Lunes, 16 de Septiembre de 2019      

¡La pileta York!

Ilustración: ¡La pileta York!
Allá por los 30, donde ahora está la Galería Estornell estaba el bar La Alhambra, en la calle Mitre entre Mendoza y General Acha. El edificio era de altos y ostentaba un pretencioso aire árabe (llamémoslo así). Al frente, sobre calle Mitre, había un gran salón que era la confitería o bar; seguía un pasillo y remataba en un frontón de pelota; cuyos laterales lucían amplias galerías para la gente que gustaba del juego, que entonces era mucha y muy aficionada.


Era el lugar obligado de la colonia valenciana y los domingos por la mañana concurría en masa a jugar o animar sus pelotaris; o hacer sus apuestas; beber sus casallas; jugar unos tutes y unas briscas y a desayunarse con fiambres con naranjas, comentar las fallas y parlar sobre las cosas de la querida y lejana patria. Para mí era todo un placer pasar las horas escuchando la densa y jugosa lengua de Blasco Ibáñez, entre el olor el anís y el acre perfume de las naranjas. Desde entonces, quedó prendido en mi nariz el particular olor a naranjas, anís y sudor de pelotaris, que, supongo, ha de ser el tufo de la raza y lo que los une en el destierro (o tal vez lo que los saca de España ¡andá a saber!). La cuestión era que los domingos y feriados eso para mí era una fiesta, si bien es cierto que para entonces yo tenía pocas pretensiones.


Las vísperas y los feríados con las primeras sombras de la noche, atracaba contra la plaza 25 de Mayo y frente a La Alhambra, una especie de ómnibus descubierto, la “batea” la llamaban, era de la empresa de mudanzas Alcaide y hacía el recorrido turístico del centro de la ciudad hasta la pileta York, ubicada en La Bebida y propiedad de una familia Yornet.


El “Bocho” Alcaide, daba unos bocinazos, pegaba unos gritos y la gente acudía a la “batea” (un peso ida y vuelta) sacaba sus boletos, tomaba asiento e iniciaba una de las más encantadoras excursiones de entonces: ¡El viaje a la pileta York! El lugar estaba de moda y las familias y la juventud acudían allí, a tomar algo, a cenar y a bañarse. Era una pileta de agua surgente, fresca y transparente. En torno a la pileta, bien iluminada, estaban ubicadas las mesas y sillas: Mantelitos cuadrillé; floreros, ceniceros y muy buena atención ¡fíjese que hasta mozos atentos había!. La cantina era muy bien surtida y las minutas y parrilladas de primer orden, los precios acomodados; había una hilera de vestuarios y, aunque le parezca raro, la gente, entonces se vestía para bañarse.


Entonces el noviazgo era otra cosa. Había una especie de respeto que dificultaba ciertas libertades (que conste, no digo si está bien o mal, resalto una diferencia). Entonces las películas se veían en episodios y no toda de golpe como ahora. Hoy uno va a la pileta y ya no le queda nada para el casamiento ¿Nos vamos entendiendo?


Los muchachos de entonces vestían traje; pedían permiso, se sacaban el sombrero, te arrimaban la silla… y pagaban la cuenta. Hoy todo eso se terminó y eso es culpa de las mujeres. ¿Querían independencia?, ahí la tienen, ahora, ¿qué más van a querer?


La noche que les cuento, yo me encontraba con mi novia en la pileta York, claro, también se encontraban otras tres hermanas, mi futura suegra y un concuñado. ¡Todos “embiscolás”!, como se decía entonces. La cena estuvo diez puntos. Parrillada, vino Ullum seco, gaseosas para las chicas; alcayota con nuez como postre. Nada de bañarse, la suegra no era “partidaria”, pareciera que “no enseñar” era su lema. “Mientras yo viva será así, una vez casados que hagan lo que quieran”. ¡Vivió hasta los noventa! Después de cena algún tanguito que salía de una vitrola Víctor. Sin apretar mucho y sin cortes. La suegra tenía una vista que ya la quisiera un lince.


A la una, el claxon de la batea anunciaba el regreso y el fin de la fiesta. Me ingenié para acomodarme con mi novia en el último asiento (nadie ve por la nuca). En el cielo, tibio y estrellado, guaseaba la luna llena.
Unos carolinos, en la calle Cereseto, dieron una fugaz sombrita al paso de la batea. ¡Aproveché la sombrita para robarle un beso a mi novia! Me sentí como Balboa al descubrir el Pacífico. ¡Misión cumplida!


La batea entró a la ciudad semioscura, envuelta en el frescor del aire y la alegría de los pasajeros. Frente a La Alhambra paró la batea, nos bajamos y “la familia” arrendó el coche de Juanillo que nos llevó al chocolate y los churros de Camacho.
Ya cerca de la madrugada, dejé a la gente en su casa; me despedí de mi novia detrás de un jazmín. El aroma embriagó el beso. A paso lento, feliz, tomé la avenida 9 de Julio para “las casas”. Al pasar frente a una conocida casa de luz roja, los acordes de un bandoneón realzaron la noche e invitaban a la diversión. Yo seguí de largo, un aroma a jazmines y un blancor de novia transitaban la noche.



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