Sábado, 6 de Marzo de 2021      

La muerte de Aberastain (1861)

Por:
Juan Carlos Bataller

El mártir de la Rinconada

El 25 de noviembre de 1860, a cinco días de la muerte del gobernador de San Juan, José Antonio Virasoro, un decreto firmado por el presidente Santiago Derqui en acuerdo de ministros, iba a tener gran repercusión en la provincia.
El decreto comisionaba al gobernador de San Luis, coronel Juan Saa, importante jefe federal, “para que representando al gobierno nacional, restituya el orden en San Juan aniquilado, adoptando al efecto las disposiciones y medidas que creyese convenientes y legales”.
La muerte de Antonino Aberastain. "Aberastain “fue obligado a ir a pie, sin calzado ni calcetines, sobre un terreno muy escabroso y después de andar tres leguas pidió un caballo o que le mataran en el acto. El oficial que estaba a cargo resolvió hacer lo último. La orden se cumplió inmediatamente. De un empujón hicieron arrodillar a Aberastain. Pretendieron vendarle los ojos. —¡No! ¡Quiero ver entrar las balas en mi corazón! Pero ni esa gracia se le concedió: cayó atravesado desde la espalda por las balas de los invasores".

Saa recibió un pliego de instrucciones. Allí el presidente Derqui le decía:
“Si encontrase al pueblo de San Juan en plena función y libre ejercicio de sus derechos, apoyará sus deliberaciones si en ello no tuviera influencia directa o indirecta la revolución.
Si los revolucionarios o anarquistas, como es creíble, estuvieran dominando la provincia de San Juan y sus destinos, la someterá de la manera que estimare más conveniente, haciendo declaración del estado de sitio y asumiendo el mando de la provincia.”

José María Lafuente, secretario de la misión federal y antiguo secretario de Mitre, envió una carta a Antonino Aberastain:
“El excelentísimo señor Saa espera la contestación de ese gobierno a su nota oficial y, si ella es cordial y amistosa como corresponde, su excelencia se pondrá en marcha hacia San Juan sin más séquito que los coroneles Conesa y Paunero y una pequeña escolta. Pronto usted recibirá carta de nuestro amigo de mi jefe (Mitre), Sarmiento”.
Cuando la carta llegó ya el gobernador Coll había convocado a elecciones de diputados y doblantes para elegir gobernador propietario. Y el elegido era precisamente Antonino Aberastain, para el gobierno de la Confederación el principal instigador de las muertes de Benavides y Virasoro.

Saa, entretanto, el día 7 de diciembre había mandado una nota al gobernador interino en tono conciliador, en la que aseguraba que no pretendía “imponer al pueblo un candidato ni colocar un partido”. Pero con firmeza le pedía “suspender entretanto todo procedimiento que pudiera alterar el actual estado de cosas en San Juan con respecto a su organización”.

Coll estaba dispuesto a abrir las negociaciones.
Aceptó suspender la asunción de Aberastain. Pero hizo una salvedad:
“El gobierno de San Juan se presta a toda medida de V.E. sin oponer juridicción y soberanía exclusiva de la provincia... y quiere apartar todo obstáculo para que V.E. se entere con verdad de todo. Pero le interpela respetuosamente para que deje incólume la parte de soberanía que la provincia no ha delegado a las autoridades nacionales porque así es conforme el artículo 104 de la Constitución Nacional”.

El 11 de diciembre, en una nueva nota dirigida a Saa, Coll decía:
“El infrascripto cree interpretar sus sentimientos suplicando a V.E. excuse en lo que sea conciliable con la dignidad de su rango, la ostentación de fuerzas militares que podrían prestarse a interpretaciones siniestras y que serán de todo punto de vista innecesarias desde que el pueblo está dispuesto a seguir respetuosamente la senda de la ley, en que espera entrará V.E. misma”.

El 16 de diciembre Saa llegó a Mendoza, paso intermedio para viajar luego a San Juan. Y tal como había prometido, lo acompañaba una pequeña escolta.
Allí se encontró con el gobernador Laureano Nazar, su pariente y amigo íntimo.
Y acá comienza a cambiar la historia. Porque Nazar odiaba a los sanjuaninos. Los consideraba unos anarquistas, siempre solidarios con los liberales mendocinos.

Coll pensó que las cosas se podían complicar en Mendoza pues desconfiaba de Nazar.
Hombre precavido, envió una comisión a esa provincia integrada por el presidente de la Cámara, Ruperto Godoy, que la presidiría, el ex juez Santiago Cortínez y el inspector de Minas Augusto Bravard.
La comisión quería ultimar los detalles del viaje de Saa. Llegó a Mendoza el 16 de diciembre.
Y acá comienza a oscurecerse el cielo.
Porque pasó una semana y Saa no recibió a los comisionados.
Estos, enojados, abandonaron la ciudad sin despedirse.
Sólo dejaron una nota dirigida a Saa:
“No hemos sido constituidos a las órdenes de V.E. como dependientes suyos o a su servicio”, afirmaron y expusieron los reparos del gobierno sanjuanino a la movilización de fuerzas sobre la provincia.
Saa se indignó y los hizo detener el día 27, cuando ya estaban a la altura de Jocolí.

