Martes, 21 de Agosto de 2018      

AMÉRICO GARCÍA. 1958 - 1962

Pequeño de estatura, de precoz calva y hablar sereno, Américo García había nacido en Villa Mercedes, un pequeño pueblo de Jáchal. Hijo de maestros, desde allí se proyectó para ser un reconocido médico cardiólogo, presidente de la Federación Universitaria, gobernador, senador y, sobre todo, un estadista de alto nivel.

Por:
Juan Carlos Bataller

Gobernador Américo García (1958 - 1962)
Mi relación con Américo García excedió el marco de lo periodístico.

Mi padre, Juan Bataller, fue funcionario de Américo en sus cuatro años de gestión.

Primero como subsecretario de Obras Públicas y luego como subsecretario de Acción Social.

En aquellos años -1958/62- el gobierno tenía sólo tres ministerios –Gobierno, Obras Públicas y Hacienda- y cada uno de ellos dos subsecretarías.

La estructura gubernamental era mucho más chica que hoy, a pesar que el gobierno realizaba obras en forma directa (no se licitaban, como ahora, la construcción de caminos, edificios escolares, municipalidades, la bodega del Estado), proporcionaba los servicios básicos (tenía a su cargo la distribución de la energía, el agua, el agua para riego) y manejaba las jubilaciones, las escuelas y todos los servicios municipales.

Mi padre siempre habló con admiración de Américo.

García fue un gobernador con características particulares. Capaz de discutir de igual a igual temas legales con un abogado o de construcciones con un ingeniero. Parecía saber todo de todo.

A Américo García le tocó gobernar San Juan cuando el país se planteaba otras realidades.

Terminaban los años cincuenta y un país dividido entre peronistas y antiperonistas buscaba su destino.

Y de pronto, como un vendaval que trae nuevos aires, los argentinos comenzaron a hablar de crecimiento, de desarrollo, de lograr el autoabastecimiento petrolero, de instalar los grandes hornos que nos transformaran en una potencia siderúrgica, de construir el Chocón para que la energía moviera las industrias, de hacer realidad los polos petroquímicos, de producir soda solvay, de poner en marcha la industria de la celulosa y el papel, de los puertos de aguas profundas.

Fueron años de efervescencia sindical y 40 planteos militares.

Pero también años en los que se sancionó el Estatuto del Docente, la libertad de enseñanza, la universidad argentina fue la más prestigiosa del mundo hispánico y EUDEBA se transformó en la mayor editorial latinoamericana. Cuando nacíó el INTA para mejorar los productos del campo, el INTI para el desarrollo industrial, el INV para asegurar la genuinidad de los vinos argentinos y se radicaron las grandes fábricas de automóviles mientras se quintuplicaba la producción de caucho.

Sí, eran años en los que el país se miraba en el espejo de Canadá, Australia, Nueva Zelandia y quería entrar al primer mundo por la vía del desarrollo y no por la puerta de los shopping, el crédito caro y la enajenación de las empresas de servicio...


En San Juan

En ese marco, Américo García gobernó a San Juan.
Y fue capaz de soñar un estado moderno.

Junto con el ingeniero Juan Victoria, por ejemplo, soñar el Auditorio y hacerlo realidad.

De crear la carrera policial, con su escuela, dejando atrás los “comisarios políticos”. Ser un cadete de Policía era todo un honor.

De atraer a los intelectuales y con Rufino Martínez a la cabeza dar por primera vez a San Juan una Dirección de Cultura.

De poner en marcha el Servicio Provincial de Salud y la carrera médico asistencial.

De hacer la primera cartografía aérea de San Juan y organizar el catastro.

Hoy parece fácil pero en aquellos años había que partir casi de la nada, imaginando la legislación de base.

Eran tiempos en los que inaugurar una obra pública, no era noticia.

¡Cómo iba a serlo si no pasaba una semana sin que se inaugurara un edificio municipal, una escuela o un camino!

Pensemos: en aquellos años -digamos las décadas 1.950/60-, se hizo la reconstrucción de San Juan.

