Lunes, 22 de Octubre de 2018      

JUAN CARLOS ROJAS. 1992 - 1994

Un hombre que se conformaba con ser diputado y llegó a la gobernación. Su rápido ascenso dividió profundamente al justicialismo. Era una persona de hábitos simples, amante del futbol, ex presidente del Club Peñarol, que cuando no lo obligaba el protocolo, prefería una campera o una remera al traje.

Por:
Juan Carlos Bataller

Historia rara la de Juan Carlos Rojas.

Fue el hombre de más corta carrera política.

Llegó desde el llano directamente a la vice gobernación.

Al año siguiente destituyen al gobernador y queda en el máximo sitial.

Pero un año después, restituyen al mandatario electo y se termina el presente y el futuro de Rojas.

A diferencia de Escobar, Juan Carlos Rojas se identificaba como peronista pero “no menemista”. Es decir, mientras el riojano impulsaba una profunda reforma del Estado privatizando todo lo que pudiera, en San Juan, Rojas resistía como podía y no seguía las imposiciones que en materia económica dictaba Domingo Cavallo, el superministro de la era menemista.

Sí, fue un caso muy curioso el de Rojas.

Por un lado los peronistas de cuna lo consideraban un “hombre del palo”. Algo que no reconocían en el licenciado.

Por el otro, no le perdonaban haberse aliado con Bravo y Avelín, los dos eternos enemigos, para destituir a un gobernador peronista electo después de mucho años de predominio bloquista.

Los peronistas si hay algo que no aceptan es lo que llaman “la traición”.

Formados políticamente en la resistencia, sabían que el enemigo estaba siempre atento para quitarle el poder al peronismo. Quien se aliaba con “los gorilas” automáticamente pasaba a la categoría de enemigo.

Y el caso Rojas—Escobar fue una prueba extrema.


Profunda división

Si bien, como hemos apuntado, Escobar no era considerado un hombre del movimiento peronista, la división de aguas había dejado a su lado a militantes de indiscutida prosapia. ¿Quién podía negarle ADN peronista a los Gioja, a José Amadeo Conte Grand, a Guillermo De Sanctis, a Rogelio Cerdera?

Pero junto a Rojas también habían peronistas como José Ubaldo Montaño, Ruperto Godoy, Margarita Ferrá de Bartol, José Augusto López, Quito Martinez.

Fueron años muy difíciles para este peronismo de corazón dividido.

Pero para entender quien era Juan Carlos Rojas, debemos en este punto hacer un alto.

“Cato”, el sobrenombre con el que lo conocían sus amigos, había nacido el 8 de enero de 1.945 en Concepción. Luego de recibirse de abogado y después de un fugaz paso juvenil por la política, volvió a militar en el Partido Justicialista tras el regreso a la democracia, en 1983, como seguidor de José Luis Gioja.

Trabajaba como abogado en la Caja de Ahorro y Seguro, en el edificio frente a la Plaza 25 de Mayo. Según él mismo me confiara después de haber sido electo vicegobernador, sus aspiraciones políticas en 1.991 no iban más allá de una diputación.

—Yo me había puesto como objetivo estar en uno de los seis primeros lugares de la lista de proporcionales—, comentó.

Todo cambiaría cuando aparece en escena Jorge Escobar con sus aspiraciones de gobernador justicialista. Quienes apoyaban su candidatura sabían que tenían que completar la fórmula con un hombre de raigambre peronista y tras fracasar las gestiones para que ese hombre fuera el caucetero Emilio Mendoza, aparece el nombre de Rojas.

—¿Rojas? ¿El presidente de Peñarol...?—, dicen que comentó uno de los asistentes a la reunión donde se propuso el nombre.

—Sí. Pero digamos también que es hijo de un dirigente gremial de importancia, de larga militancia en la resistencia peronista, que fuera asesinado cuando se desempeñaba como diputado nacional.

—Ahhh… ¿Es el hijo de Pablo Rojas?

Sí, lo era.


