le había servido el almuerzo a Yiyo y que cuando salió a llamarlo para que viniera a comer, este ya había desaparecido.

Esto no fue así. Ella no estaba en su casa, sino que se lo había dejado a la Piri para que se lo “cuidara”. En notas siguientes, Gamboa ya comienza a admitir que no se encontraba en su hogar en momento de la sustracción de su hijo menor y cuenta lo de su vecina, pero no dice la verdad cuando le preguntan a dónde había ido, ya que asegura que había salido a hacer “unas diligencias”, mientras que la realidad indicaba que estaba en el Penal visitando a su pareja de ese momento.

Fue la justicia la que se encargó de contar la versión definitiva de lo que hizo la madre ese día. Nunca se lo escuchó de su propia voz, como si algo de vergüenza la invadiera por haber dejado a su hijo en manos de una entregadora. Lo cierto es que estas idas y vueltas de su progenitora también jugaron en contra del tiempo que había para recuperar a Yiyo. Ella colaboró con la confusión ya que las horas, los días y los años pasaran, y aún sin noticia.

Finalmente hubo un tercer retraso que fue contra el tiempo de la víctima. Fue el de la justicia, que aunque al parecer logró su cometido de hallar y castigar a los culpables, tardó mucho más de lo esperado. Dos hechos hay que marcar al respecto. El primero fue que un juez detuvo a la Piri y a su pareja Rubén “El Pato Lucas” Díaz por sospechar que ellos habían vendido al niño, pero al poco tiempo los dejaron en libertad por falta de mérito.

Es decir tuvieron en su poder a la culpable y la dejaron ir. Eso en plazos procesales no se traduce como en “una pérdida de tiempo”, porque el fin último es atrapar a los culpables. Pero en los tiempos de búsqueda y recuperación de Yiyo, fueron una eternidad.

El siguiente hecho que hay tener en cuenta en lo que respecta al tiempo perdido por la justicia, tiene que ver con la aparición de un “arrepentido” que destrabó todo el caso, que a más dos meses de la sustracción del menor, estaba estancado. Fabián “El Púa” Reyes, un muchacho de 18 años que ya tenía prontuario, aseguró ante un juez que fue él mismo quien llevó a Yiyo hasta el lugar en donde la Piri lo entregó a las supuestas compradoras mendocinas.

Reyes también implicó a otras tres personas más. A Díaz, la pareja de la curandera, a Alberto “Tolengo” Gutiérrez y a Carlos “El Porteño” Quiroga, como quienes plantearon la “desaparición” de Yiyo y se repartieron el dinero de la “venta”. Los cuatro fueron detenidos, y tan solo Díaz quedó en libertad, mientras que la Piri, Quiroga, Reyes y Gutiérrez fueron detenidos y castigados por el delito de sustracción y ocultamiento de un menor.

Si repasamos estas tres líneas de retardo en la búsqueda de Yiyo Villafañe desde aquel 23 de octubre de 1997, nos daremos cuenta que el gran error que cometieron las autoridades y la madre de la víctima, fue pensar primero en ellos y no en el pequeño.

Pareciera en todo momento que la policía, la Gamboa y la justicia, estuvieron pensando en cómo quedaban ellos ante la opinión pública con respecto al caso. El tiempo que tomaron en cuidarse ellos mismo, es el tiempo que se perdió en buscar y encontrar al pequeño.

Ninguno de los actuantes tuvo como prioridad al menor, por eso a este pequeño se lo llevó el tiempo que perdieron en sus propias miserias y mezquindades quienes tenían la obligación de salvarlo.
Fuente: Nota publicada por el periodista Omar Garade en Tiempo de San Juan en el año 2012


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