Se inauguraron edificios como los de los bancos Nación, Hipotecario,

Nacional de Desarrollo, San Juan… El edificio del Correo, el de Obras

Sanitarias, la Bolsa de Comercio, el Hotel Nogaró (hoy Gran Hotel Provincial), la dirección de Turismo, se amplió la bodega del Estado, se provincializó el suministro de energía eléctrica, se planificó la Avenida de Circunvalación y el aeropuerto, la construcción del camino a San Luis, la pavimentación de 700 kilómetros de caminos provinciales, la radicación de la fábrica de cemento y la instalación en Calingasta, Jáchal, Encón, Valle Fértil del Automóvil Club Argentino —importantísima para la época, mediante un convenio piloto que se hacía por primera vez en el país— o la estructuración de la Fundación Vallecito que hoy constituye el más visitado lugar turístico de la provincia...


Por encima de los votos

Américo García fue sin duda un estadista. ¡Y vaya la paradoja! Un político que llegó a grandes cargos perteneciendo a un partido con pocos votos propios.

Porque igual que Frondizi, la UCRI llegó al gobierno con los votos prestados por el peronismo. Y en 1973, ya con el MID, llegó al Senado de la Nación también conformando un frente con el justicialismo.

Pero bastaba su presencia para que se alzara sobre el caudal electoral que lo sostenía.

Y si estaba en el Senado era vicepresidente del cuerpo y presidente de la Comisión de Salud, a pesar de representar a un partido minoritario.

Y si representaba a la Argentina ante la Organización Mundial de la Salud, en Ginebra, presidía la asamblea, aunque concurriera por un país de relativo peso en el concierto de las naciones.


Los orígenes

Pero… ¿de dónde venía este hombre pequeño de estatura, de precoz calva y hablar sereno?

Américo siempre expresó su orgullo de ser jachallero.

Cuando en 1.982 fue uno de los primeros argentinos que visitó Malvinas, le preguntaron qué sentía al ser el primer sanjuanino que había llegado allí.

-Es cierto que soy el primer sanjuanino. Pero no se olvide que también soy el primer jachallero…

Había nacido en Villa Mercedes, Jáchal, el 4 de marzo de 1.919.

Y allí mismo, en ese pequeño pueblo estudió, en la escuela Nacional número 45 (hoy 24 de Septiembre), por cuyas aulas pasó otro gran gobernador, don Eloy Camus.

García completó sus estudios primarios en Jáchal y los secundarios en el Colegio Nacional.

Hijo de Aristóbulo García y Argentina Lucero –ambos maestros- fue desde muy joven un entusiasta militante político.

Ya en su época de estudiante universitario fue presidente y fundador del Centro Universitario de Córdoba y llegó a presidir la Federación Universitaria Argentina.

Su militancia le valió una suspensión de dos años como alumno de la Universidad y ser encarcelado en Villa Devoto donde fue liberado en enero de 1.944 con la condición de que se trasladara a San Juan para colaborar con las víctimas del terremoto.


Se recibió de médico cirujano en 1.945 en la Universidad Nacional de Córdoba y se especializó en Cardiología en los hospitales de New Bedford y Boston, en el estado de Massachusett, Estados Unidos, país donde residió como becado, algunos años.

Su primer matrimonio

En 1947 quedó consagrado el matrimonio de Américo García con Perla Lila Moncunill.

El matrimonio García-Moncunill tuvo cinco hijos: Mirta, Norma, Américo y las mellizas María Beatriz y María Carolina.

No fue fácil el matrimonio de Perla con Américo. Ella no terminaba de entender la bonhomía de García, capaz de disculpar a quienes lo atacaban en los discursos. O pasarse media hora charlando con una viejita que lo visitaba para contarle sus problemas.

Cuentan quienes trataron a la pareja en aquellos años que Perla nunca aceptó que Américo no respondiera a un político que llegó al extremo de meter la mano en un bolsillo, sacar una bombacha y decir: “vengo de estar con la mujer del gobernador”.

-Cuando un político ataca en lo personal es porque no tiene ideas que exponer; él sólo se denigra-, fue la respuesta de Américo a los amigos que querían actuar incluso físicamente ante tamaña agresión.

Perla nunca llegó a comprender ese tipo de política. Se sentía mucho más cómoda con el esposo cardiólogo de fama nacional.


Vuelta a San Juan

A los 33 años, con gran prestigio como médico, con el panorama que da haber viajado por el mundo, Américo volvió a San Juan, donde se estableció.

Como médico se desempeñó en los Hospitales Ferroviario y Rawson de San Juan y tuvo consultorio particular en el Sanatorio del Instituto Médico San Juan.

Fue entonces cuando comienza una carrera política que alcanzaría gran significación.