La candidatura

Cómo se gestó la candidatura de Juan Carlos Rojas merece ser contado.

Dos candidatos a gobernador ya había cerrado sus listas para la interna del justicialismo.

Por un lado, el rector de la universidad, Tulio Abel Del Bono, llevaba como compañero de fórmula a Guillermo De Sanctis y tras él se alineaban otros prestigiosos dirigentes como Pablo Ramella, Rogelio Cerdera y Daniel Coll.

También había cerrado su lista el ingeniero José Augusto López a quien acompañaba como candidato a vice Jorge Manuel Camus, hijo de don Eloy.

Escobar era el único que aun no completaba la lista, esperando la respuesta de Emilio Mendoza.

La proclamación de Del Bono se había hecho en el justicialismo.

Escobar había hecho un acto de lanzamiento en el que esperaron inútilmente la presencia de Mendoza. Este seguía coqueteando con las diferentes listas.

“Mientras Escobar esperaba, Mendoza mantuvo al menos dos conversaciones con nosotros. Lo curioso es que no aceptó la vicegobernación que le propuso el escobarismo y terminó siendo su candidato a diputado por Caucete”, me comentó Tulio Del Bono.

Una extraña reunión

En las oficinas que el periodista Ricardo Azocar tenía en la calle Mendoza, casi Mitre, se hizo una reunión de los referentes. De ella participaron Del Bono, López y Escobar y a instancias de José Amadeo Conte Grand, que como presidente del partido mantenía su ecuanimidad, se resolvió no agredirse y menos aun “hacer leña del árbol caído”. En otras palabras, esperar a que Escobar armara su lista.

Es en este contexto que se hace una segunda reunión de la que participaron otros periodistas, como Sergio Eiben, Francisco Bustelo Graffigna, Daniel Turón, y Guegué Féminis. En esa reunión –recuerda Azócar— analizamos una lista de nombres para que de ella surgiera el candidato a vicegobernador. A César Gioja, —quien fue el gran armador de la lista del escobarismo—. le interesaba conocer la opinión del periodismo sobre el nombre del candidato a vice. Escobar ni los otros candidatos, estaban presentes.

César no estaba convencido de la postulación de Emilio Mendoza y propuso a Juan Carlos Rojas.

“La consulta llegó hasta el director del diario quien dio el visto bueno para la postulación”, me dijo Azocar.

Sergio Eiben recordó ante una pregunta mía que “se seguía esperando la contestación de Emilio Mendoza, que nunca llegó, y el nombre de Rojas era conocido aunque ninguno de nosotros lo había tratado personalmente.

Creo que el conocimiento surgía por ser hijo de una figura como Pablo Rojas y porque tenía más inserción interna que pública”.

“Una noche estábamos cenando en la parrilla Bonanit, de Santa Lucía, con Azocar, Eiben y Bustelo y a los postres llegó Jorge Escobar. Estaba molesto porque Mendoza seguía sin definir si aceptaba o no ser el compañero de fórmula”—, comentó ante una consulta Emilio Ventura, director de Radio Sarmiento.


El padre

Pablo Ramón Rojas –el padre de Juan Carlos—, había nacido en mayo de 1918 en Concepción, en el seno de una familia humilde. Sindicalista de vocación fundó la “Sociedad de Obreros y Obreras de la Industria Vitivinícola y Afines’’, la cual originó luego la “Federación de Obreros y Empleados Vitivinícolas y Afines’’ (Foeva).

Morocho, peinado “a lo Gardel”, cantor de tangos y amante de la noche fue diputado provincial en el segundo mandato de Perón. Por supuesto, cuando llegaron los militares en 1.955, fue a dar con sus huesos en la cárcel.

Pablo estuvo siempre en el sector combativo del gremialismo y en política se alineó junto al profesor Eloy P. Camus.

Cuando llegaron las elecciones de 1.973, Rojas ocupó el segundo lugar en la lista de candidatos a diputados nacionales, detrás de Jorge Manuel Camus, hijo del ex gobernador.

