Martes, 31 de Marzo de 2020      

Cuando la salud pública poco importaba

Centrado en las últimas décadas del siglo XIX, este artículo describe y analiza el deplorable estado en que se encontraba la salud pública en esa época en San Juan. No había políticas de salud serias, unificadas y con continuidad, y las preocupaciones médico-sanitarias de las autoridades se limitaban, aunque sin éxito, a velar por la higiene en la ciudad, la lucha contra el curanderismo y supervivencia frente a las epidemias y las enfermedades infectocontagiosas

Por:
Alejandra Ferrari Gutiérrez

Esta es una fotografía de San Juan de las primeras décadas del siglo XX. Lo primero que salta a la vista es la chatura de la edificación. Otro detalle: las calles sin arbolado. Tampoco hay cables tendidos, clara señal de que aún no existía la luz eléctrica. Tambien se puede observar lo estrechas que eran las veredas. (Foto publicada en el libro “El San Juan que usted no conoció", de Juan Carlos Bataller)
El período analizado en la ciudad de San Juan se contextualiza en la llamada Argentina Moderna, cuyos caracteres no trataremos aquí por considerarlos sobradamente conocidos.
San Juan también sufrió esos cambios. De acuerdo con la primera ley de Régimen Municipal, que data de comienzos de 1869, la provincia estaba dividida en dieciocho departamentos. La Constitución Provincial de 1878 no regulaba el tema sanitario y se remitía a encargar a las Juntas Municipales todo lo relativo a la higiene, aseo, ornato y moralidad de cada egido

En ese momento la salud era una responsabilidad individual; al Estado sólo le concernía lo referido a la higiene de las ciudades, los hospitales (aunque la mayoría de las veces los cedían a la administración de asociaciones civiles o religiosas), las emergencias concretas y a evitar la difusión de epidemias (o combatirlas en caso que las hubiera).
Desde el Estado Nacional, las actividades sanitarias eran conducidas desde dos organismos: el Departamento Nacional de Higiene (creado en 1880, dependiente del Ministerio del Interior) y la Comisión Asesora de Asilos y Hospitales Regionales (en la órbita del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto y organizado junto con la Administración Nacional de Vacuna en 1881). Este último organismo era el que vinculaba al Estado con las Sociedades de Beneficencia y los hospitales.
Observe con atención esta foto. Primero los datos concretos: año 1910. Protagonistas: el señor con los ojos vendados se llamaba Salvador Bustos Quiroga y era comisario municipal de Alto de Sierra. La joven de negro que toma nota es su hija, Elena Bustos Cardozo. Y con la tercera persona entramos en el terreno de las suposiciones. Porque evidentemente, la elegante dama de blanco vestido y sombrero está realizando una curación al comisario municipal. Y por los dibujos que hace con tinta china en el brazo, se trata de un caso de “culebrilla” (Foto proporcionada por Elida Cardozo Bustos y publicada en el libro “El San Juan que usted no conoció", de Juan Carlos Bataller)
Las preocupaciones médico-sanitarias de las autoridades sanjuaninas para el período analizado pueden resumirse en tres grandes temáticas:
-higiene en la ciudad y la población
-ejercicio de la medicina y lucha contra el curanderismo
-epidemias y enfermedades infectocontagiosas
A grandes rasgos podría decirse lo siguiente de cada uno de éstos aspectos:

Higiene en la ciudad y la población sanjuanina

A lo largo del período analizado, 1880- 1900, las condiciones fueron similares, aunque con sutiles y progresivas mejoras al llegar al nuevo siglo.
La población de toda la provincia de San Juan, según datos del Primer Censo Nacional realizado en 1869, era de 60.319 habitantes, con una densidad poblacional de 0,58 habitantes por kilómetro cuadrado. Por su parte, el Segundo Censo Nacional (1895) sostenía que la provincia tenía un total de 84.251 habitantes, de los cuales 5322 eran extranjeros (es decir que cada 100 habitantes en nuestra provincia había entre 6 y 9 extranjeros, o sea un 63 o/oo). La densidad poblacional seguía siendo bastante baja: de 0,6 a 0,9 habitantes por kilómetro cuadrado.

Pasando al estado edilicio, de acuerdo con la misma fuente, existía en San Juan predominio de las casas de adobe, aunque había algunas de piedra o ladrillos, también un importante porcentaje de viviendas realizadas en madera, incluso de paja (estas últimas predominantemente en las afueras de la ciudad de San Juan y departamentos alejados).
La pequeña aldea conservaba parte de su arquitectura y estructura colonial (a pesar de haber sufrido los embates de varios terremotos). Chata y casi sin arbolado, con apenas tres espacios verdes en sus comienzos: la plaza 25 de Mayo, la Aberastáin y la Laprida. El uso del espacio era mixto: para residencia y para producción, incluso en los alrededores de la plaza principal.

