Sábado, 18 de Agosto de 2018      

Los próceres en carne viva

LOS REGENERADORES. 1875 - 1884

Para algunos eran sólo un grupo que unió esfuerzos para repartirse el poder. Para otros, eran los intelectuales más importantes de una generación que querían modificar las condiciones de una provincia atrasada. Tras varios años de gobierno los “Regeneradores” terminaron tras un episodio sangriento que conmocionó al país.

Por:
Juan Carlos Bataller

Anacleto Gil sufrió un atentado el 6 de febrero de 1884.
Es difícil referirse a ellos por separado. Fueron sin duda los grandes protagonistas de dos décadas en la vida provinciana. Y hasta la muerte los unió.

Pero vamos por parte.

Cuando el 12 de mayo de 1.875 asumió el gobierno de Rosauro Doncel, pocos suponían que comenzaba una época que sería conocida en la historia provincial como “la época de los regeneradores”.

Doncel era un hombre del Club del Pueblo, fuerza mayoritaria.

Un grupo de jóvenes ilustrados, que sin desprenderse del Club del Pueblo, formaron una agrupación denominada Los Regeneradores.

Las premisas que enarbolaban fueron “la pureza del sufragio, el reemplazo de los valores políticos gastados que habían estancado el progreso institucional de la provincia y la abolición de prácticas políticas viciosas”.

Para la oposición era una simple “argolla”, que desde hacía años venía distribuyéndose los principales cargos públicos. Y algo de razón tenía.

Pero lo cierto es que se trató de un grupo de alto vuelo intelectual, integrado en su mayoría por profesionales jóvenes, que intentaban dar una base más sólida a la provincia.

En aquel San Juan de 1880, con una mayoría analfabeta, donde muy pocos tenían el derecho de elegir y ser elegidos, la existencia de estos hombres, los mejores de esa generación, generó lógicas reacciones.

En la historia se los reconoce como el grupo de “Los regeneradores” y en él se incluyen a los gobernadores Rosauro Doncel, Agustín Gómez, Manuel María Moreno, Anacleto Gil, Carlos Doncel y Angel D. Rojas.

La mayoría de ellos fue no sólo gobernador sino también senador nacional, ministro, legislador provincial y convencional durante la reforma de la Constitución Provincial en 1878.

Si bien Los Regeneradores comienzan durante la gestión de Rosauro Doncel todas las fuentes señalan a Agustín Gómez como el mayor referente tanto por sus condiciones de caudillo como por su inserción en la política nacional.

Agustín Gómez

Nacido en San Juan, el 2 de setiembre de 1844, Agustín Gómez era un caudillo nato. Intuitivo, pragmático, acostumbrado al orden y a mandar, había nacido en un hogar no pudiente, por lo que un tío, Eusebio Dojorti, lo ayudó a emigrar en busca de horizontes más amplios. Otro tío, Camilo Rojo, lo hizo designar teniente de la guardia nacional en plena guerra con Paraguay.

Al regresar a San Juan, tras participar de varias campañas, ser herido en Paraguay, alcanzar el grado de teniente coronel y vincularse muy bien en la política nacional, Gómez ocupó diversos cargos, hasta que el 23 de marzo de 1878 fue designado gobernador y juró el cargo el 12 de mayo.

Agustín Gómez era el jefe indiscutido del grupo de los Regeneradores. Más que un político, Gómez era un jefe con ideas claras, relativamente ilustrado pero muy inteligente, al que algunos vaticinaban llegaría a la presidencia de la Nación.

Durante su gobernación, Gómez delegó el mayor peso de la gestión en Angel D. Rojas, un joven de 28 años que administró una economía agotada por los gastos que demandó la guerra civil y por la acción de los asaltantes de caminos.

Digamos que el país vivía una real anarquía en materia de legislación penal. El país ya contaba con los código civil, , de comercio y de minería pero estaba retrasado en materia penal.

Gómez era un enemigo acérrimo de cuatreros y asaltantes de caminos y es por eso que adelantándose al resto de las provincias y a la Nación, aprobó por una ley del 31 de julio de 1878 de el Código Penal de Buenos Aires, proyecto de Carlos Tejedor

Hay un hecho que pinta de cuerpo entero a Gómez, tanto en su lucha contra la delincuencia como en su natural condición de caudillo intuitivo. El hecho fue la muerte de Santos Guayama.