Durante su tarea legislativa adquirió notoriedad como autor de un proyecto de ley referido al envasado de vino en origen, proyecto este que motivó grandes debates parlamentarios.


Una muerte por encargo

Argentina se desangraba en una guerra que mutilaba su cuerpo social.

La muerte, el secuestro, la tortura, las bombas, esperaban a la vuelta de cualquier esquina.

Y en ese clima, aunque nada tuvo que ver con la disputa ideológica, el 3 de noviembre de 1.975, en pleno gobierno de Isabel Martínez de Perón, se produce el asesinato de Rojas.

La noticia conmocionó al país.

No sólo porque se trataba de un diputado nacional, un gremialista muy conocido, sino también por la forma como lo mataron.

El expediente explica que Pablo tenía 57 años cuando lo mataron y se domiciliaba en la calle Costa Rica al 1267 de la Villa América, Concepción.

La autopsia explicó el grado de ensañamiento con que lo habían asesinado.


Según me comentó Juan Carlos Rojas, su padre había compartido una comida con unos amigos en el restaurante llamado “Las Totoras’’, para luego dirigirse a su domicilio en Villa América.

Pablo iba solo en su coche Ford Falcon Futura, de color rojizo y techo vinílico tono crema.

Llovía aquella noche y al parecer, el diputado vio que se acercaba a su auto un automóvil Peugeot 504, desde donde le señalaron que una de sus ruedas estaba desinflada.

Pablo habría detenido la marcha y bajó del auto. En ese momento fue abordado por los asesinos.

Rojas no tenía custodia pero si llevaba siempre un revolver proporcionado por la Cámara de Diputados.

Los atacantes lo redujeron, lo subieron nuevamente al Falcon y llevaron el vehículo a la calle Paraguay entre Tucumán y Av. Rioja, en Concepción.

Al parecer, antes de morir Pablo fue interrogado por sus atacantes. Le colocaron el saco al revés, con lo que quedó inmovilizado. Rojas logró sacar su revólver y disparó contra sus atacantes quienes finalmente lo ultimaron de cuatro balazos.


Llega la policía

Un vecino del lugar, llamado Julio Zárate fue quien dio aviso a la policía que movilizó inmediatamente a todo el gobierno. Se extremaron los controles en las rutas, especialmente en la que lleva a Mendoza.

Rojas todavía sostenía, en su mano derecha, el revólver calibre 32 con el que se había defendido. Su cuerpo tenía cuatro balazos, dos de ellos en la cabeza.

Después de darle muerte, los asesinos huyeron en un Peugeot 504 sin patente, color celeste oscuro.

A las 7:30 la policía encontraba el auto abandonado en la ruta 40, entre los kilómetros 112 y 113, en Media Agua. En el asiento delantero había sangre. Era evidente que uno de los asesinos había recibido un impacto de bala del 32 de Rojas.


Los asesinos

Ninguno de los asesinos era sanjuanino. Fue en la provincia Mendoza, lugar donde había huido la banda, donde apareció el cuerpo de uno de ellos: se trataba de Carlos González, encontrado en el Challao; otro fue Fernando Otero, quien herido se dirigió al Hospital Central de Mendoza y luego fue trasladado al militar.

Otero intentó dar algunas explicaciones. Dijo que era militar. Pero nada convenció a los investigadores. Lo mandaron al Hospital Rawson. Que los sanjuaninos resolvieran el caso.

Otero integraba una banda que en realidad era parte de una especie de grupo paramilitar de extrema derecha llamado en aquellos años CNU (Concentración Nacional Universitaria).

Una banda a la que, al parecer, recurrían quienes deseaban eliminar a una persona.

En otras palabras, detrás de la ideología, era una banda de sicarios.

En cuanto a la autoría intelectual del crimen, la justicia llegó a la conclusión que fue Délfor Ocampo, entonces Secretario General de Foeva, quien contrató y pagó a los homicidas.

