Sábado, 20 de Enero de 2018      

Los próceres en carne viva

MARIANO MENDIZABAL. 1820

Aunque algunos historiadores oculten los sucesos o lo publiquen en pequeñas notas, la autonomía sanjuanina se debe a un aventurero porteño, calavera y don Juan que fue fusilado por orden de San Martín.

Por:
Juan Carlos Bataller

Mariano Mendizábal llegó a San Juan con el Batallón de Cazadores de los Andes.


Hijo de una familia distinguida de Buenos Aires -sus padres fueron Francisco Mariano Mendizábal y María Paula Basabilbaso- Mariano Mendizábaleligió la carrera militar. Precisamente estaba en el Ejército cuando se produjeron las invasiones inglesas y participó luego en las campañas revolucionarias.

Pero su vida disipada y sus faltas de disciplina lo hicieron acreedor a varios sumarios.

Afirmaba Bartolomé Mitre:

-Existía agregado al Batallón un capitán llamado don Mariano de Mendizábal, natural de Buenos Aires, el cual por su mala conducta había sido separado de las filas. Valiente, corrompido y bullanguero, había asistido a la defensa de Buenos Aires contra los ingleses y hecho casi todas las campañas de la revolución siendo objeto de un sumario en enero de 1.817 por su conducta e incorregibilidad, como por indisciplina y para que escarmiente

Oficial del Ejército de los Andes, recaló en San Juan cuando se estacionó en esta provincia el Batallón de Cazadores de los Andes.

Gran seductor, lo primero que hizo al llegar a San Juan fue averiguar cuáles eran las familias que reunían poder y dinero.

Es difícil imaginar lo que significaba para una provincia tener un ejército estacionado a escasos cien metros de la plaza mayor.

Hombres dejados a la buena de dios, con armas, la gran mayoría sin formación militar. La consecuencia lógica era un ambiente casi salvaje donde los robos, los asesinatos y las violaciones de mujeres eran cosa corriente.

En ese ejército, Mendizábal ocupaba el segundo lugar en la cadena de mandos.

El cuñado que nadie esperaba

Mariano pronto descubrió quién sería su presa: Juana, la hermana del gobernador.

Gobernaba San Juan Ignacio de la Roza, hombre de fortuna, patriota sanmartiniano y convencido adherente a la causa libertadora.

Mendizábal no tuvo inconvenientes en enamorar a aquella muchacha pueblerina e incluso se casó con ella el 28 de abril de 1817.

Para asegurarse que la boda se realizaría, no dudó en dejarla embarazada algo que en aquellos años sólo podía pagarse con un matrimonio.

Así ocurrió y a los pocos meses de casados, el 7 de julio de 1.817 nació una nena llamada Liberta América Mendizábal de la Roza.

Mariano Mendizábal pronto advirtió que su cuñado tenía dos problemas.

El primero, cada día estaba más distanciado de la gente y el descontento se generalizaba.

Segundo, De la Roza era un patriota y como tal había encabezado de su peculio particular las listas de contribuciones de guerra.

Como administrador de la inmensa fortuna familiar tras el fallecimiento de su padre, Fernando de la Roza, el teniente gobernador comprometió bienes familiares.

Ningún pariente se quejó. Hasta que apareció Mendizábal en la familia y a nombre de su mujer objetó judicialmente el accionar de José Ignacio, dando comienzo a un pleito y a un clima de discordia que afectó profundamente al mandatario.

Las dificultades de De la Roza habían recrudecido desde 1818, cuando se presentó a la reelección. El sector conservador —muy ligado a la Iglesia— apoyado por sectores ligados a los grupos montoneros, guardaba viejos rencores y se opusieron terminantemente.

El ambiente en este tiempo estaba dado para una revuelta. Pero faltaba lo principal: quien la encabezara. Lo lógico habría sido un hombre de arraigo sanjuanino y ligado a los sectores conservadores y de la Iglesia. Pero ya sea porque la situación era difícil o porque no existían hombres con ambiciones en esos días, el caso es que la jefatura del movimiento recayó en el famoso Mariano Mendizábal, el apuesto calavera porteño, cuñado del gobernador. Y el desprejuiciado e inescrupuloso militar que advertía la caída no sólo de De la Roza sino de toda la estructura intendencial con la consecuente autonomía provincial, se lanzó a la aventura.

Llega la emancipación

Mendizábal, asumido el mando militar, quiso institucionalizar la revolución.

El mismo día que se inició el movimiento, el 9 de enero, convocó al ayuntamiento y al vecindario para un cabildo abierto en la sala capitular.