Como que a los 39 años ya era gobernador de San Juan.

El 23 de febrero de 1.958 fue electo, llevando como compañero de fórmula en las boletas de la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI) a Alberto Correa Moyano.


Un grave accidente

Durante su gobernación, García sufrió un gravísimo accidente.
Junto a su esposa Perla Moncunill y su hija Norma, viajaban en automóvil a la ciudad de Córdoba donde había fallecido la esposa de un gran amigo, el doctor Raúl Mothe.

El coche era conducido por un chofer de la gobernación quien, al parecer, se durmió poco después de salir de San Luis.

El auto volcó y el gobernador –que viajaba adelante junto al conductor fue despedido por el parabrisas mientras que en el interior del vehículo permanecían los demás tripulantes.

Y acá vale señalar un punto: eran tiempos en los que el cinturón de seguridad no era de uso habitual ni venía con los vehículos.

Pronto se advirtió la gravedad de las heridas recibidas por Américo García quien daba muestras de grandes dolores.

Cuando la noticia se conoció en San Juan – a través de la radio- ya habían pasado varias horas.

En aquellos tiempos San Juan no tenía televisión y tampoco existían los teléfonos celulares por lo que las informaciones tardaban mucho en llegar.

En la provincia se sabía que el accidente había sido muy grave pero no se tenía una idea cierta de la magnitud. Corrían, sí, rumores de que el gobernador era el más herido y hasta se dudaba de que volviera a caminar.

Pero eran sólo versiones.

Pasaron horas antes de que el gobernador fuera trasladado e internado en el hospital de San Luis y que vía telefonía fija se llamara a San Juan.

Ese mismo día viajaron a San Luis –adonde había sido trasladado García- los padres del mandatario, don Aristóbulo García y doña Argentina Lucero, además del ministro de Gobierno, el doctor Jorge Faustino Moncunill, hermano de la esposa del gobernador.

Desde Córdoba viajó el doctor Mothe, considerado una eminencia médica.

A su vez el presidente de la Nación, Arturo Frondizi, dispuso el envío de un avión con el fin de trasladar a Buenos Aires al accidentado.

Ya en el lugar se constató que el gobernador tenía fracturas de varias vértebras y que sufría de intensos dolores.

Mientras las autoridades de San Luis estaban de acuerdo en el traslado a Buenos Aires, el doctor Mothe propuso aprovechar la llegada del avión enviado por la presidencia para llevar al doctor García a Córdoba lugar donde el podría seguir de cerca la evolución.

La opinión de Mothe era de mucho peso, no sólo por su amistad con Américo García sino también porque era un eminente médico Américo fue finalmente trasladado a Córdoba e internado en el Hospital Privado de esa ciudad.


A todo esto había asumido el gobierno de la provincia el vice gobernador, Alberto Correa Moyano y se comunicaba oficialmente a la población sobre el accidente y el estado de salud de García.

Digamos que García permaneció 30 días internado en Córdoba y tras ser trasladado a San Juan debieron pasar otras dos semanas antes de que pudiera concurrir a su despacho ubicado a pocos metros de la residencia oficial donde vivía el gobernador y su familia.

Una prueba de la gravedad de las lesiones sufridas es que según me dijo años después el propio García le quedó como consecuencia visible una espalda deformada y una pérdida de altura de más de cinco centímetros.


Mi relación con Américo

En aquellos años yo era un niño.

Pero veinte años después – en 1.982- yo regresaba a San Juan después de varios años de ausencia en los que me desempeñé como secretario de Redacción del diario Clarín en Buenos Aires, primero y luego como corresponsal en Roma y la Santa Sede.

Y volvía con 35 años y un inmenso deseo de ser parte de la reconstrucción democrática de un país que estaba saliendo de la etapa más negra de su historia.

Había decidido dejar el periodismo y dedicarme a la política.

Comencé a militar en el Movimiento de Integración y Desarrollo (MID), el partido de Frondizi, Frigerio y Américo García.

Al poco tiempo me eligieron presidente del partido del que Américo era el máximo referente en San Juan. Y mi relación con él fue casi cotidiana.

Acordemos un punto: era una Argentina distinta y se vivía una política distinta. Un tiempo que quien no lo ha vivido quizás no llegue a comprenderlo en su magnitud.

Veníamos de una larga noche. Eramos los hijos del 68, del mayo francés, del Cordobazo, de la vocación coral que embargó a una generación que no conocía de “bunkers” ni empresas especializadas en pintar paredes y pegar carteles.