El móvil del crimen, para la justicia, fue la señalada ley de envasamiento de origen, norma esta que atropellaba grandes intereses económicos y políticos, incluso del poderío gremial. Sin embargo aún, cuarenta años después, quedan algunos cabos sueltos por esclarecer, por ejemplo si hubo algún entregador.

Delfor Ocampo fue condenado y permaneció varios años preso. A causa de su diabetes le cortaron primero una pierna y luego la otra.


Triunfo y división

El 11 de agosto de 1991 se realizaron simultáneamente elecciones provinciales y para renovación de diputados nacionales. Con el 32,66% de los votos la fórmula Escobar — Rojas se impuso con una leve ventaja a la fórmula de la Cruzada Renovadora, que obtuvo el 30,13% de los sufragios

Decían los diarios de época: “Un candidato desconocido hasta entonces, Jorge Escobar, acompañado por Juan Carlos Rojas, se impuso en la gobernación, en una de las elecciones más parejas que se recuerden. Con esta fórmula, el Justicialismo ganó por muy pocos votos a la Cruzada y al Bloquismo. La Cruzada Renovadora se posicionó como segunda fuerza en la provincia, desplazando al Bloquismo al tercer lugar, mientras la UCR, como reflejo de lo sucedido a nivel nacional, cayó a un cuarto lugar”.

Este mismo posicionamiento se observó en la conformación de la Cámara de Diputados local, con 17 diputados justicialistas, 11 de la Cruzada, 10 bloquistas y 4 radicales, sumando diputados proporcionales y departamentales.


Surgen las diferencias

Asumieron el 10 de diciembre y hoy cuando conocemos todo lo que vino después, no pasa desapercibida la tensión que se observa en Rojas al observar las fotos de aquel día, tomadas durante la ceremonia realizada en el Auditorio Juan Victoria.

No se trata de una o dos fotos. En todas aparece en primerísimo plano un Jorge Escobar sonriente, con su banda de gobernante y su bastón de mando. Siempre, en un segundo plano, un muy serio Juan Carlos Rojas.

Todo da a entender que el clima de tensión entre ambos surgió en las primeras reuniones y se profundizó cuando Escobar fue eligiendo a sus ministros sin siquiera consultar a Rojas.

Era común escuchar en aquellos días a viejos peronistas que decían:

—El licenciado se está equivocando. Hay mucha gente de afuera del partido, no es lo mismo manejar una empresa que un partido…

Era cierto. En el flamante gabinete aparecían nombres como Pedro Luis María Martín en Gobierno, Ricardo Luque en Economía, Manolo Prieto en Desarrollo Humano, Raúl Benitez en Hacienda, en esos años sin militancia partidaria.

Entre los diputados también comenzó a generarse una silenciosa bronca.

—Tenemos que corresponder a gente que nos ayudó en la campaña pero no nos han dejado hacer una sola designación—, decían algunos.

Rojas, por su parte, se sentía “ninguneado” –ese es el término que utilizó—, por Escobar. Este clima fue aprovechado por los dos viejos caudillo –Avelín y Bravo— que comenzaron a actuar en equipo en muchas ocasiones. La prueba más contundente fue cuando ambos se hicieron elegir senadores en una bochornosa sesión.


El papel de Rojas

El bloquismo, acostumbrado a gobernar San Juan por medio de los votos o de las botas, estaba dispuesto a recuperar el poder. Y Bravo –un político que no tenía muchos reparos en las formas cuando de poder se trataba— comenzó a manejarse discretamente en las sombras.

Bravo sabía que debía contar con el apoyo de la Cruzada pues no alcanzaba con los 10 legisladores de su partido. Si se agregaban los 11 de la Cruzada y los cuatro radicales, ya sumaban 25 contra los 17 del justicialismo.

La oportunidad de actuar llegó de la mano del gremialismo. Concretamente, de la Asociación Trabajadores del Estado (ATE), comandada por Héctor Sánchez.
Este dirigente gremial, conjuntamente con el abogado Roy Kirby y el periodista—historiador—docente y ex candidato del radicalismo, Daniel Chango Illanes, filmaron a empleados del gobierno trabajando en una propiedad de Escobar en Jáchal.

