Lunes, 16 de Septiembre de 2019      

La Isla del Parque

Corrían los años 10 y el Parque de Mayo estaba en plena forestación. En la foto el sector norte del parque, donde puede apreciarse el lago y la isla, motivo de esta nota. Al fondo la calle 25 de Mayo y a la derecha los galpones del FF.CC. Belgrano. Foto tomada, presumiblemente, desde los techos de la Bodega La Germania. (la foto pertenece a la Colección de Casa The Sportman)
Los canteros con oleándros daban un especial atractivo a la entrada del Parque de Mayo y la rosaleda era el lugar obligado para las citas de la juventud sanjuanina en 1936. Un lago artificial hacia las delicias de las parejas y el enjambre de chiquilines que los domingos por la tarde frecuentaban ese paseo.

En el sudeste del lago, un puente curvo y rústico de precario barandal daba acceso a una pequeña isla en la cual había una especie de kiosco de material, con techo de tejas y las instalaciones suficientes para que funcionara una confitería. Las mesas y sillas se desplegaban en un patio de tierra apisionada y bien regada a media tarde; en esa pista se bailaba y se hacían frecuentes fiestas des despedidas de solteros, de casamientos y amén de otras reuniones no tan ortodoxas, pero, bastante agitadas y donde se dilucidaban cuestiones que mejor es no “meneallas”.

A ese lugar lo llamaban “Confitería de la isla del Parque” y era propietario don Carlos Batista; de vez en cuando había entretenimientos, como cantores, algún payador y, recuerdo, amenizando algún té danzante, a las orquestas de la familia Espejo y la típica Platero. El lago era de un color verde barroso; las orillas desparejas y resbalosas, provocaban frecuentes chapuzones. Había un concesionario que alquilaba botes para pasear, a veinte centavos “per cápita” la vuelta, que ¡por su puesto, uno alargaba lo más que podía, haciendo remolinos! En las aguas del lago había peces de colores, ranas y algunos sapos. No está de más aclarar que los sapos del lago no embroman a nadie. ¡Otros sapos, en cambio!

Los domingos por la tarde, la juventud se repartía en dos grupos: Unos, los más pitucos se congregaban en la Plaza 25 de Mayo a dar la “vuelta del perro” y a escuchar la Banda de Policía, en ese entonces bajo la batuta del maestro Colecchia. Pero, la función principal era “tirar el espinel” para ver si había pique. Bajo la atenta vigilancia de “los papás de entonces” que, “el ojo del amo engorda la hacienda”, ponían cuidado en que todo se hiciera de acuerdo a los cánones establecidos y sobre todo ¡con decencia! ¡Que hay épocas que sobran cosas que en otras faltan! Vocé me entende, eh?

El otro grupo de la muchachada se reunía en el Parque de Mayo. Ahí la cosa era más surtida, más amena y, (por qué no decirlo, menos hipócrita). Como a las seis de la tarde, en verano, empezaban a caer los paseanderos. Novias y novios, eso sí, con escoltas: hermanas, hermanitos, parientes, vecinitas (¡La cosa se ponía difícil, era todo una proeza cargar los melones en carretela!)

LA ESTRATEGIA

Primero, muy decentemente, ocupaban los paseos más transitados: la rosaleada y los canterios de oleándros y, a medida en que los novios iban acomodando la carga, las parejas se dispersaban hacia la periferia y ocupaban lugares más recónditos, oscuritos y dados más adecuadamente para la intimidad y el mismo.

Primero se llevaban los niños a la calesita. Diez centavos de calesita y otros diez centavos para un helado conformaba al más reblede de los “nenitos”. Se encargaba a la escolta para que cuidara de los niños. La escolta se “untaba” con otro helado o una chinchibirra; acto se pedía permiso a la “escolta” para hacer una escapadita con la novia a dar una vuelta en bote.

El bote es un gran invento: te permite alejarte de la orilla, dar remolinos en el medio del lago, empezar a bambolear el bote y entonces la chica da grititos (qué nunca sabrás si son de susto o de gusto) entonces, vos, el “muchacho” trata de salvarla de un seguro naufragio; claro, para eso es necesario agarrar, por lo general sin seleccionar muchos la parte, luego la acaricias para calmarla y que se le vaya el susto. Si esa operación termina en beso ¡Operación cumplida! Si no, segunda operación:

Uno se bajaba del bote, con su noviecita, despacito y manitos dadas; las ibas alejando hacia algún banco entre los rosales o algún lugar oscurito y solitario que, como laguna con arsénico, está totalmente libre de sapos. Relojeabas bien que ningún agente de policía anduviera cerca; se sentaban en el banco (oscurito), o bien se afirmaban en algún jacarandá protector y solitario ¡… empezaba el abordaje!

Lo que sucediera entre los novios durante el abordaje, pertenece al más recóndito misterio y al más piadoso olvido y no es de buen gusto pregonarlo. ¡El gallo nunca cacarea… que lo haga la gallina, si quiere!

Después, previo acomodo de coloretes, peinados y pilchas, regresaban los novios hacia la zona calesitera a buscar los niñitos y la escolta, pues, ya “ya se habían hecho casi las diez y el viejo debe estar que arde”. El pelotón regresaba “a las casas”. Los novios, tomaditos de la mano, unos cuantos metros atrás. Cuando cruzaban la oscuridad de un árbol solía escucharse un tímido besito.

Llegaban a la casa de la novia. Los padres estaban “preocupados” por la tardanza. Entraba la novia y su escolta en la casa, ella te despedía en la puerta del zaguán y vos, con las manos hundidas en los bolsillos vacíos, te sumergías en la noche, contando cuántos días faltaban para el próximo domingo.



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