Habíamos vivido los años de plomo, la desaparición de amigos, la soberbia armada de casi niños llenos de ideología, la patria sindical, el sobresalto de guerras absurdas, el vaciamiento de una nación, la continua interrupción de procesos democráticos, los desvaríos de militares que deseaban convertirse en caudillos populares.

Aunque cada noche podíamos agarrarnos a trompadas defendiendo la leyenda que acabábamos de pintar en una pared, habíamos aprendido a respetarnos, cada uno con su ideología.

Al final de cuentas, todos éramos sobrevivientes y cada uno recitaba de memoria sus marchas, su doctrina y sus consignas.


Y allí estaba

De pronto el periodista se transformó en dirigente político.

Y allí me veo. Como presidente del MID, al lado de viejos radicales intransigentes que integraron el gobierno de Américo García junto a mi padre, a los que se sumaron jóvenes desarrollistas.

Las casas partidarias se llenaban de chicas y muchachos entusiastas, aptos para repartir votos, dar charlas en las escuelas o prenderse en larguísimas discusiones doctrinarias.

Las candidaturas eran sólo puestos de lucha.

En ese tiempo Américo García vivía en Buenos Aires, aunque venía periódicamente a San Juan.

Ya había fallecido Perla, su esposa, y vivía con Beatriz Solari Madariaga, una mujer muy agradable, que fue su gran compañera en la vejez y que había conocido cuando fue senador en el periodo 1.973/76 pues ella trabajaba en la biblioteca del Congreso de la Nación.


Fueron tres años –hasta 1.986, cuando dejé la política y volví al periodismo- muy intensos en los que yo, como tantos jóvenes que nunca llegaríamos a tener un cargo público, dejamos de lado profesiones, actividades personales y nuestros ahorros.

Invertimos buena parte de nuestros sueños, nuestras ilusiones, nuestras utopías, en aquella renaciente democracia. Y allí quedaron.

Pero en mi caso, el trato con hombres como Frondizi, Frigerio o García me dieron un modo de interpretar la realidad y los problemas nacionales que me acompañarían para siempre.


Aquellos maestros

¡Qué lástima que las nuevas generaciones políticas no tengan hoy maestros como Américo!

Todo es tan efímero en la vida que muchos jóvenes no saben siquiera quién fue Américo García.

Y es lógico que así sea. Otros han sido los protagonistas en estos treinta años de recuperada democracia. Otros han sido los estilos de hacer política.

Américo perteneció a una raza que en nuestro país tiene pocos cultores: la de los estadistas.

Y hay una diferencia grande entre el estadista y el simple político.

Una diferencia de formación, de concepto, de objetivos.

A diferencia con el simple político que sólo lucha por el poder, que cultiva el arte de la seducción —y hasta la demagogia— para concentrar voluntades, el estadista siempre va un paso adelante de los procesos sociales. Por eso muchas veces es incomprendido en el tiempo que le toca vivir. La historia es la que lo rescata.


Los estadistas no se pueden improvisar. No son productos de una campaña publicitaria bien hecha. Desde jóvenes se los ve venir... Aunque hayan nacido en Villa Mercedes, Jáchal, lejos de todo.


Volvíamos a votar

Y llegaron las elecciones.

Américo aceptó ser nuestro candidato a gobernador, más por consecuencia con sus ideas que por interés personal. Y se vino desde Buenos Aires, donde residía ¡Qué quiere que le diga!

Eramos tan jóvenes políticamente, tan ingenuos, que creíamos que con nuestras ideas, nuestros candidatos y nuestra militancia, estábamos destinados a triunfar.

Lo aclaro: todo era intuición.

Aun no aparecían los encuestadores con sus errores y aciertos.

Ni los asesores de marketing político.

Nuestro optimismo se basaba en los saludos que recibíamos en las calles, los abrazos, las llamadas telefónicas, las entrevistas en los medios de difusión, la cantidad de gente que pasaba a recoger aquella boleta que llevaba el número 1.

A cada rato sonaba en la radio y en la televisión nuestro jingle: “Sepa qué hacer”.

¡Estábamos tan convencidos del triunfo que poco faltaba para que comenzáramos a designar el gabinete!

El día de la elección todos estábamos prendidos a la radio y el televisor.