Santos Guayama significó para San Juan durante dos décadas un inquietante problema policial y político.

Había nacido en la región lagunera de Guanacache y fue autor de correrías sin cuento en los llanos de La Rioja y las travesías de San Luis y norte de Mendoza.

Fue elemento de la montonera del general Peñaloza y una vez deshecha esta formación se transformó en vulgar asaltante de caminos. Tuvo en jaque a varios gobiernos.

Hijo de madre de pura sangre huarpe, algunos dicen que era hijo no reconocido de Carlos King de Rivarola, edecán del general Benavides. Otros, en cambio, creen que era hijo de Gregorio Guayama, blanco mestizo o de un criollo Diaz que más tarde se casó con su madre.

Robusto, de ojos y barba negra, penetrante mirar y dotado de extraordinario magnetismo sobre hombres y mujeres, Guayama era jefe de una banda de bandidos que tan pronto se presentaba en una ciudad y después de escarmentar a la policía con algunos degüellos, pasaba a saquear las casas de comercio. O aparecía de pronto en las travesías y asaltaba una caravana, pasaba a cuchillo a los hombres y se apoderaba del botín.

Cuentan que se hizo amigo del cura Brochero. Ahí habría cambiado y comenzó a dar a los pobres, haciéndose una aureola

El 26 de julio de 1878 se advirtió al entonces gobernador Agustín Gómez que Guayama estaba en San Juan y hacia proselitismo por el doctor Carlos Tejedor para la presidencia de la Nación. Esto ya comprometía a las autoridades locales.

En el mes de diciembre, cuando Guayama doblaba la esquina de Tucumán y Laprida, en pleno centro de la ciudad, fue reconocido a la distancia por el jefe de Policía Pedro Cortínez.

Rodeada en el acto la manzana, fue capturado por un piquete de quince soldados al mando del capitán Mateo cuando se encontraba en la casa de don Lisandro Lloveras.

—No voy a permitir esto—, dijo el gobernador Gómez al ser informado.

Inmediatamente se lo intentó detener mientras Lloveras exigía:

—No pueden entrar a mi casa sin una orden de allanamiento...

Se lo llevaron lo mismo a Guayama pese a las protestas y lo alojaron en el cuartel de San Clemente, donde fue sometido a proceso.

Antes de dos meses, Guayama promovió una sublevación de presos. Hubo tiros, alboroto y muertos.

Sofocado el motín, vino una orden de arriba:

—Lo fusilan de inmediato.

Así, sin formalidad alguna, fue ultimado el bandolero.

Cuando se le preguntó a Gómez en base a qué ley había ordenado la ejecución, fue muy directo:

—Hay leyes que hay que escribirlas con la punta de la espada.

La gobernación de Gómez no sólo pasó a la historia por haber matado a Guayama. Durante su gestión se reformó la Constitución Provincial y se creó el cargo de vicegobernador.

Las cosas habían pasado de castaño oscuro y los Constituyentes de 1.878 decidieron ponerle coto.

Ocurre que los gobernadores inmediatamente cumplían su mandato, y algunos aún antes, se hacían elegir senadores nacionales.

Aquella Constitución, que entre otras cosas creó el cargo de vicegobernador, estableció en su artículo 72 que “es absolutamente prohibido elegir para senador del Congreso Nacional al gobernador o a sus ministros hasta los dos años siguientes al día en que dejaron de desempeñar dichos puestos. El senador o diputado que contraviniese a esta disposición, quedará ipso facto exonerado de su cargo y además inhabilitado por el término de cinco años para ejercer cualquier empleo público de carácter provincial”.

El elegido senador, en cambio, quedaba “inhabilitado para ejercer puestos públicos hasta diez años después de cesar de su cargo de senador”.

Sólo un año más tarde, el gobernador Agustín Gómez propuso reformar la Constitución, especialmente lo referido al artículo 72.

Y como no podía ser de otra manera, poco después – el 27 de enero de 1.880- Agustín Gómez… renunció al cargo de gobernador y se hizo elegir senador de la Nación el 12 de marzo de 1880, cargo que desempeñó hasta su muerte. Fue asesinado en San Juan en 1.884.