Escobar fue denunciado por la ATE por los supuestos delitos de “violación a los deberes de funcionario público, enriquecimiento ilícito, abuso de autoridad, peculado y utilización del cargo público para obtener beneficios personales”. No había cumplido aun un año de gobierno.

El juicio político estaba en marcha y todo el proceso, aunque no fue iniciado ni apoyado en la práctica, fue avalado por Rojas, quien hasta ese momento era el vicegobernador.


Un desayuno extraño

En ese tiempo yo hacía con Juan Carlos Iglesias un programa que se llamaba Momento Político en Canal 8. Un día, dos diputados provincialespasaron por el canal con el fin de “invitarnos a desayunar”.

Advertimos que algo se escondía detrás del desayuno.

—Ustedes que como periodistas tienen acceso a Escobar, díganle que nos reciba. Que prospere o no el juicio, depende de nosotros. Pero el licenciado ni siquiera nos recibe. Esto se arregla muy fácil…

—¿Muy fácil?

—Sí, nosotros necesitamos designar a gente que trabajó en la campaña con nosotros. Con eso y algunas casitas del IPV el juicio no prospera…

Teníamos muchos años como periodistas para saber que uno no puede meterse en problemas políticos. Les sugerimos que buscaran otros interlocutores.

En esos días, un viejo peronista me comentó: “acordate de Alvarado”

—¿Alvarado?

—Cuando el peronismo debía presentarse a sus primeras elecciones en San Juan y al fracasar el acuerdo con el cantonismo, Perón no tenía candidatos propios.

—¿Qué hizo?

— Recurrió al doctor Juan Luis Alvarado, un veterano dirigente proveniente del grupo FORJA, de la Unión Cívica Radical.

—¿Y como vice?

—Dicen que Mercante fue el hombre que más influyó para que el compañero de Alvarado fuera un hombre que en el ministerio de Trabajo había demostrado fidelidad y una entrega total: Ruperto Godoy, quien en ese tiempo era presidente del Partido Demócrata Progresista.

—Y Perón ganó con ellos…

—Como en todo el país, el Partido Laborista arrasó en San Juan. Godoy no sólo era el vicegobernador. Para Perón, para Evita, para Mercante, era “el hombre del peronismo en San Juan”.

—¿Y qué pasó?

—En política nada es estático. Todo está en continuo movimiento. A cada acción se produce una reacción. El caso es que las presiones sobre Alvarado, un hombre con escasas condiciones como político, fueron muchas.

El 12 de febrero de 1947 renunció, asumiendo el gobierno Godoy.

Estaba próximo a cumplir 49 años…


La destitución

Volvamos en el tiempo.

La suerte de Ecobar ya estaba echada. La destitución se concretó el 17 de noviembre de 1992, 23 días antes de cumplir su primer año al frente de la provincia.

Dicen que horas antes de que se llegara a la votación final, Rojas quiso echar marcha atrás.

—Tengo información de que si lo destituimos intervienen la gobernación y la Cámara de Diputados. Nos vamos todos a casa.

Una versión –no confirmada—indicó esos días que un funcionario nacional pidió hablar con Avelín para evitar la destitución. Dicen que puso sobre la mesa un maletín lleno de billetes pero no tuvo aceptación.

Era demasiado tarde. Escobar fue destituido.


Rojas gobernador

El 27 de diciembre de 1992, Rojas llegó al poder tras la destitución de Jorge Escobar.

El mismo hombre que quince meses antes tenía como objetivo un lugar en los seis primeros lugares de la lista de candidatos a diputados proporcionales, era el nuevo gobernador de San Juan, ante los festejos del bloquismo, la Cruzada, parte del radicalismo y parte del peronismo.

El clima era otro.