A todo esto, Aberastain siempre fogoso, escribía a los comisionados, al coronel Paunero y hasta a Lafuente, en tono poco conciliador. A este le decía:
“¡Al fin nos entregaron ustedes a Nazar! ¡A los odios de la mazorca! Es cierto que ustedes intentaban una intervención armada. ¿Y la palabra de ustedes tan repetida, de que sólo los acompañaría una pequeña escolta?
¿Qué debemos pensar de la noticia de que el señor Saa ha llamado fuerzas de la provincia de San Luis y que en Mendoza se alistan otras para venir con ellas a San Juan?
¿De qué proviene este cambio tan súbito? ¿Cómo lo han consentido ustedes? Y ahora... ¿qué piensan hacer con nosotros? ¿Nos llevarán presos a Paraná? ¿Nos enjuiciarán aquí?”

Las cartas ya estaban echadas. Ya no valían las palabras.
Había que prepararse para la guerra.
El 29 de diciembre el gobernador interino Francisco Coll entregó el mando al gobernador electo, Antonino Aberastain.
Para los sanjuaninos ya no se trataba de una lucha entre unitarios y federales.
Lo que estaba en juego era la autonomía de la provincia.
Y todos se alinearon detrás del gobernador para resistir la intervención nacional.

A fines de diciembre, el presidente de la Confederación, Santiago Derqui, le escribió a Saa:
“Por la nota muy insolente de Coll y por la de Aberastain publicada aquí, se ve que están resueltos a resistir toda intervención nacional y que tendrá usted que ejercerla con la espada en la mano. Los medios de resistencia que le harán será la fuerza si se creen con la suficiente o la astucia para adormecer a usted y esperar del tiempo.
Debe usted pues prepararse para dejar bien puesto el honor de las armas nacionales en el primer caso y para no dejarse entretener por los expedientes moratorios que puedan adoptar con el fin de parar su acción.
Debe usted exigir una sumisión perentoria de grado o por la fuerza. Creo que el uso de esta última se hará indispensable. Tenga usted precaución. Fíjese que Aberastain y Sarmiento encuentran muy natural y legítimo matar lo que estorba. Para ellos no hay más que enterrar los muertos y negocio concluido”.

San Juan se prepara

El 29 de diciembre asumió Aberastain la gobernación de San Juan por un período de tres años.
El flamante mandatario eligió a un colega y hombre de temperamento tan fogoso como el suyo, como ministro: Santiago Cortínez, abogado de 30 años.
No era una buena mezcla la de Aberastain y Cortínez en un momento de tanta tensión.
Pero para equilibrar, designó a Valentín Videla, hombre de gran experiencia política, en el otro ministerio.
En su primer discurso, quedaron claros los objetivos inmediatos de Aberastain:
“Si no puedo ofreceros seguridad de acierto en mi administración, puedo si consagrar y consagraré, os lo juro, con la mismas fuerzas de mi juramento de ayer, todos mis esfuerzos, mi sangre, mi vida, al sostén de las libertades conquistadas el 16 de noviembre último; a la defensa de los derechos del pueblo de San Juan contra cualquier agresión; al mantenimiento de la dignidad de pueblo libre y democrático que corresponde a San Juan”.
De alguna forma, anunciaba su fin.

Todos los sectores de San Juan se abocaron a la defensa militar.
Aberastain y la Cámara declararon de utilidad pública toda clase de armas, pólvora, municiones y elementos necesarios, comprendido el ganado vacuno y caballar y autorizaron un empréstito de hasta 30 mil pesos para enfrentar los gastos.
El día 31 se declaró la provincia en estado de asamblea y se dispuso la formación de un regimiento de infantería con el nombre de Unión Nacional.
El 1 de enero se creó una brigada de artillería con las piezas existentes.
Finalmente se nombró comandante general de armas de la plaza al coronel Marcelino Quiroga, en reemplazo del coronel Francisco D. Diaz, benavidista disidente designado para ese cargo por Coll.

Aberastain lanzó un manifiesto en el que fundamentó la autonomía provincial dentro del concierto argentino:
“El gobernador de San Luis, desnudado el carácter de comisionado nacional, y el gobernador de Mendoza, procediendo ya ambos de propia autoridad, organizan fuerzas para invadir San Juan.
Este es puramente un acto de guerra civil, según el artículo 109 de la Constitución, que el gobierno federal debe sofocar y reprimir.
La distancia a que San Juan se halla del gobierno federal no le permite aguardar el resultado de sus reclamaciones. Es preciso que se ponga en guardia inmediatamente y que se prepare a resistir la fuerza con la fuerza, si los invasores no oyen la razón y se abstienen de pisar el suelo sagrado de la provincia”.