Anacleto Gil

Anacleto Gil nació en San Juan, el 12 de enero de 1852 y falleció en esta provincia el 22 de marzo de 1939.

Fue un abogado, docente y político argentino, que ejerció como gobernador entre 1881 y 1884.

Se doctoró en derecho en la Universidad de Buenos Aires a los 22 años. De regreso a San Juan participó en el Club del Pueblo, agrupación política que seguía al ex presidente Domingo Faustino Sarmiento; a los 23 ya era ministro de la Corte de Justicia y en 1878 fue elegido convencional constituyente.

Fue ministro de Hacienda y Obras Públicas durante las gobernaciones de Manuel María Moreno y Agustín Gómez.

En 1.881 fue electo gobernador y se presentó un grave problema en la Legislatura.

—El doctor Anacleto Gil no puede asumir el cargo de gobernador.

—¿Quién dice que no puede serlo?

—Yo lo digo.

—Esto es absurdo, se trata de uno de los hombres más brillantes que ha dado la provincia.

—Estoy de acuerdo. Pero el doctor Gil aun no cumple 30 años, como lo establece la Constitución Provincial sancionada en 1878 y que lo tuvo precisamente a él como el principal redactor. Es más, en el momento en que fue elegido no había cumplido siquiera 29 años.

Quien se oponía a la asunción de Anacleto Gil, el dirigente opositor Napoleón Burgoa, tenía razón.

Anacleto había nacido en enero de 1852, en la casona familiar ubicada en la esquina de Santa Fe y Jujuy. Por vía paterna, sus orígenes familiares se remontaban a Juan Martín Gil, uno de los fundadores de San Juan ya que acompañó a Juan Jufré en 1562 y se quedó a vivir por estos lares.

Desde joven, Anacleto se distinguió por su inteligencia. Tanto que el gobierno nacional le dio una beca como alumno sobresaliente para que estudiara en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Terminados sus estudios secundarios, ingresó en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires donde, en 1874, con sólo 22 años, se graduó de abogado y doctor en leyes.

En aquel San Juan de los años 70 una capacidad como la de Gil no podía pasar desapercibida. Porque además de su inteligencia, Anacleto era de los jóvenes intelectuales empeñados en dar a la Argentina una verdadera organización como Nación.

Comenzó a militar en política. Se enroló en el Club del Pueblo, agrupación sarmientista, dirigida por Valentín Videla.

Pese a todos los cuestionamientos que, por su juventud, debió sortear su candidatura, la Legislatura aprobó su mandato y el 12 de mayo ocupó su cargo.

El joven Gil no sólo era brillante, joven y apuesto sino que era “bravo de arriar”. Tenía un carácter muy difícil. Y sus decisiones no podían ser discutidas.

Se manejaba en forma absolutamente independiente y personalista. Era bastante quisquilloso, “de malas pulgas”, diría un criollo. Pero absolutamente recto en su proceder y con un acendrado concepto de la justicia.

Durante su gestión se creó el departamento 25 de Mayo y erigió en departamento las tierras de la sociedad fundadora de Caucete.

Por leyes de su gobierno, se crearon el Registro Civil de San Juan, uno de los primeros de la República, la Ley Orgánica del Régimen Municipal y el Monte de la Piedad, antecedente inmediato del futuro Banco de Préstamos, que “desalojó de la plaza a los usureros al suministrar el servicio de crédito a los sectores de menores recursos mediante la prenda de objetos personales”.

Fue Gil quién remodeló la Plaza Mayor, que poco después, durante la última visita de Sarmiento a San Juan se llamaría 25 de Mayo e instaló en su centro una artística fuente. Y a su autoría se debe también la iniciativa de construir dos nuevas plazas: Aberastain y Laprida.

Anacleto fue uno de los primeros mandatarios en intentar diversificar la economía sanjuanina y alentar la radicación de fuentes de trabajo. Esto en una provincia donde la economía era prácticamente feudal y los puestos de trabajo agrícolas, fue realmente importante. Fue así como eximió de todo impuesto a una curtiembre, una fábrica de betún y pintura, la instalación de una planta para beneficiar minerales metalíferos y concedió a la empresa Lloyd y Mackenzie los yacimientos auríferos de Gualilán. A la vez que alentó la participación de la provincia en la Exposición Continental que se realizó en Buenos Aires en 1882, delegando en el Club Industrial, que presidía Segundino Navarro, la promoción de la participación de los empresarios locales.

