Sábado, 17 de Noviembre de 2018      

Anécdotas de Domingo Faustino Sarmiento

Domingo Faustino Sarmiento, luchó por la educación. A los 15 años comenzó a enseñar en San Francisco del Monte, en San Luis.
1. Monitor de la Educación
El presidente chileno Manuel Montt le pidió a Sarmiento que creara un periódico de educación. “El padre del aula”, entusiasmado con el proyecto, le puso como nombre Monitor de la Educación. Esta denominación fue criticada por un ministro por ser un tanto “pretencioso” y le cambió el nombre por Monitor de las Escuelas Primarias. “Señor, mi propósito es escribirlo para educar ministros, diputados, senadores y doctores, porque de tanto que ustedes saben, no saben que ignoran todo sobre este asunto. Las escuelas no se mejoran en la Escuela, sino en la opinión de los que gobiernan y legislan”, le respondió el sanjuanino.

2.” Qué decía usted de su niño?”
A diferencia de lo que ocurre hoy en los colegios, cuando Sarmiento era jefe del Departamento de Escuelas y recibía a las madres que querían hacer una queja por supuestos actos de injusticia contra los maestros, Sarmiento les aclaraba que “los maestros siempre tienen razón”.

3.
“Una tunda de azotes dada a tiempo”.
En la Dirección de Escuelas de la Provincia hay un tratado pedagógico contra los castigos corporales que conserva una anotación marginal de Sarmiento que aclara: “Todo ello es muy bueno; pero una tunda de azotes dada a tiempo, nos ha venido bien a todos”.

4.
Sarmiento plantó la primera planta de mimbre en el país
Sarmiento plantó la primera vara de mimbre en el Delta del Paraná y también trajo semillas de nogales pecan de Estados Unidos al Delta. En una oportunidad, un hombre sostuvo que el mimbre era conocido en Buenos Aires “desde que tuvo uso de razón”, a lo que Sarmiento le respondió de manera muy ingeniosa: “Podemos conciliar lo que usted dice con la historia, preguntándole: ¿a qué edad empezó usted a usar de su razón, hasta hoy tan escasa?”.

5. Honor
Un empleado de Sarmiento escribió una carta en nombre del presidente que comenzaba diciendo “tengo el honor”. Ante esa frase, Sarmiento le preguntó a su empleado si alguna vez había pensado en ser presidente. El trabajador le respondió que no y entonces el sanjuanino le dijo: “Hace usted mal. Es obligación de todo argentino aspirar a ser presidente de la república. Vaya usted y cuando tenga esa idea en la cabeza, no se le ocurrirá que el presidente tiene honor en dirigirse a nadie, por viuda que sea, sino que le hace honor dirigiéndose a ella”.

6.
“Va usted bien por ese camino”
Al incorporarse a la campaña militar que derrotaría a Rosas en la batalla de Caseros, en 1852, Sarmiento mantuvo varios encuentros con Urquiza en Gualeguaychú. Según contó en su libro Campaña en el Ejército Grande, el gobernador de Entre Ríos nunca mencionó en esas reuniones las cartas que él le enviara desde 1850 ni sus libros pero sí, en una carta, "me aconseja como suya, como nueva para mí, la misma política de fusión que Argirópolis y Sud América revelaban; pero sin decirme: va usted bien por ese camino, sino: yo le indico esa política".

7. “Que las risas consten en el acta”
El Senado debatía el presupuesto para la construcción de un ferrocarril y los senadores consideraron excesiva la suma de 800.000 pesos fuertes y demasiado generosa la garantía del 7% de ganancia. "No he de morirme sin ver empleados en ferrocarriles en este país. ¡No digo 800.000 sino 800 millones de pesos!", exclamó Sarmiento. Como los senadores se empezaron a reír, Sarmiento pidió que las risas constaran en las actas: "Porque necesito que las generaciones venideras sepan que para ayudar al progreso de mi país, he debido adquirir inquebrantable confianza en su porvenir. Necesito que consten esas risas, para que se sepa con qué clase de necios he tenido que lidiar".