—Señores —dijo Mendizábal— con el deseo de libertar al pueblo del despotismo, opresión y tiranía del teniente gobernador don José Ignacio De la Roza, hemos logrado deponerlo y asegurar su persona al amanecer de este día.

Hubo, lógicamente, aplausos para el capitán.

—Encontrándose el pueblo acéfalo —continuó— es preciso designar quién gobernará.

Ante la sorpresa general, el siguiente orador fue Francisco Narciso Laprida quien propuso a Mendizábal como gobernador.

Y fue nomás el cuarto teniente gobernador de San Juan, del mismo modo que lo había sido su cuñado cinco años atrás tras una asonada seguida de una votación popular.

Casi dos meses estuvo preso De la Roza. Pero no fue fusilado.

En los primeros días de marzo, Mendizábal le conmutó la condena por la pena del destierro y lo mandó a La Rioja.

Pero De la Roza hizo un viaje mucho más largo. Siguió hasta Perú, sin volver nunca a su tierra natal ni reunirse jamás con los suyos.

¡Basta de depender de Mendoza!

Corría enero de 1820 y Mendizábal era el teniente gobernador de San Juan.

Es cierto que tenía pocos escrúpulos. Pero no era tonto Mendizábal. Ya era el teniente gobernador. Pero para asegurar el poder tenía que lograr que Mendoza, capital de la intendencia, reconociera el hecho consumado. Pero sus ambiciones iban más allá: quería la autonomía provincial. ¡Basta de depender de Mendoza! San Juan debía ser una provincia confederada, con todos sus derechos.

Enterado de que De la Roza había sido depuesto, el gobernador intendente de Cuyo Toribio de Luzuriaga instruyó al coronel Rudecindo Alvarado que viajara a San Juan al frente de dos compañías de cazadores provistas de piezas de artillería de campaña para hablar a los revoltosos “en lenguaje convincente”.

El día 14 Arredondo llegó a Pocito chocando con una guardia sanjuanina, a la que no consiguió atrapar.

Siguió viaje y cuando ya se veía el poblado se encontró con el Batallón número 1 en formación y dispuesto a darle batalla.

Tampoco el pueblo apoyó a Arredondo. Es más, una representación integrada por Salvador María del Carril y Pedro José Zavalla le pidió que desistiera de atacar a la tropa sublevada pues todo podría terminar en un conflicto sangriento.


El toro por las astas

Arredondo volvió a Mendoza decepcionado. Y Mendizábal rió para sus adentros: había logrado detener la reacción de la capital de la intendencia.

Ahora él tenía el toro por las astas. Frente a la Mendoza dictatorial se levantaba San Juan Federal, marchando hacia su total autonomía.

San Martín desde Chile recomendó prudencia al gobernador de Cuyo.

Desobedecido en San Juan y con un brote de descontento en su propia guarnición, Luzuriaga renunció como intendente de Cuyo.

Inteligente Mendizábal, escribió al director supremo, general Rondeau, ofreciendo obediencia al gobierno central.

Su obra de arte estaba a punto de ser consumada. El 29 de febrero convocó a la población a una asamblea en la Catedral para que decidieran sobre un único punto:

—¿Quieren unirse a las demás provincias federadas o seguir dependiendo de Mendoza?

El 1 de marzo de 1820, la asamblea proclamó la autonomía, con la adhesión entusiasta de la población. San Juan era ya un estado argentino.

¡San Juan había nacido como provincia! Y lo había logrado el aventurero Mendizábal. Ya formaba parte de la historia provincial.

El comienzo de su final

Pero ahí terminó su suerte. Y comienza su noche negra. En un proceso tan rápido como el que lo llevó a la cumbre.

El comandante Francisco Solano del Corro, su socio el 9 de enero en el derrocamiento de De la Roza, comenzó a hacerle la vida imposible. Acusaba a Mendizábal de “traidor a la causa” si se detenía ante cualquier exceso o pactaba la paz con Mendoza. Lo atacaba por haber perdonado la vida de De la Roza, halagaba a su tropa que seguía en un estado de sublevación y se iba erigiendo en el líder militar del movimiento.

Mendizábal intentó liberarse de Del Corro y lo envió a una aventura imaginaria a La Rioja. Pero la tropa se amotinó y exigió el regreso de su jefe.

Y Mariano no tuvo más remedio que enviar un chasqui para pedirle que volviera.

Tampoco con los vecinos le iba bien al nuevo teniente gobernador. Alguien lo acusó formalmente:

—Faltan varias cajas de caudales públicos.

Mendizábal intentó aclarar la situación:

—Las llevé a mi casa ante la posibilidad de que el coronel Arredondo invadiera San Juan.

Nadie quedó conforme.