El 6 de febrero de 1884 Gil acababa de cumplir 32 años. Sólo le quedaban algunos meses para terminar su mandato y su nombre figuraba como uno de los sanjuaninos que podía tener una gran proyección nacional Ese día se produjo el atentado. Aunque salvó su vida ya no pudo reasumir la gobernación.

Carlos Doncel

Carlos Doncel nació en San Juan, el 7 de mayo de 1851 fue un abogado y político argentino, que ejerció dos veces como gobernador de la provincia de San Juan a fines del siglo XIX.

Se doctoró en derecho en la Universidad de Buenos Aires, con una tesis titulada De las personas ausentes con presunción de fallecimiento. En 1870 fue empleado del Ministerio de Justicia e Instrucción Pública de la Nación.

A su regreso a San Juan acompañó a su tío Rosauro Doncel, ministro de gobierno de la provincia, como su secretario. Fue miembro de la agrupación política “Juventud Liberal” y ejerció como secretario de su tío, cuando éste asumió como gobernador. En 1877 fue miembro de la Convención reformadora de la Constitución provincial, y ese mismo año fue nombrado Camarista del Superior Tribunal de Justicia de la Provincia. En 1882 fue nombrado Juez Federal con sede en la ciudad de San Juan. Padecía de una permanente artrosis en la cadera, por lo que usaba bastón y rengueaba notoriamente.

En 1884 fue elegido gobernador, con 32 años, como candidato del grupo de los “Regeneradores”, facción local del Partido Autonomista Nacional completamente identificada con el presidente Julio Argentino Roca.

Vicente Celestino Mallea

Tenía 35 años. Descendiente del capitán Eugenio de Mallea, era cuñado del gobernador Anacleto Gil. Había sido ministro y se desempeñaba como senador nacional. Electo vicegobernador, debía asumir esas funciones el 12 de mayo de 1884.

Mallea estaba casado con Justina Gil. A partir de este matrimonio y hasta nuestros días el apellido Mallea Gil sería compuesto. Muchos de sus descendientes serían destacados hombres públicos en San Juan y en la Nación.

Manuel María Moreno

Manuel María Moreno no era brillante como los hombres que conducían San Juan en aquellos años. Además, no era tan joven como ellos pues en 1884 había cumplido los 54 años. Hombre mesurado, casi opacado, era un típico contador del Estado, por lo que Hermógenes Ruiz lo designó ministro de Hacienda. Fue diputado y convencional constituyente y al ser creado el cargo de vicegobernador fue electo por la Legislatura. El gobernador de entonces, Agustín Gómez, renunció para hacerse designar senador nacional con lo que Moreno asumió la primera magistratura, aunque nunca quiso firmar como gobernador -lo que le correspondía- sino como vicegobernador a cargo.

El fin de los regeneradores

Presentados los protagonistas vamos a una historia que tuvo repercusión nacional y que significó el fin de Los Regeneradores.

Los regeneradores se oponían al centralismo porteño. El más enérgico era Agustín Gómez, que en el Senado sostenía que la capital debía estar en Rosario. No era casual que en este periodo permanentemente se hablara de intervención a San Juan.

Durante el gobierno de Anacleto Gil, hombre de fuerte carácter, muy independiente, la cuerda se tensa al máximo y cuando ya estaba decidida la intervención, Agustín Gómez llega a un acuerdo con el presidente Roca: a cambio de que no envíe una intervención se acepta que Carlos Doncel fuera el próximo gobernador.

Roca pensaba que Doncel sería mucho más manejable que Gil. Pero esta postulación divide a los sanjuaninos. Integrantes del grupo de los Regeneradores se sienten desplazados y comienzan a conspirar con sectores de la oposición, apoyados por el diario La Unión, dando origen a un clima de revuelta.

Los dos hombres vestidos de traje pese al calor del verano sanjuanino, venían caminando hacia el centro de la plaza mayor de San Juan,

Uno de ellos, cojeaba notoriamente y se apoyaba en su bastón a cada paso.