Es importante hacer notar que el límite de la ciudad de San Juan propiamente dicha estaba impuesto por las “calles anchas”, lo que tenía connotaciones no sólo espaciales, sino también de status y jerarquía social.
Progresivamente se fue conformando a lo largo del período tratado, un núcleo principal (la ciudad de San Juan) y vínculos específicos con cada uno de los centros urbanos menores, rara vez relacionados entre sí y dependientes casi completamente del centro urbano.
Esta dependencia se ve claramente tanto en el trazado de caminos, la red de canales, las líneas de ferrocarril, en lo educacional, cultural, sanitario, etc. Para este período, por tanto, podemos distinguir claramente:
-la Capital o casco urbano
-las áreas urbanas de los departamentos circunvecinos (Concepción, Trinidad, Santa Lucía, Desamparados)
- los demás centros del resto de la provincia

Todos compartían idénticas problemáticas sanitarias. Cada lluvia traía a la ciudad infinidad de charcos de agua estancada, depósitos de basura y barro, con las consecuencias previsibles en estos casos. Las calles de la ciudad presentaban un estado lamentable según las diversas fuentes de época. Las de las afueras eran de tierra apisonada por lo general. Las del centro - mal empedradas, con estrechas y descuidadas veredas - eran causa constante de dificultades de tránsito y accidentes (tanto de personas como de animales de carga).

A ello se sumaba la higiene. Las ordenanzas municipales establecían que el barrido y limpieza de las calles de la ciudad estaría a cargo de la Intendencia de Policía, con la colaboración de los vecinos, quienes debían barrer hasta la mitad de la calle, evitar el amontonamiento de basura en las veredas y calles, asear sus edificios, etc. La Policía debía barrer las calles y recolectar la basura tres días a la semana. Sin embargo ello no ocurría... de hecho, el barrido de las calles era esporádico y mal realizado. Numerosos artículos periodísticos de época dan cuenta de los barrizales, pantanos, carrizales, animales en descomposición, desechos entre tantas cosas que era posible encontrar en las calles y plazas sanjuaninas, incluso en la misma plaza 25 de Mayo.

La ciudad de San Juan estaba surcada por un sistema de acequias que cumplían un papel fundamentalísimo, si se tiene en cuenta el medio árido predominante en la provincia. Muchas veces la población, descuidada, arrojaba desperdicios de todo tipo a las aguas que corrían por las acequias e incluso desechos humanos.
Otro grave problema eran las letrinas. Generalmente no estaban revestidas con materiales aislantes o ni siquiera eran lo suficientemente profundas, por lo que filtraban en acequias y canales con el consiguiente perjuicio a la salud (pues de allí se obtenía agua para usos diversos, incluso el consumo humano).
Las denuncias por el mal estado de las acequias en domicilios (los pocos que contaban con ellas), escuelas, la Casa de Justicia, algunos Tribunales, el Mercado y la Cárcel entre otros edificios públicos, son numerosas en la prensa de época.
El agua (corriente, aunque no potable) llegaba filtrada directamente a los pocos domicilios que contaban con conexión privada. La mayoría de las veces, los vecinos acudían a recolectar agua a los surtidores públicos; en otras ocasiones los acarreadores de agua en barriles la vendían de casa en casa. La manutención de tales surtidores estaba a cargo de la Intendencia de Policía, que debía impedir aglomeraciones, conflictos y evitar la contaminación del agua. Un importante sector de la población utilizaba el agua de las acequias.
Las cañerías poco adecuadas que se usaban para el traslado del agua filtrada provocaban rupturas en los surtidores (por el empleo de malos materiales, cañerías de diversos diámetros y por la presión del agua que las reventaba) y eran la causa de los pantanos citados anteriormente. Las casas particulares y escuelas tenían tinajas con filtros para purificar el agua, cuando no contaban con agua corriente.

Es de destacar que la población tampoco cuidaba la higiene pública; la prensa sugería constantemente a los dueños de establecimientos públicos que no arrojasen a la calle aguas sucias, o restos de animales faenados por ser antihigiénico y estar prohibido por ley.
Todo lo previamente dicho, hace dudar seria y fundadamente respecto al estado de pureza del agua que se bebía tanto de surtidores privados como públicos.