8. “Ni al Papa…”
Caminaba Sarmiento -por entonces, ex presidente- por el centro porteño cuando cruzó al arzobispo Aneiros. En ese momento, entre el prelado y Sarmiento se originó una breve rencilla de amabilidades: ambos querían cederse el paso.

-No olvide, Su Ilustrísima, que es un príncipe de la Iglesia y yo un simple particular

-Para mí su excelencia es siempre el Presidente de la República.

-Eso no. Le prevengo que siendo presidente, ni al papa...

9. Los gastos de una orgÍa
Entre 1845 y 1847 Sarmiento emprendió un viaje por Europa, África y América por encargo del presidente Montt, para estudiar el sistema educativo de los países que visitó (y para correrlo de la escena política chilena, donde solía generar no pocos problemas con sus intervenciones). Como resultado de ese viaje, surgieron dos libros y medio: La educación popular, sus Viajes -una serie de cartas donde iba contando sus experiencias-, y el Diario de gastos, un libretita que el propio Sarmiento definió como "uno de mis mejores recuerdos". Con anotaciones en varios idiomas, el Diario permite entrever a un hombre puntilloso en sus gastos. En el prólogo a una reciente edición, el escritor Juan José Saer señaló: "La jovial sorpresa de muchos estudiosos ante la mención ''''''''Orgía 13,5 francos'''''''' del 15 de junio de 1846 en Mainville, no me impide preferir el rubro que sigue inmediatamente, ''''''''Una pieza para secar la pluma 2 francos'''''''', y que nos muestra a un hombre vigoroso y satisfecho, dispuesto a retomar la tarea después de una pausa bien merecida".

10 . “Si fueran buenos los libros”
Escribía en Recuerdos de Provincia: “La Historia de Grecia la estudié de memoria, y la de Roma en seguida (...); y esto mientras vendía yerba y azúcar, y ponía mala cara a los que me venían a sacar de aquel mundo que yo había descubierto para vivir en él. Por las mañanas, después de barrida la tienda, yo estaba leyendo, y una señora pasaba para la Iglesia y volvía de ella, y sus ojos tropezaban siempre, día a día, mes a mes, con este niño inmóvil insensible a toda perturbación, sus ojos fijos sobre un libro, por lo que, meneando la cabeza, decía en su casa: ‘¡Este mocito no debe ser bueno! ¡Si fueran buenos los libros no los leería con tanto ahínco!’.".

11. Patas para arriba
En un debate parlamentario un diputado estanciero acusó a Sarmiento de ser pobre y que si se lo ponía patas para arriba no se le caería un solo peso. Don Domingo le respondió: “Puede ser, pero a usted lo pongan como lo pongan nunca se le caerá una idea inteligente. Yo estoy hace tiempo reñido con las oligarquías, las aristocracias, la gente ‘decente’ a cuyo número y corporación tengo el honor de pertenecer, salvo que no tengo estancias.

12. “Toque padre”
En 1862, siendo gobernador de San Juan, ordenó la construcción de una escuela en terrenos de la iglesia. Un sacerdote lo acusó en su sermón de tener cola por ser hijo del diablo. Pocos días después Sarmiento se lo cruzó por la calle y le dijo, llevándose las manos a las nalgas: “Toque, padre. Compruebe que tengo rabo, así podrá predicar su sermón con fundamento.”

13. Como paren las vacas
Desde el gobierno intentó concretar proyectos renovadores como la fundación de colonias de pequeños agricultores en Chivilcoy y Mercedes. La experiencia funcionó bien, pero cuando intentó extenderla se encontró con la oposición de los terratenientes porteños. “Quieren que el gobierno, quieren que nosotros, que no tenemos una vaca, contribuyamos a triplicarles su fortuna a los Anchorena, a los Unzué, a los Pereyra, y a los millonarios que pasan su vida mirando cómo paren las vacas.”