Se llamaba Carlos Doncel y tres meses más tarde debía asumir la gobernación de San Juan.

—Allá está el coronel — dijo su acompañante, Vicente Mallea, señalando hacia la fuente de la plaza, que estaba en proceso de remodelación.

Mallea también debía asumir el siguiente 12 de mayo pues había sido electo vicegobernador.

El coronel era Agustín Gómez, senador nacional y ex gobernador de San Juan. A pesar de que aun no cumplía 40 años, las pronunciadas entradas de su cabellera y la barba que comenzaba a blanquearse, le daban un aspecto mayor.

Eran poco más de las ocho y media de la noche y el sol ya había desaparecido.

Los tres hombres estuvieron algunos minutos conversando frente al edificio de la Casa de Gobierno y luego, lentamente comenzaron a desandar el camino. Cruzaron la plaza y llegaron a la esquina de Mitre y Mendoza.

Ya estaba oscuro.

Los hombres tomaron por calle Mendoza hacia el sur.

A mitad de cuadra, entre Santa Fe y Mitre, estaba la casa de Mallea. Una vivienda construida con adobe, alta, con varias habitaciones que remataba en un fondo con parrales..

Estaban por ocupar sus asientos cuando sienten golpear a la puerta.

—Buenas, buenas... ¿Cómo están ustedes?

Belisario Albarracín, ministro de Hacienda de Gil es quien había llegado.

Tras los saludos de rigor, Albarracín dice:

—Si me disculpan, ustedes, salgo unos minutos a comprar cigarrillos al negocio de Olguín.

Justina, esposa de Mallea y hermana de Gil, sirvió el té y se retiró, dejando a los hombres solos.

Esa noche, el poder de San Juan estaba reunido en aquella casa de la calle Mendoza: un ex gobernador, actual senador y hombre fuerte del partido; el actual gobernador y los futuros gobernador y vice.

Aunque la reunión pareciera imprevista y de carácter meramente social, lo cierto es que aquellos hombres tenían muchas cosas que hablar: las relaciones con el general Roca, las versiones sobre una revolución que se estaba gestando en San Juan, el traspaso del gobierno a Doncel, la próxima visita de Domingo Faustino Sarmiento.

En eso estaban cuando de pronto todo cambio.

Cinco desconocidos acababan de entrar en la sala.

Doncel fue el primero en advertir la situación: los desconocidos están armados.

De pronto se oye un tiro de Remington y se escucha la voz de Mallea:

—¿Qué diablos significa esto?

Los extraños visitantes comienzan a disparar contra el grupo reunido.

Doncel de un fuerte bastonazo apaga la lámpara que iluminaba la sala y se lanza bajo la mesa del comedor.

—Hijos de puta —, se escucha en la oscuridad.

Se ve la sombra de Agustín Gómez que corre en dirección a los fondos, procurando ocultarse en el frondoso parral o ganar la casa vecina.

Otras dos sombras lo siguen.

Suenan varios tiros.

Gómez cae acribillado a balazos disparados contra su espalda desde pocos metros.

El gobernador Gil está herido levemente y logra refugiarse en una sala contigua.

El olor a pólvora cubre la casa. Una sombra ha encontrado a Gil. Lo toma de los cabellos y la barba y lo arrastra hacia la calle.

La silueta del desconocido toma forma. Tiene cabellos y barba blanca.

El desconocido arroja a Gil sobre la acequia regadora que atraviesa la calle Mendoza. Inmediatamente comienza a dispararle. Un tiro, dos. El cuerpo del gobernador comienza a cubrirse se sangre.

El desconocido toma a Gil de los cabellos y le dispara un tiro de gracia en la nuca. El mandatario queda inerte.

—Vamos, vamos. Ya están muertos —, se escucha una voz.

Dos minutos más tarde, la casa es un hervidero de gente.

—¡Han matado al gobernador y al coronel Gómez! — dice alguien.

Belisario Albarracín ha llegado corriendo al lugar del crimen.

Doncel y Mallea están heridos pero con vida.

Los gritos de Justina se alzan sobre el resto.

—¡Ayúdenme, por favor, parece que Anacleto aun vive!

A pesar de las heridas recibidas, Mallea se acerca.

—¡Rápido, llamen a un médico!