Para colmo, el Batallón de Cazadores de los Andes —transformado en una horda de maleantes que cometían toda clase de tropelías—, seguía reclamando fondos. Y Mendizábal no tenía otra alternativa que dárselos. Con lo que sus relaciones con los vecinos fueron de mal en peor.

El 21 de marzo de 1820 una asamblea de vecinos, apoyada por Del Corro y sus tropas, destituyó al primer gobernador, al hombre que logró la autonomía provincial. Exactamente tres semanas después de haberla logrado.

José Ignacio Fernández Maradona, de 68 años, fue designado gobernador. En el mando militar se lo mantuvo al capitán Francisco Solano del Corro, el nuevo “hombre fuerte” de San Juan.

Mariano pronto descubrió a quién sería su presa: Juana, la hermana del gobernador. Mendizábal no tuvo inconvenientes en enamorar a aquella muchacha. Para asegurarse que la boda se realizaría, no dudó en dejarla embarazada, algo que en aquellos años sólo podía pagarse con un matrimonio.

Un fraile muy particular

Mendizábal no sólo había dejado de tener el poder. Ahora debía rendir cuentas de los fondos públicos administrados durante sus dos meses y medio como gobernador.

El 20 de abril presentó una rendición. Y el 24 Fernández Maradona lo intimó para que en el término de 24 horas repusiera 4 mil pesos que faltaban.

Ante esto, el inescrupuloso padre de la autonomía sanjuanina, con la ayuda de su mujer, se fugó disfrazado de fraile. Ante ello el nuevo gobernador ordenó un sumario, cerrado con la deportación inmediata de Mendizábal.

Como había ocurrido con De la Roza, con el gobernador de Mendoza Luzuriaga y el gobernador de San Luis, Dupuy, Mendizábal fue detenido en La Rioja por las fuerzas del comandante de los Llanos, Juan Facundo Quiroga.

El aventurero militar estuvo un tiempo detenido y remitido luego a Martín de Güemes que lo envió a Perú, a disposición del general San Martín.

En Lima, Mariano Mendizábal fue sometido a consejo de guerra y condenado a muerte.

José Ignacio De la Roza pidió al Libertador por la vida de su cuñado a pesar que lo había traicionado.

Fue en vano.

Fue degradado en la plaza de Huaura y fusilado en cumplimiento de las ordenanzas militares.

—¡No, este no es el final que yo quería! ¡La aventura fue demasiado lejos!

Este debe haber sido el último pensamiento de Mariano Mendizábal aquel 31 de enero de 1822, antes que el jefe del pelotón de fusilamiento diera la orden.

Pero allí estaba, en la Plaza Mayor de Lima, Perú. Y la orden llegó:

—Apunten... ¡fuego!

El aventurero que nos dio la autonomía como provincia, estuvo un tiempo detenido para ser remitido luego a Martín Güemes que lo envió a Perú, a disposición del general San Martín. Allí fue degradado en la plaza de Huaura y fusilado en cumplimiento de las ordenanzas militares.

Y allí quedó tirado Mariano Mendizábal, sin comprender qué ocurrió, como pudo pasar todo tan rápido.

Porque Mariano Mendizábal, aquel inescrupuloso capitán, enamorador de mujeres, con alma de bribón; el que sedujo a la hermana del poderoso José Ignacio De la Roza y la dejó embarazada para casarse después con ella y tener una hija, había dado a San Juan lo máximo que un patriota puede darle: su autonomía como provincia. Y sin embargo...

Su esposa, Juana de la Roza, se casó en segundas nupcias con Alejandro Taylor, un comerciante protestante de nacionalidad estadounidense. En aquellos años, Taylor y Aman Rawson, también estadounidense, médico y padre de Guillermo Rawson, eran las dos únicas personas de religión protestante en la ciudad.

En 1.894, con la presencia de Domingo Faustino Sarmiento, se inauguró la Casa de Gobierno, en calle General Acha, frente a la Plaza 25 de Mayo. A uno y otro costado del pórtico de aquella casa que destruyó el terremoto de 1.944, dos placas de mármol iluminadas por grandes faroles recordaban dos hechos capitales de la vida provinciana: “Saturnino L. Sarassa, primer teniente gobernador de San Juan (1.812-1.814)”, decía una. “Mariano Mendizábal, primer gobernador de San Juan (1.820)”, la otra. Fue la última vez que la historia recordó a Mendizábal.

Fuentes

Videla, Horacio: Historia de San Juan

Bataller, Juan Carlos: Revoluciones y crímenes políticos en San Juan

Cutolo, Vicente: Nuevo diccionario biográfico argentino.

Zinny, Antonio: Historia de los gobernadores de las Provincias Argentinas.


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