14. Un ardid ingenioso
Sarmiento publicó en Chile en 1845 su libro “Facundo”. El gobierno de nuestro país era ejercido por Juan Manuel de Rosas, su archienemigo. Por supuesto se iba a impedir el ingreso al país de la obra del ilustre sanjuanino. ¿Qué sucedió para que ello fuera posible?
Sarmiento consiguió hacer entrar al país decenas de ejemplares a través de un paquete que despachó su amigo, el Dr. Adrián Rawson. El paquete fue rociado con Asafétida, un medicamento con olor hediodo y repulsivo, y acompañado por una carta que decía que contenía medicamentos contra la tos ferina.
Ningún empleado de correo quiso abrirlo y mediante este ardid comenzaron a circular los primeros ejemplares de esta obra en nuestro país.

15. Cupido desvió la flecha
Sarmiento tenía 29 años y estaba apasionadamente enamorado de Elena Rodríguez, hermosa joven que era prima suya. Podía frecuentar la casa de su amada por ser pariente y por aprecio al padre de la jovencita, Don Ignacio Fermín Rodríguez, quien fue el que le enseñó a leer y a escribir.
Mecida el alma por un anhelar tierno, incesante y la esperanza, sumergíase en abismos de ventura y escuchaba la música errátil del viento, mientras los rayos de la luna iluminaban su melancólico amor.
Deseoso de saber con certeza si ella correspondía a sus sentimientos, comenzó a observar si respondía a sus saludos con una sonrisa, si festejaba sus ocurrencias, cómo reaccionaba ante un piropo...
Llegó a la conclusión de que Elena también sentía simpatía y cariño por él. Entonces escribió una carta muy conceptuosa y entusiasta a Tránsito Oro, madre de Elena, solicitándole la mano de su hija.
Recibió una respuesta negativa, no porque se lo despreciara sino porque Elenita no lo amaba como él lo había imaginado.

Cupido desvió la flecha del amor, dirigiéndola a José Antonio Sarmiento con quien finalmente se casó la joven mujer.

16. Alocución bilingüe
Siendo Sarmiento legislador debió nombrar en una alocución al célebre escritor británico Shakespeare, como estaba frente a un público de habla castellana, en vez de pronunciar correctamente en inglés ese apellido, dijo “Yaquespeare”.
Ante este hecho, muchas risas burlonas resonaron en el lugar. Sarmiento, con una mirada de desprecio, prosiguió su discurso, pero en perfecto inglés, idioma que dominaba.
Como en estas tierras pocos conocían esta lengua, la gran mayoría no entendió nada.
De esta manera les demostró quiénes eran los verdaderos incultos a los legisladores que habían reído; fue una lección imposible de olvidar.

17. La mejor empanada
En cierta ocasión en que en un almuerzo se sirvieron empanadas, a pedido de Sarmiento se verificó que entre los comensales estaban representadas todas las provincias.
Al saberlo, Sarmiento dijo que ninguna empanada del mundo valía lo que una empanada sanjuanina.
Ante el silencio de estupor que produjeron estas palabras, un jujeño expresó que respetaba lo dicho por Sarmiento, pero que era de presumir que no conocía la empanada de Jujuy, la más sabrosa; un correntino defendió la de su terruño. Poco a poco salteños, mendocinos, santiagueños, puntanos, etc. declararon que eran detestables todas las empanadas que no fueran las de sus pagos.
La discusión se convirtió en una batahola de apasionados defensores que creían que ellos eran dueños de la verdad.
Sarmiento impuso silencio y entonces expresó que se había hecho caso omiso de la empanada nacional. Que la discusión que se había originado era un trozo de historia argentina, pues mucha de la sangre que se había derramado había sido para defender cada uno su empanada.
Que era hora de desterrar el localismo y que sería bueno que alguna vez al lado del sacrosanto amor a la empanada del terruño y tener indulgencia por las demás empanadas. Instó a amar la empanada nacional, sin perjuicio de las demás.


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