—Que alguien vea qué ha pasado con el coronel — grita Doncel.

—Está muerto doctor. Tiene nueve balazos de Smith en la espalda.

La noche cubre San Juan, la siempre violenta, la de las pasiones envenenadas.

Mientras esto sucedía en la calle Mendoza, a pocas cuadras de allí, medio centenar de sujetos emponchados, atacaban el cuartel de San Clemente, que ocupaba toda la manzana delimitada por las calles Tucumán, Santa Fe, General Acha y Córdoba.

A las 10 de la noche, el silencio volvió a cubrir la ciudad.

Los revoltosos habían fracasado en el intento de tomar el cuartel y huían.

Un soldado se acercó a Olivares.

—Hay varios muertos y heridos, mi capitán.

—¿Hay detenidos?

—Hemos apresado a varios heridos. Quédese tranquilo que ya van a hablar...

Olivares sabía que hablarían. Y mucho.

—¿Sabe quién estaba entre los atacantes, mi capitán?

—Dígame.

—José Carrizo.

Olivares sabía bien quién era Carrizo. Hermano de Santos Guayama, el bandolero muerto por orden de Agustín Gómez años atrás.

El día después

El día 7 de febrero amaneció un San Juan distinto.

La noticia sobre lo sucedido la noche anterior ya era conocida en cada rincón.

La gente había salido a las calles a informarse. Aldea chica, cada detalle se relataba una y mil veces, se agrandaba, se modificaba, se tejían mil versiones.

Monseñor Salvador Isaac Giles, el presidente del Senado, estaba instalado en su oficina. Frente a él, el capitán Juan de Dios Olivares, rendía su informe.

—¿Tiene una idea clara, capitán, de lo que ocurrió anoche?

—Estamos recién tomando los primeros testimonios. Puedo sí decirle que el coronel Gómez está muerto.

—Se que el gobernador Gil se debate entre la vida y la muerte.

—Efectivamente, monseñor. Lo están atendiendo los doctores Amaro Cuenca, Miguel S. Echegaray, José María Flores Videla y Alejandro Albarracín... Pero nadie da nada por su vida. Estos bestias le dispararon tres veces...

—Mallea y Doncel están fuera de peligro...

—Sólo han recibido heridas menores.

—¿Se sabe quiénes los atacaron?

—Esto ha sido político, monseñor, no le quepa dudas. Pero pronto sabremos quién está detrás.

—¿Tiene alguna sospecha?

—Anoche, nos avisaron que había una persona muerta cerca del puente Los Tapones, en Trinidad. Esta persona participó en los sucesos ocurridos en la casa del señor Mallea. Es más, sería el hombre que, una vez muerto el coronel Gómez, se acercó al cuerpo y le dio una última puñalada para asegurarse que era difunto.

—¿Y qué pasó con este hombre?

—Cometido el crimen, huyó por calle Mendoza hacia al sur, hasta que al llegar al puente Los Tapones quedó muerto.

—¿Estaba herido...?

—No, en absoluto. Al parecer, le dio un síncope.

—¿Y quién era ese hombre?

—Esto es lo extraño...

—¿Extraño?

—Sí, monseñor. Ese hombre es o era, mejor dicho, el cochero de don Manuel María Moreno...

Monseñor Giles miró a Olivares y nada dijo.

Moreno había sido vicegobernador de Agustín Gómez y hombre de confianza de este, al extremo que al renunciar a su cargo lo dejó al frente de la provincia. Era en esos días, el presidente del partido roquista en San Juan.

Monseñor Giles quedó pensativo unos minutos y Olivares correspondió con un respetuoso silencio.

El vicegobernador había desaparecido

Monseñor Giles convocó esa misma tarde a la Legislatura.

Cientos de curiosos esperaban en la plaza y en la esquina de Rivadavia y General Acha cuando fueron llegando los legisladores.

A esa hora ya una noticia había ganado la calle:

—El vicegobernador Juan Luis Sarmiento era uno de los jefes del movimiento revolucionario.

Sarmiento había desaparecido.

Agonizante el gobernador Anacleto Gil y desaparecido Sarmiento, la provincia quedaba prácticamente acéfala por lo que monseñor Giles, como presidente del Senado, se apresuró a convocar a los legisladores.