Inmediatamente después de que Juan Carlos Rojas juró por Dios, la Patria y los Santos Evangelios al mediodía, los partidarios presentes en la bandeja de la Legislatura entonaron la marcha peronista. Minutos antes, había aparecido en el recinto haciendo el clásico saludo justicialista de la “V”, tras lo cual Emilio Mendoza, entonces presidente de la Asamblea Legislativa, le tomó juramento. Fue un acto nocturno, en los jardines de Casa de Gobierno, donde Rojas dijo “Queremos reconciliar la política con la gente. Este es el desafío”.

Fue una gestión marcada por la decisión de haber apoyado la separación del cargo a su compañero de fórmula. Desde el PJ local algunos lo acusaron de “traidor” y no faltó el que pidió que lo echaran del partido.


La gestión

Antes de ser destituido, Escobar había firmado con la Nación la compensación de deudas Nación Provincia, que zanjaba una antigua discusión por fondos como el FONAVI, el Consejo Federal de Agua Potable y Saneamiento ( COFAPyS), el Fondo de Desarrollo Eléctrico del Interior

(FEDEI) y el Fondo Vial Federal.

Con este acuerdo se consideraban saldadas las acreencias mutuas entre la Nación y las Provincias.

Fue mucha la plata que entró a San Juan –cien millones de dólares— pero entre aumentos de sueldos a la administración pública y algunas obras, pronto los fondos desaparecieron.

Otra vez la provincia en aprietos. Una decisión política de Rojas, incluso, le valió después denuncias en el Tribunal de Cuentas y en la Justicia cuando dispuso que se echara mano para el pago de sueldos a los dineros de la llamada Cuenta Unificada, por unos 12 millones de pesos, medida que había sido observada por la Contaduría General de la provincia.


La gente toma partido

A todo esto la gente, ese sector conocido como “independiente”, comenzó a tomar partido.

Y la gente no estaba de acuerdo con que volvieran aquellos a los que no había votado.
Las marchas del escobarismo convocaban multitudes por esos días.

Mientras, el gobierno de Rojas se desgastaba sin el apoyo nacional.

Dos elecciones, la de constituyentes nacionales y la de diputados nacionales de 1,993, dieron amplios triunfos a Escobar.

La rebeldía con el gobierno de Menem, que apoyaba abiertamente a Escobar, le terminaría costando el cargo a Rojas porque, a fines de 1994, la Corte Suprema de Justicia de la Nación ordenó la inmediata restitución de Escobar como Gobernador desestimando el juicio político que lo había condenado.


Rojas gobernador

Pero… ¿Cómo fue Juan Carlos Rojas durante su gestión?

Digamos que una de las características de Rojas–recuerdan en la residencia oficial— fue que recibía a mucha gente. Había días que atendía a más de cincuenta personas. Y obligaba a sus funcionarios a hacer otro tanto.

—A la gente hay que atenderla. —, era la consigna. No sólo atendía a dirigentes y punteros sino que concurría todas las semanas al Partido Justicialista, donde fue electo presidente.


Rojas era un hombre de hábitos simples, amante del futbol, ex presidente del Club Peñarol, que cuando no lo obligaba el protocolo, prefería una campera o una remera al traje, aunque le daba importancia a las corbatas de las que tenía una buena colección.

—No tomaba vino ni bebidas blancas. Le gustaba la cerveza negra, el único caso que he conocido—, recuerda un viejo mozo de la gobernación.

En cuanto a comidas, el asado era su plato preferido.

¿Cómo era Rojas en el trato con la gente?

—Mandón. —, fue la respuesta de las fuentes consultadas entre viejos empleados de la gobernación.

—Había dos Rojas –sostiene en cambio uno de sus ex colaboradores—. Cuando estaba relajado o compartiendo un asado, era ameno, adepto a las anécdotas. En cambio cuando se concentraba en los temas de estado, cambiaba su carácter, se volvía más hosco y más que diálogo con él, se recibían órdenes.

—Cuando ocurrió la “noche de los senadores”, se recuerda, Rojas estaba a cargo de la gobernación pues Escobar había viajado. Ese día le subió


la presión y debió ser atendido por un médico.