El 3 de enero, Aberastain delegó el mando en el presidente de la Cámara, Ruperto Godoy, para ponerse personalmente al frente de la movilización.

La batalla de la Rinconada

El 6 de enero de 1861 se supo en San Juan que las fuerzas de Saa y Nazer ya estaban en marcha para invadir la provincia.
Aberastain ordenó la concentración de las fuerzas y el día 7 dirige una proclama a las fuerzas que van a luchar:
“Por el artículo 29 de la Constitución Provincial, soy el jefe de las guardias nacionales de la provincia.
Todo ciudadano argentino es guardia nacional y está obligado a defender la patria.
La patria es el suelo en que nacimos, la familia, la libertad, la constitución, las leyes.
Todo está en peligro, ciudadanos. Y vengo a ponerme a vuestra cabeza para defenderlo.
El gobernador de San Luis ha querido complacer al de Mendoza haciendo una invasión armada contra la provincia, sin tener para ello razón ni mandato legal alguno.
¡Guardias nacionales de San Juan! Ya hemos salido al encuentro de los invasores.
¡Adelante! La muerte antes que el retroceso. La libertad es más cara que la vida.
El que se quede atrás, desertando de su puesto, será un infame, indigno de vivir entre nosotros”.

Así partieron los sanjuaninos a luchar en la Rinconada, aquella mañana de enero.
Con Aberastain a la cabeza, asistido por su cuñado Gabriel Brihuega, secundado por su ministro de Gobierno Santiago Cortínez, marchaban 1200 hombres, en su mayoría de infantería.
Aberastain delegó las funciones de comandante general y jefe del Estado Mayor en el coronel Santiago Albarracín, un veterano militar sanjuanino que había combatido con Lavalle, Alvarado y el general Paz y en noviembre de 1852 había promovido una revolución en San Juan para deponer a Benavides.
El mayor Rómulo Giuffra, un oficial italiano contratado en Chile, que llegó al país a la caída de Rosas, estaba al frente de un pequeño batallón de artillería que contaba con tres piezas de cañón.
Los coroneles Pablo Videla y Andrés Corsino Riveros y el comandante Serapio Ovejero tenían a sus mandos los regimientos de caballería. El coronel Eliseo Schieroni y el comandante Carlos Antonio Sarmiento, conducían los batallones de infantería.
Se agregaban varios mendocinos opositores al gobierno de Nazar como Arístides Villanueva, Francisco Civit y los coroneles Pablo Videla y José Hederra.

El clima en San Juan cuando marchaban hacia el sur las tropas era de entusiasmo delirante.
Para el pueblo, se iba a defender la libertad y la autonomía. No existían divisiones políticas.
Nadie se planteaba —ni había espacio para hacerlo— si Aberastain era una víctima de los acontecimientos o un demagogo que había creado una situación insostenible.
—¡Viva San Juan! ¡Viva la libertad!—, fue el grito unánime.
Y allí iban las tropas, mal armadas y pertrechadas, integrada en su mayoría por hombres sin experiencia militar, por jóvenes henchidos de patriotismo pero que nada sabían de hacer la guerra, por conductores fogosos e idealistas dispuestos —y tal vez decididos—, a morir.
Antonino Aberastain a los 50 años, daba a su vida una dimensión heroica. Y había logrado inflamar muchos corazones en una borrachera de patriotismo.

Desde Mendoza venían las fuerzas de Saa.
No eran niños de pecho los que la integraban.
En primer lugar, los hermanos del gobernador, los coroneles Francisco y Pelipe Saa.
Otros dos coroneles arrastraban larga fama: Angel Vicente Peñaloza —el Chacho— y Felipe Varela.
El coronel Carmen José Domínguez era el jefe del Estado mayor.
Se habían sumado algunos sanjuaninos opositores como Filomeno Valenzuela, Melchor de los Ríos y Pedro Viñas.
En total eran unos 1.500 hombres, en su mayoría profesionales de la guerra.

Pero... detengámonos en este punto un momento.
¿Cuál era la visión de la gente?
¿Se trataba de una lucha entre liberales y federales, los primeros con plaza fuerte en San Juan y los otros en Mendoza y San Luis?
¿Era otro capítulo de la vieja confrontación entre mendocinos y sanjuaninos?
Digamos que en San Juan, desde la muerte de Benavides el partido federal prácticamente había desaparecido.
Para los sanjuaninos se trataba lisa y llanamente de una invasión de las provincias vecinas.
Y eso es lo que daba sentido a la lucha.