—Señores, quiero decirles que he decidido renunciar como presidente del Senado. Antes que nada, soy un sacerdote. Yo no puedo estar al frente de las tareas de esclarecimiento, represión y castigo de los culpables. Compréndanme. Uno de ustedes debe conducir esa tarea. Y por eso he pensado que debemos poner en marcha los mecanismos para que quienes ustedes decidan, quede al frente del gobierno. El primer paso es, pues, mi renuncia.

Las palabras de monseñor tenían lógica.

El paso siguiente consistía en elegir al sucesor.

El poder estaba bien atado, en aquellos días.

Tenía que ser un hombre de confianza de Gil pues, aunque agonizante, aún estaba vivo y era el gobernador.

Pero al mismo tiempo, debía ser un integrante del Poder Legislativo.

Y un hombre con capacidad suficiente para manejar una situación muy delicada que nadie sabía a esa altura, hasta donde podría llegar en sus ramificaciones.

Un sólo hombre reunía todas las condiciones: el cuñado de Gil, senador provincial y vicegobernador electo, Vicente C. Mallea.

Esa misma noche, Mallea asumió la presidencia del Senado y quedó interinamente a cargo del Poder Ejecutivo.

Esa misma noche, también, la Legislatura reunida en sesión extraordinaria, promovió juicio político contra el vicegobernador Juan Luis Sarmiento, sospechado de ser instigador de los graves hechos que terminaron con la muerte de Gómez, las gravísimas heridas recibidas por el gobernador Anacleto Gil y el asalto al cuartel que causó varias muertes y heridos.

Mallea, hombre práctico, sabía donde golpear.

Su primera orden fue terminante:

—Quiero ver inmediatamente detenido a don Manuel María Moreno, a Gregorio Correa, a Napoleón Burgoa y a todos los que han participado del hecho.

La noticia del asesinato del senador nacional Gómez y el atentado contra el gobernador habían causado conmoción en Buenos Aires.

El presidente Roca había recibido un telegrama del vicegobernador Sarmiento, oculto en algún domicilio que le servía de refugio:

—“San Juan en estado de acefalía, solicito urgente la intervención federal”— decía.

Roca estaba indignado con lo ocurrido. Moreno y Sarmiento eran hombres de su partido y algunos intentaban sacar provecho de la situación señalándolo como autor intelectual de los crímenes.

El 11 de febrero Mallea firmó un decreto suspendiendo la aparición del diario La Unión, “por haber incitado al pueblo a deshacerse del gobernador Gil y del senador Gómez”.

El día 13, el Senado, reunido en sesión especial, expulsó de su banca a Manuel María Moreno, por encontrarlo responsable de los sucesos del día 6.

A todo esto, el juez del Crimen, Segundo Riveros, realizaba la instrucción del sumario por lo ocurrido.

Un movimiento revolucionario

Con el correr de los días se conocieron otros detalles del suceso:

Quedó en claro que no se trató de un hecho aislado sino de un movimiento revolucionario.

Al frente del movimiento estaba un comité que integraban varios de los principales dirigentes de la oposición mezclados con elementos del oficialismo desplazados de la conducción provincial tras los acuerdos que posibilitaron la elección de Doncel y Mallea.

Ese comité lo integraban Domingo Morón, jefe de los liberales o mitristas, quien nueve años después sería gobernador de San Juan, Juan Manuel de la Presilla (ex ministro de Rosauro Doncel, quien se alejó del grupo de los “regeneradores” al verse defraudado por no ser elegido diputado nacional), Napoleón Burgoa, Manuel María Moreno y Pedro A. Garro, por los roquistas locales en disidencias con las nuevas directivas del presidente y Juan E. Balaguer, por los seguidores de Bernardo de Irigoyen.

Los participantes de la revuelta recibieron penas más de carácter moral que práctico.

El juez dicto orden de prisión contra 25 personas pero hay constancia de una sola sentencia a pena capital. Esta recayó en el ex soldado Salinas, uno de los asaltantes de la casa de Mallea.

Los peces grandes, nunca pagan

El caso tuvo gran repercusión nacional

Los hechos de 1884 en San Juan, tuvieron gran repercusión nacional.