Las reuniones de gabinete se hacían los días miércoles.

—En realidad no se entablaba un debate para fijar posiciones sobre los

distintos temas. Rojas prefería que cada ministro rindiera cuentas de lo

hecho durante la semana y luego impartía instrucciones.

—Tenía mucha memoria –se asegura— y aunque no tomaba notas de

lo hablado, a la semana siguiente preguntaba a cada ministro sobre

los temas que habían quedado pendientes.

Rojas era más un instuitivo que un analista.

—Confiaba mucho en su intuición y esto hizo que durante su gestión

no existiera una mesa chica o un grupo de análisis.

En general sus audiencias eran cortas pero en algunos casos podía escuchar

durante una hora a su ocasional contertulio cuando este hacía un análisis intelectualmente sólido.

No sólo gustaba concurrir a la cancha a ver jugar al equipo de Peñarol sino que los sábado jugaba al futbol con un grupo de amigos, entre los que estaban el doctor Larrea y su cuñado Pepe Prividera.

Otro de sus gustos era salir a andar en bicicleta. Formaba parte de un grupo que solía pedalear muchos kilómetros cada vez que salía.

Durante sus días como gobernador, Rojas utilizó su propio coche y no vivió en la Casa de Gobierno aunque en algunas oportunidades, por ejemplo para el fin de año de 1993, se instaló con su familia durante algunos días en la residencia, donde pasó las fiestas con familiares y amigos cercanos.

A su esposa, Amanda López, se la recuerda como una mujer muy prudente que acompañó a su esposo durante su gestión sin buscar protagonismo alguno. Con ella Juan Carlos tuvo cuatro hijos, que le dieron varios nietos. Todos coinciden que era un hombre muy afectuoso en el plano familiar.


Mi relación con Rojas

Su relación conmigo fue siempre muy correcta. El sabía que yo no aprobaba que se hubiera destituido a un gobernador electo con menos de un año de gestión mientras otros gobernantes que durante décadas se habían enriquecido se sentían nuevamente parte del gobierno.

Rojas sostenía: “mis diferencias son solamente con Escobar, al que considero un elemento que nunca entendió al peronismo y quería manejarse como patrón de estancia. Pero sería para mi un gran orgullo contar en el gobierno con hombres como José Luis Gioja, De Sanctis o Conte Grand”.

En algún momento me ofreció el ministerio de la Producción.

—Yo sigo tus notas en El Nuevo Diario y queremos una provincia igual.

Pero necesito los hombres que me ayuden a construir ese futuro.

En ese momento, mi vida pasaba por el periodismo. Y, reitero, no compartía su cercanía con dirigentes de otros partidos en el diferendo con Escobar.


Llega el fin

Pero volviendo a la gestión como gobernador, esta encontraba escollos cada día mayores.

El Partido Justicialista fue intervenido, la relación con la Nación era cada día más difícil, la gente apoyaba a Escobar y los problemas económicos de la provincia se agudizaban al extremo de comprometerse el pago de sueldos.

Digamos que pese a la oposición de la Legislatura provincial, Escobar finalmente reasumió su cargo en los últimos días de 1994. Por su parte, Rojas solicitó una larga licencia como vicegobernador y en mayo siguiente renunció a su cargo.

Tras su paso por la gobernación, Rojas dejó de figurar en los primeros planos de la política sanjuanina. Se dedicó a su profesión de abogado durante los años siguientes.

De quienes fueron sus colaboradores, sólo Ruperto Godoy –ministro de Gobierno— continuó teniendo protagonismo político.


Muerte y reivindicación

Rojas falleció en San Juan en 2009 por una afección respiratoria. Tenía 64 años.

Fue despedido con todos los honores por el peronismo sanjuanino.

