Martes, 17 de Septiembre de 2019      

LA GRAN ALDEA

Don Noriega

Por:
Rufino Martínez

En la esquina suroeste de la escuela del pueblo, Huinca Renancó, en un potrerito de un cuarto de hectárea, la tupida gramilla, unos empecinados coirones y la deprimente yerba del sapo, servían de entretenimiento a un matungo zaino, flaco y bichoco, que en sus mocedades debe haber sido protagonista de largas galopadas por el desierto de Ranqueles y presumiblemente, debe haber participado en entreveros entre indios y cristianos, dirimiendo pertenencias de dilatadas llanuras y chúcaras, motosas reses, aunque resulta difícil imaginar para qué bando trajinaba el zaino: si para el malón, que defendía sus heredades, o para la milicia de Roca, que trataba de hacer, de aquellos territorios guachos, una Nación que cobijara al hombre del mundo y el orgullo del argentino.


¿Quién ganó; quien perdió? ¡Aún no se sabe; de las peleas de los hombres sólo quedan rencores y olvidados muertos, hasta que el tiempo cura las heridas y la sangre madura en el corazón para que nazca el amor!


Allí, en ese potrerito, circundado por el alambrado de cinco hilos, había un rancho de chorizo, con revoque de barro y desprolijo encalado. Era una sola habitación chica, rectangular, de piso de tierra y techo de chapa; al este, una abertura angosta servía de puerta, y dos ventanucos, uno al norte y otro al oeste, daban aire y luz al aposento; un reparito adosado a la pared en la esquina sudeste, servía de cocina; del techo salía un alerito hecho con chapa de latas de querosén y que pretendía ser solera y reparo. La puerta del rancho era de tablas de cajones y cuando estaba abierta, una cortina de arpillera protegía de la mirada de intrusos un escaso mobiliario y una digna pobreza.


En ese rancho y en aquel tiempo vivía allí don Noriega, cuyo nombre de pila no recuerdo, o tal vez haya desgastado el tiempo. Era don Noriega un mulato, tirando más para lo oscuro que para lo claro; de estatura más que regular; de osamenta fornida; la tez lampiña y unas motas entrecanas pegadas al cráneo. Los ojos eran castaño oscuros, más bien grandes y unas manchitas blancas como de cataratas. El mirar era apacible y manso y estaba siempre como embobado en distancias y soledades. Tenía el andar tranquilo y bamboleante, tan común en el hombre de a caballo y el marino, acostumbrados a vivir sobre el movimiento: uno en el caballo y el otro en el agua. Vestía, por lo general bombachas negras, camisa blanca, corralera negra, pañuelo al cuello, blanco o batarás; alpargatas negras, con un tajo (para alivio del empeine) y faja de lanilla barata, negra y de varias vueltas, para proteger los riñones. Un sombrerito negro, alto, de alas angostas y cinta sudada, completaba el atuendo.


Cuando yo pasaba para la escuela o me entretenía en “robar” moras en la vereda de la herrería de Pradera, don Noriega que vivía enfrente, nos observaba a los muchachos, mientras apoyado en el alambrado, tomaba mate o liaba un cigarrillo o bombeaba agua a un fuentón para que bebiera el zaino ¡Después de sesenta años esas imágenes están vivas y es como si lo estuviera viendo! y algo que perdura en la memoria es más real que la persona misma, ya que se despojó de la muerte que vive en cada uno.


Una vez yo tenía diez años y lustraba los zapatos del escribano Beltrán que se hacía cortar el pelo en la peluquería de don José Parellada. Los dos hombres, el peluquero y el cliente, tenían una conversación sobre un negro que, decían, era el hermano menor de siete hermanos de un negro payador que había payado con Martín Fierro. Esa conversación me entró por un oído y me salió por el otro. Luego, la vida me llevó por otros caminos; dejé Huinca Renancó y me vine para la piedra, el sol, las acequias, la tonada y las viñas. Luego me dio por la lectura y leía cuanto papel caía en mis manos. Una tarde de marzo del año treinta y tres cayó en mis manos un ejemplar del Martín Fierro. Ese libro quitó mi sosiego y me introdujo en la apreciación del hombre de campo y sus circunstancias. Cuando leí la historia del negro que payó con Martín Fierro, caí en la cuenta que ese fato ya lo sabía: Vino a mi memoria la imagen de Noriega, la conversación del escribano Beltrán y el peluquero Parellada y ese aire de lejanía, toldos y matorrales que emanaba de la figura de Noriega.


Pasaron más de cuarenta años y una noche, en un sueño, lo ví a Noriega. Era joven, gallardo y altivo; montaba un potro zaino y galopaba las llanuras del cacique Pincén. Intuí, en el sueño, que “era hombre” de los Ranqueles y que había renegado del huinca y había buscado refugio en la barbarie como una especie de venganza: ¡Lo que el hermano no pudo con la guitarra, él lo haría con el coraje! El final del sueño era que el negro se perdía entre unos totorales y que reaparecía del otro lado de la ciénaga y rumbeaba para el oeste, para el lado de Huinca Renancó.


Cuando desperté, tuve la intuición que todo era cierto. Después me puse a analizar: cuando conocí a Noriega, eran los años veinte; él tendría más de setenta. La edad de Noriega y los tiempos de los sucesos coincidían. Además, la conversación en la peluquería; y ¿qué hace un hombre negro en esas soledades como Huinca: no estará escapándole a los recuerdos?


Por otro lado, y esto es definitivo: la certeza la tuve en un sueño… y los sueños no mienten… ¡Otra cosa sería si me la hubiera contado un hombre!

Ilustración: Don Noriega


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