En aquellos días hablar de radio era mencionar megaoperativos con un periodista en cada escuela, decenas de motos, técnicos que trabajaban sin descanso y un caudal informativo increíble.

Hombres como Quito Bustelo, Lucho Román, Mario Pereyra, Rony Vargas, nos mostraban en vivo y en directo lo que es el periodismo en acción.

Un periodismo, el de aquellos años, virgen aun del protagonismo que algún día lo invadiría, que también venía de una larga noche y no estaba dispuesto a guardarse o manipular la información.

Vuelvo en el tiempo y me veo junto a Américo García y Julio Rodolfo Millán –nuestros candidatos- en una pequeña oficina en la calle Santa Fe, esperando los resultados.

A las 6 y media de la tarde ya se conocieron los cómputos de las primeras mesas, comenzando por la mesa de Sierras de Chavez, en Valle Fértil.

Las tres primeras mesas –la de Valle Fértil, una de Caucete y otra de Capital- indicaron que el bloquismo estaba ganando con comodidad, el justicialismo era segundo y los radicales, tercero. El MID ni aparecía.

Sólo un par de votos tenía Américo.

-Bueno, Juan Carlos, terminó todo. No hay nada que hacer.

-¿Cómo? Si recién van tres mesas…

-No, la tendencia ya está. Esto se define entre Bravo, el peronismo y los radicales. Nosotros no contamos.

Nada dije pero pensé que Américo estaba delirando.

Y ahí me quedé, junto a la radio, durante las dos horas siguientes, recibiendo cada noticia como una puñalada que atravesaba el corazón.


¡Cuánta razón tenía el viejo político!

Ya estaba todo dicho.

Han pasado los años y la experiencia me fue demostrando que la opinión pública es más que un fenómeno que estudian las ciencias sociales.

Todos hablan de ella e intentan atraerla. Pero es en vano seducir eternamente a tan misteriosa dama casquivana.

Ella transita caminos que nadie ha logrado develar.

Aunque nos ofrece muchos matices, es más homogénea de lo que parece.

Dicen que se nutre de voces, olores, sensaciones, redes sociales, referentes, pintadas, declaraciones, sentido común, medios creíbles y no creíbles, personajes, intuiciones y convicciones.

No es un mundo para espontáneos pero tampoco un ámbito para eruditos que no conocen madrugadas.

La dama casquivana sabe más de lo que se cuenta.

No cree todo lo que se dice ni deja de prestar oídos a cuanto rumor circule.

Y cuando ya todos callan, ella habla.

Es entonces cuando el hombre común queda asombrado porque sus palabras se escuchan en los grandes salones y en los patios de tierra.

Y, como dice Serrat, nos quedamos sentados sobre una calabaza, sin saber qué pasa.

Aquel domingo de 1983 me quedó en la memoria el abrazo de Américo y una frase.

-Gracias por el esfuerzo, muchachos. No es culpa de nadie. No era nuestro tiempo.

Américo volvió con su mujer a Buenos Aires.

Mucha agua había corrido bajo el puente y el país ya no se planteaba los temas del desarrollo. Otras “prioridades” habían ganado la política.

Sólo 5 mil sanjuaninos le dieron su voto...


La vejez

Varias veces lo visité durante mis viajes a la Capital.

Ya no eran cuestiones políticas las que nos unía sino el afecto y el placer de escuchar a un hombre que dominaba tantos temas.

Nuestras cenas con Américo y Beatriz podían prolongarse hasta bien entrada la madrugada pues los dos eran grandes conversadores y amantes de las noches largas.

Nunca escuché de Américo un ataque personal hacía nadie o un comentario fuera de lugar.

La última vez que nos vimos fue una de esas veladas mágicas que la memoria guarda como tesoros.

Ellos habían cobrado sus jubilaciones y yo había invitado a cenar. Para que ninguno quedara “rengo” en las invitaciones debimos acompañar el trasnoche con varias botellas.

Ya estaba amaneciendo cuando nos despedimos. Vi a Beatriz y Américo irse caminando por la Avenida Callao, tomados del brazo.

¡Qué lástima que las nuevas generaciones políticas no hayan conocido a este hombre!


Américo García falleció en Buenos Aires el 24 de abril de 1.996.

Después de haber sido un gran médico, un gran gobernador, senador nacional y candidato a vicepresidente de la Nación, murió pobre, teniendo su jubilación como único ingreso. Había cumplido 77 años.

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