Sus restos fueron velados en la Legislatura con guardia de honor de los cadetes de Policía y el cortejo fúnebre, al transitar por calle 25 de Mayo, hizo una breve detención frente a la sede del Partido Justicialista, para Rojas sostenía: “mis diferencias son solamente con Escobar, al que considero un elemento que nunca entendió al peronismo y quería manejarse como patrón de estancia. Pero sería para mi un gran orgullo contar en el gobierno con hombres como José Luis Gioja, De Sanctis o Conte Grand”.

En algún momento me ofreció el ministerio de la Producción.

—Yo sigo tus notas en El Nuevo Diario y queremos una provincia igual.

Pero necesito los hombres que me ayuden a construir ese futuro.

En ese momento, mi vida pasaba por el periodismo. Y, reitero, no compartía su cercanía con dirigentes de otros partidos en el diferendo con Escobar.


Llega el fin

Pero volviendo a la gestión como gobernador, esta encontraba escollos cada día mayores.

El Partido Justicialista fue intervenido, la relación con la Nación era cada día más difícil, la gente apoyaba a Escobar y los problemas económicos de la provincia se agudizaban al extremo de comprometerse el pago de sueldos.

Digamos que pese a la oposición de la Legislatura provincial, Escobar finalmente reasumió su cargo en los últimos días de 1994. Por su parte, Rojas solicitó una larga licencia como vicegobernador y en mayo siguiente renunció a su cargo.

Tras su paso por la gobernación, Rojas dejó de figurar en los primeros planos de la política sanjuanina. Se dedicó a su profesión de abogado durante los años siguientes.

De quienes fueron sus colaboradores, sólo Ruperto Godoy –ministro de Gobierno— continuó teniendo protagonismo político.


Muerte y reivindicación

Rojas falleció en San Juan en 2009 por una afección respiratoria. Tenía 64 años.

Fue despedido con todos los honores por el peronismo sanjuanino.

Sus restos fueron velados en la Legislatura con guardia de honor de los cadetes de Policía y el cortejo fúnebre, al transitar por calle 25 de Mayo, hizo una breve detención frente a la sede del Partido Justicialista, para proseguir luego hasta el cementerio capitalino, previo paso frente al domicilio particular de Rojas en Villa América, Concepción.

En el cementerio de la Capital la banda de música de la Policía de San Juan acompañó la llegada del cortejo con la ejecución de la Marcha Fúnebre de Chopín, mientras que un piquete de cadetes de la Escuela de Policía encabezado por su bandera de guerra tributó los honores de rigor.

Allí hablaron el vicegobernador, Rubén Uñac y luego el gobernador y presidente del Justicialismo, José Luis Gioja.

“Querido Juan Carlos. En nombre de todos los sanjuaninos pero especialmente de quienes abrazamos un ideal, en nombre de quienes hicimos una forma de vida de ese ideal y en nombre de ese ideal que vos prácticamente de la cuna aprendiste y llevaste durante toda tu vida, venimos a rendirte el más justo de los homenajes”.

“Ninguna diferencia política puede opacar o puede disminuir el reconocimiento que los sanjuaninos te venimos a hacer en mi nombre”.

“Queremos decirte —añadió— que quienes ayudaron a escribir parte de la historia de San Juan no sea van, no se olvidan, se recuerdan siempre y estoy segurísimo que vos que fuiste actor de esa historia reciente de los sanjuaninos vas a estar también en las páginas de la historia de la Provincia”.

Dirigiéndose a la esposa de Rojas, Gioja expresó: “Querida Amanda, a vos, a tus hijos, también la más cristiana de las resignaciones y que tengas absolutamente claro que los sanjuaninos somos agradecidos, que estamos transitando un camino de encuentro, un camino de construcción, un camino que tiene que ver con la búsqueda del bien común. En ese camino Juan Carlos Rojas estaba, lo transitó e hizo muchos esfuerzos para poder llevarlo adelante. Querido Juan Carlos, descansa en paz”.

Todo había pasado. El Justicialismo había superado uno de los momentos más críticos de su historia. Lo demás, lo hizo el tiempo.

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Juan Carlos Rojas en su despacho de gobernador.




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