El Mercado Público y los Corrales de Abasto eran focos de contaminación pública indudablemente. Amén de la concurrencia de moscas y demás insectos, en más de una ocasión se vendían alimentos y carne en mal estado; un sector del edificio no tenía techo, las letrinas estaban destruidas y desaseadas, los malos olores asfixiaban a los concurrentes, debido a la falta de higiene y poco control de las autoridades. Sus instalaciones no tenían agua corriente (había que buscarla en un charco ubicado a unos 80 metros del degolladero y fuera del establecimiento).

Otra preocuación constante era el cementerio. Para el momento existía el Cementerio de la Ciudad de San Juan (actualmente Cementerio de la Capital) en el terreno que había ocupado la Capilla de San Juan de Dios. Los cadáveres, según los preceptos religiosos de la época, no podían quedar insepultos. No se permitía la cremación (ni siquiera en caso de epidemias), lo más que podía hacerse era echarles cal viva para acelerar la descomposición y evitar los malos olores. Por lo general, las condiciones sanitarias del cementerio eran regulares.

Otro tema de importancia eran las escuelas públicas, que se presentan como hacinadas de alumnos, en condiciones bastante rudimentarias de higiene, sin agua y a veces sin siquiera letrinas.

Para muchos la epidemia de cólera de 1886 fue un llamado a la reflexión acerca del estado sanitario de la ciudad y la provincia toda; sin embargo las condiciones sanitarias no mejoraron a pesar del temor a la enfermedad.
Dicha epidemia evidenció a las claras que era necesaria una política sanitaria unificada bajo los mismos criterios, mayor educación y concientización de la sociedad respecto a medidas higiénicas, amén de mayores y más efectivos controles sobre quienes ejercían la medicina. Dicha política, necesariamente debía contar con el apoyo estatal, pero no podía estar en manos de improvisados, especialmente por la total falta de conciencia sanitaria por parte de la mayoría de la población.

En este contexto se creó – en 1887 - el Consejo Provincial de Higiene y Tribunal de Medicina, encargado de la salud y la higiene pública.
Este organismo –compuesto por 5 médicos, 1 veterinario y 1 químico- comenzó su accionar entusiastamente, basado en las ideas higienistas e intentó solucionar los graves problemas sanitarios de San Juan. La medida fue bastante resistida, en parte porque con el correr del tiempo los comisionados no cumplían con la misión, ya que debían atender sus propios negocios (la comisión funcionaba “ad honorem”, por lo que el tiempo que dedicaban a la tarea era mínimo). Pero fundamentalmente por la violación al derecho a la intimidad que implicaba ese accionar, aunque fuese en aras del bien general.

Entre las obras fundamentales del Consejo de Higiene encontramos la creación de una revista quincenal dedicada a difundir entre la población normas higiénicas básicas y avances médicos; intentaron solucionar el tema de la basura con hornos crematorios y enviando los residuos en carros fuera de la ciudad; difundieron la vacunación; propiciaron leyes que mejorasen el estado sanitario de la provincia; controlaron el ejercicio de la medicina y el desempeño de las farmacias; combatieron el curanderismo y procuraron que la población perdiese el miedo a los médicos.

Los médicos y la lucha contra el curanderismo

De acuerdo con el Primer Censo Nacional (1869), existían en toda la provincia: 40 curanderos, 1 enfermero, 6 médicos, 1 flebótomo, 4 barberos o sangradores y 6 parteras. Mientras que el Segundo Censo Nacional, en 1895, registraba para la provincia un total de 49 profesionales sanitarios. El grueso de la población se concentraba en la ciudad de San Juan y en Jáchal; el resto estaba disperso en pequeños núcleos rurales.
Existían en ese momento tres hospitales en la provincia: el Hospital General de Hombres u Hospital Rawson, el Hospital de Mujeres San Roque (administrado por la Sociedad de Beneficencia) y el Hospital de Madres Cristianas. Los dos primeros en la Ciudad de San Juan y el último en Jáchal. El resto del territorio provincial no contaba con ninguna clase de entidad sanitaria, tampoco boticas.
Los hospitales eran simples edificios, con pocas camas que se mantenían con notables esfuerzos de los médicos, entidades benéficas, donativos, etc.

Los profesionales médicos estaban radicados en su mayoría en la Ciudad de San Juan, donde se concentraba la población, había mayores recursos económicos, educativos y culturales. Era poco frecuente que los médicos se trasladasen a vivir a los departamentos alejados (excepto Jáchal). Por lo general, el Consejo de Higiene mandaba cada tanto un vacunador a esas zonas y - en caso de solicitarlo las autoridades de los municipios- un médico. Esto se relaciona directamente con el accionar de los curanderos, pocos en la ciudad pero cada vez más numerosos a medida que nos alejamos del centro urbano. Ellos infundían confianza (pues eran conocidos), estaban cerca, se les podía pagar en especies y sus medicinas no eran caras, circunstancias valiosas para los empobrecidos obreros o jornaleros de la época.
Los médicos cobraban un peso la consulta, lo que era muy caro para un jornalero de entonces que ganaba un promedio de 0,80 centavos al día.

