Lunes, 22 de Octubre de 2018      

Grandes historias policiales

El crimen de La Laguna

En marzo de 1985, un lugareño del distrito La Laguna, jurisdicción de Sarmiento, fue asesinado de un picazo en la nuca en su propio rancho. Estuvo abandonado por varios días y los escasos datos obtenidos hacían presumir que el hecho estaba predestinado a quedar en la impunidad.

Por:
Alejandro Sánchez

En este rancho se produjo el crimen de Víctor González. Una lejana pariente de la víctima informa lo ocurrido al autor de la nota.
Víctor González contaba con 60 años de edad y hacía tres que había arribado al departamento Sarmiento, procedente de Corrientes. Venía en busca de trabajo, solo y sin familia. Tenía pensado seguir luego viaje a Mendoza, donde tenía conocidos y promesa de trabajar en la agricultura.
Pero su destino fue quedarse en el distrito La Laguna, distante 35 kilómetros de la villa cabecera de Media Agua. Los propietarios de la finca Munafó le ofrecieron trabajo para cuidar ganado caprino, que justamente era su especialidad. Para esta tarea contaba con dos perros vagabundos que halló en el trayecto.

Policías de Media Agua, utilizando cabalgaduras, llegaron al lugar del homicidio para iniciar la investigación y posterior esclarecimiento con la detención de los autores.
Con los escasos recursos que contaba, González construyó un rancho de precarias condiciones, pues era solamente de cañas y palos. Como pudo armó una mesa y una silla. Luego consiguió un viejo catre sin colchón, el que armó después con cartones y trapos viejos.
El rancho estaba alejado varios kilómetros de las casas de otros obreros de la misma finca. El correntino se encargaba de largar por la mañana las cabras y corderos de los corrales y por la tarde los reunía y arreaba nuevamente al encierro.
Muy pocas veces llegaba a los centros poblados debido a que los patrones se encargaban de hacerle llegar los víveres.

Una discusión que terminó en muerte
Nadie vigilaba la tarea que realizaba González porque lo consideraban responsable y cumplidor. A veces llegaba hasta la casa de los patrones para anunciarles el nacimiento de cabritos. Un día, el cuidador de cabras recibió el pago de dos meses atrasados y también un bolso con mercaderías, entre las que se contaban fiambres, embutidos y también un envase con vino para la semana.

Cerca del mediodía, Víctor se hallaba preparando el almuerzo cuando recibió la visita de dos menores que se domiciliaban en otro sector de la finca. Ambos montaban un burro y llegaron al rancho en busca de agua para beber. Entre charla y charla tomaron unas copas de vino junto con el dueño del rancho, que al parecer desde antes ya había estado bebiendo. Los visitantes habrían estado enterados de que González había recibido una paga de dinero y luego advirtieron la mercadería que se encontraba en un rincón del rancho.

Por cuestiones del momento, se originó una discusión entre González y uno de los menores. Este último salió del rancho y enseguida regresó con un pico de dos puntas. Sin mediar palabras y ante la atónita mirada del otro menor, aprovechando que González se encontraba sentado al costado de la mesa, le asestó un fuerte golpe en la nuca, introduciéndole la punta del pico. La muerte se produjo sin un quejido y en forma instantánea. Quedó inerte, con la cabeza sobre la mesa.
Los menores limpiaron a medias el pico para luego montar en el burro y alejarse del lugar, no sin antes prometerse entre ambos guardar silencio.

Dos perros cuidaron el cadáver
Transcurrieron varios días sin tener noticias de Víctor González. Les llamó la atención a algunos de los ocupantes de otros ranchos de la misma finca, el despliegue de cabras por distintos lugares del campo sin la presencia del cuidador.
Algunos pensaron que habría viajado a Media Agua y otros que estaría enfermo. Una tarde llegó a uno de esos ranchos un hombre que había ingresado a esa finca para cazar y pasó por la vivienda de González. No pudo entrar porque se lo impidieron dos perros, pero había sentido un horrible hedor, lo que le hizo sospechar que allí habría un cadáver.

La novedad fue puesta en conocimiento de los dueños de finca, quienes junto con otros obreros, se trasladaron hasta el lugar señalado. Allí se observaba el cuerpo de González en total estado de putrefacción, en la misma posición de cuando fue muerto.
A simple vista aún se observaba una enorme herida en la nuca. La falta del dinero y mercadería hizo suponer que el móvil del crimen había sido el robo y los únicos testigos del hecho fueron los dos perros, que habían permanecido cerca del cuerpo, como si lo hubieran estado custodiando.

Un crimen que por poco queda impune
Este caso fue denunciado en la comisaría jurisdiccional con asiento en Media Agua. Una comisión se encargó de la investigación. Para llegar hasta el rancho donde ocurrió el homicidio, había que utilizar una movilidad con doble tracción. Esto, y los escasos datos con que se contaba, hacían más difícil su esclarecimiento, pero se continuó con la tarea. Visitaron varios ranchos de la zona, pero ninguno de sus ocupantes aportó algo que pudiera facilitar la pesquisa. Calzando botas y con camperas, diariamente, a veces a lomo de mula, se internaban entre los montes de aquel lejano distrito, donde muchas veces los sorprendió la noche.

La policía estuvo en dos ocasiones en la vivienda de los menores responsables del crimen, pero nunca iban a sospechar de aquellos, que jugaban a los trompos en esos momentos, serían los que buscaban. Con ellos conversaron sobre el tema pero sin llegar a sospechar nada.
Así pasaron varios días y se iban reduciendo las esperanzas de conseguir esclarecer el hecho. Sin embargo, un día se escuchó decir en un rancho que uno de los menores había visitado, se disponía a viajar fuera de la provincia en busca de trabajo. Otra versión, y en forma coincidente, surgió de un arriero que dijo haber visto a los dos menores cerca del rancho de Víctor González.
Con estos datos, la policía detuvo a uno de los menores sindicados y antes de llegar a la seccional, ya había confesado la autoría del homicidio y a la vez delató su cómplice. Destacó, y así lo sostuvo en sus declaraciones, que ambos se encontraban ebrios cuando cometieron el crimen.

Posteriormente fue detenido el otro menor y ambos coincidieron en afirmar que habían estado bebiendo con la víctima y que ésta los había insultado, obligándolos a que se fueran del rancho.
“Yo hice lo que me ordenó pero enseguida regresé con el pico, que estaba detrás del rancho, con el cual le pegué un fuerte golpe, pero no con el fin de matarlo. No sabía lo que hacía. Estaba borracho y yo no estoy acostumbrado a tomar vino”, había manifestado el menor. Agregó que se habían llevado un fajo de dinero que estaba sobre la mesa.
Los dos detenidos fueron puestos a disposición del juez de Menores, quien dispuso mantenerlos en custodia durante un tiempo en la respectiva comisaría, pero luego dispuso la libertad de ellos en custodia de los padres.
Según el comentario de las autoridades policiales y de personas entendidas, este crimen iba a pasar al olvido teniendo en cuenta la forma en que se produjo, los autores y el lugar. Sólo la persistencia en buscar algunos datos llevó a los investigadores a conocer la verdad de lo que había ocurrido.


Nota publicada en “El Nuevo Diario” el 4 de septiembre de 1997, edición 823.


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