Al extremo que una comisión de notables reunida en Buenos Aires, de la que participaron más de cien personas, invitó al pueblo de la Nación a realizar un acto solemne de protesta contra el bárbaro crimen.

Repasar la lista de los asistentes, da una idea del repudio generalizado que generó el hecho. Estaban entre otros, Bartolomé Mitre, Guillermo Rawson, Santiago Cortínez, Vicente Fidel López, Leandro N. Alem, Nicolás Avellaneda, Lucio Vicente López, Tristán Achával Rodríguez, José María Rosa, Hipólito Yrigoyen, Carlos Guiado Sano, Roque Sáenz Peña, Marcial Quiroga, Nicanor Larraín, Guillermo Hudson, etc.

Esta comisión dio a publicidad un documento que expresaba en su párrafo más significativo:

“El asesinato por causas políticas es un crimen atroz que debe ser execrado como arma de partido. Jamás el asesinato es un delito puramente político y los asesinos y sus instigadores y cómplices, deben ser juzgados como reos de delito común”.

Sarmiento adhirió a la condena enviando un telegrama desde Valparaíso.

Qué fue de ellos

Juan Luis Sarmiento

El vicegobernador, tras el juicio político, fue destituido en la sesión del 4 de abril, declarándoselo “inhábil para ejercer ningún cargo público de honor o de confianza”. Fue el primer juicio político de la historia provincial.

Anacleto Gil

Estuvo muchos días entre la vida y la muerte. No pudo reasumir su cargo de gobernador, aunque asistió al acto de traspaso del mando a Doncel e inauguración de la Casa de Gobierno. Meses más tarde fue electo senador nacional para completar el período del asesinado Agustín Gómez. Permaneció diez años en el Senado Nacional.

Desde 1897 fue rector del Colegio Nacional de San Juan.

En 1912 fue designado interventor federal de la provincia de Santa Fe, su mandato fue muy complicado.

Se jubiló como rector del Colegio Nacional en 1913 y falleció en su ciudad natal en 1939, a los 87 años de edad.

Carlos Doncel

Prestó juramente en la Casa de Gobierno provincial, especialmente inaugurada con ese acto. Tuvo varios ministros de Gobierno, mientras que su ministro de Hacienda fue el escritor Segundino Navarro. Fundó el pueblo de Villa Aberastain y creó el Consejo Provincial de Educación. Creó la municipalidad de la capital y extendió el trazado urbano de la misma. En 1885 presidió el acto de la llegada del ferrocarril a San Juan, en una ceremonia en que también estuvo presente el presidente Roca. En 1888 fue nombrado abogado y director del Banco Hipotecario Nacional. Al año siguiente fue elegido senador nacional; se destacó como opositor al presidente Miguel Juárez Celman y apoyó a su sucesor, Carlos Pellegrini.

En 1896 fue elegido nuevamente gobernador. No llegó a terminar su mandato, porque renunció en abril de 1898, para ser elegido senador nacional.

En 1909 fue nombrado juez federal en a ciudad de Buenos Aires.

Falleció en Buenos Aires el 17 de junio de 1910.

Vicente Mallea

Se desempeñó como presidente del Senado a cargo del Poder Ejecutivo hasta el 12 de mayo, fecha en la que asumió como vicegobernador completando el mandato en 1887. Fue luego ministro del gobernador Federico Moreno y uno de los fundadores del Club Social, en1888. Falleció a los 46 años, el 27 de diciembre de 1894.

Manuel María Moreno

Tras este hecho, Manuel Moreno sale de escena en la política sanjuanina. Su nombre reaparece recién en 1908 cuando el coronel Carlos Sarmiento, electo gobernador, lo designa su secretario privado. Murió el 21 de febrero de 1923, con 93 años. En los últimos años de su vida se desempeñó como encuadernador de decretos oficiales.

Fuentes

Vicente C. Mallea – Agustín Gómez, antecedentes sobre la revolución del 6 de febrero de 1884, reproducida por el diario El Pueblo en 1890.

Carmen Peñaloza de Varese y Héctor Domingo Arias – Historia de San Juan

Horacio Videla – Historia de San Juan

Juan Carlos Bataller – Revoluciones y crímenes políticos en San Juan.

Octavio Gil – Anacleto Gil, su vida y su obra.


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