Sin embargo, todos los profesionales dedicaban uno o dos días a la semana a atender gratuitamente a los pobres. Estos últimos podían adquirir medicamentos gratuitamente en la botica del Hospital Rawson, aunque generalmente escaseaban. Por lo general se recurría a remedios caseros (ungüentos, hierbas, etc)

Aún así la población se resistía a los facultativos. El propio Domingo Sarmiento reconocía con pesar que se los acusaba de “..matar a los enfermos..” y durante la epidemia de cólera de 1886 las autoridades gubernamentales tuvieron que pedir a las autoridades eclesiásticas que amenazaran a la población con la excomunión si no concurrían al médico.

Enfermedades y epidemias

Las dolencias más comunes en la población sanjuanina eran las enfermedades infectocontagiosas, aunque los niveles de mortalidad disminuían sensiblemente; otras frecuentes causas de muerte eran el cáncer y tumores, la neumonía, la meningitis además de los accidentes en caballos, tareas cotidianas, etc. Sin embargo, las epidemias constituían el episodio más grave y preocupante de la provincia, en particular las causadas por difteria, crup, sarampión, escarlatina, viruela, fiebre tifoidea, cólera asiático y tuberculosis pulmonar. Con respecto a la viruela, el Consejo de Higiene declaró que ya no existía en San Juan el 3 de diciembre de 1900. Ello gracias a la amplia labor de vacunación y prevención realizada desde varios años atrás, que continuaba gratuitamente en las oficinas del Consejo. Lamentablemente la difusión del suero antidiftérico no alcanzó para erradicar esa enfermedad, que seguía causando gran número de decesos en los niños menores así como la escarlatina y el sarampión que reaparecían constantemente en la provincia. Otra preocupante calamidad era la tuberculosis; nuestra provincia era la que contaba con mayor porcentaje de enfermos a comienzos de siglo, según la Liga Argentina de Tuberculosis. Otra enfermedad que generaba gran preocupación era el paludismo, también conocida como “chucho”, en especial en Valle Fértil. También causaba estragos la sífilis, de la que existen pocos datos debido al prejuicio unido a la enfermedad, que llevaba a disfrazarla y ocultarla de infinitas maneras.

Conclusiones

El presente análisis pone al descubierto una grave realidad para la ciudad de San Juan en el período analizado: la ausencia de políticas de salud serias, unificadas y con continuidad, privilegiando lo económico y lo político, en desmedro de otros aspectos igualmente importantes para el progreso del país - tal como son la salud y el bienestar de la población-.

El Estado no consideraba que la salud fuese parte de sus obligaciones; ésta quedaba reducida al ámbito privado y al buen o mal sentido de cada hogar. Solamente intervenía para supervisar la higiene pública, evitar la propagación de epidemias, o cuando circunstancias de gravedad lo requerían. Es menester hacer notar que esta situación no era exclusiva del Estado Nacional Argentino ni de la provincia de San Juan.
Las familias de clase pudiente se preservaban de todo lo que pudiera atentar contra su integridad y cohesión como grupo social, incluyendo claro está las epidemias y enfermedades.
Las clases bajas y los inmigrantes, por su parte, hacinados en conventillos y casas semiderruidas, vivían en condiciones infrahumanas, sin las más mínimas y elementales comodidades.

La política sanitaria sanjuanina fue, a lo largo del período analizado, una sucesión de medidas parciales, temporarias y faltas de planificación, tendientes a solucionar el problema inmediato (epidemias, catástrofes, etc.), pero no a largo plazo. Esta última afirmación debe aplicarse a las políticas adoptadas por los poderes políticos de la Provincia y de la Nación, debe exceptuarse al Consejo de Higiene cuyos integrantes, por su formación, apuntaban a políticas preventivas de larga duración.
Por otro lado, las autoridades provinciales fueron ineficaces a la hora de exigir cumplimiento de las normativas vigentes.


Este trabajo se ha realizado sobre la base de una investigación mucho más extensa de la autora, presentada en el Decimotercer Congreso Nacional y Regional de Historia Argentina

*La autora es Magister, Profesora de Historia e investigadora

El artículo que aquí se reproduce fue publicado en el semanario El Nuevo Diario, el 19 de mayo de 2006.



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