Un día triste

No vamos a dar detalles de la batalla aunque existe una muy rica bibliografía.
Diremos, sí, que a las 8 de la mañana del 11 de enero, las fuerzas estuvieron a la vista una de otra.
Hay versiones contradictorias pero una de ellas afirma que Saa dio un ultimátum a Aberastain. La respuesta fue el rompimiento del fuego por parte de la artillería sanjuanina.
Eran las 10 de la mañana.
La acción en sí duró tres horas.
A las cinco de la tarde, todo era silencio.
El suelo estaba regado de sangre. “Allí pereció la flor y nata de la juventud sanjuanina”, según un historiador.

Es evidente que las pasiones no sustituyen la profesionalidad.
Y fueron más las expectativas que la realidad.
Cuando comenzaron a disparar los cañones, los animales de la caballería sanjuanina se espantaron.
Al piso fueron a dar varios de los integrantes del cuerpo que debieron transformarse en infantes.
Don Serapio Ovejero, uno de los jefes, optó por huir seguido de un grupo desordenado.
Otro de los jefes de Caballería, el coronel Pablo Videla, tirado por el caballo, se vio obligado a sumarse a la infantería.

“Los odios eran grandes y los federales mendocinos se encarnizaron con los vencidos, por liberales y por sanjuaninos”, dice el historiador José María Roza.
¿Cuántos murieron?
Nunca se sabrá.
Algunos hablan de 400 muertos. Otros reducen la cifra a la décima parte.
Más concreta es la cantidad de heridos: cien. Y la de prisioneros: 300, entre jefes, oficiales y tropa.

Un crimer sin sentido

Los relatos históricos hablan de que muchos sanjuaninos fueron ultimados a “lanza seca”. Se los perseguía y se los traspasaba con una lanza. Los historiadores puntanos desmienten esta afirmación: “es mentira que se lanceara a prisionero alguno”.
Aberastain, su edecán Gabriel Brihuega y otros jefes fueron tomados prisioneros y conducidos a un corral de cabras que había en las inmediaciones.
Allí pasaron esa noche, custodiados por las fuerzas puntanas y mendocinas.
Al día siguiente, fueron puestos bajo custodia del capitán Domingo Pio Flores y el oficial Eleuterio Mariño, las órdenes del comandante Francisco Clavero.

En la mañana del día 12 de enero, las fuerzas invasoras, con sus prisioneros comenzaron la marcha hacia San Juan.
La mayoría de los sanjuaninos venía descalzos.
El sol implacable de enero, el cansancio, las heridas en muchos hombres, las ropas hechas girones y las llagas en los pies, transformaron en un suplicio el triste regreso de la derrota.
Es en ese viaje que se produce un hecho que conmovería al país: el fusilamiento de Aberastain.

Con el fin de ser objetivos, vamos a recrear las dos situaciones posibles, de acuerdo a que las versiones tengan origen en San Juan o en San Luis.

La versión puntana
Antonino Aberastain sabía que había perdido.
Sólo le quedaba la muerte heroica.
Y por eso no dejaba de insultar a sus captores y de llamarles invasores y asesinos.
Además, intentaba sublevar a los prisioneros, desafiando a “estos cobardes” que los traían detenido.
En determinado momento, Aberastain se detiene.

—No puedo seguir. Tengo los pies destrozados. Denme un caballo o no doy un paso más.
Clavero no soportó más y a media mañana impartió la orden:
—Fusilenló.

La versión sanjuanina

Se basa en un relato del agente Thorton enviado a Russel. El Foreign Office dice que Aberastain “fue obligado a ir a pie, sin calzado ni calcetines, sobre un terreno muy escabroso y después de andar tres leguas pidió un caballo o que le mataran en el acto. El oficial que estaba a cargo resolvió hacer lo último.
La orden se cumplió inmediatamente. De un empujón hicieron arrodillar a Aberastain. Pretendieron vendarle los ojos.
—¡No! ¡Quiero ver entrar las balas en mi corazón!
Pero ni esa gracia se le concedió: cayó atravesado desde la espalda por las balas de los invasores.

En horas de la tarde el coronel Juan Saa, con sus tropas y sus prisioneros, llegaron a la ciudad.
Ya la noticia había corrido como reguero de pólvora:
—¡Mataron al gobernador! ¡Mataron a Aberastain!
San Juan estaba de duelo.
La gente corría a informarse sobre la suerte de sus seres más cercanos.
Pero no había hogar que no hubiera sufrido las consecuencias de la guerra.
Algunos perdieron a sus hijos. Otros los veían pasar con sus ropas deshechas, con sus heridas, con sus pies llagados, conducidos como reses por las tropas victoriosas.

A continuación sobrevino la ocupación por parte de Saa, en nombre del gobierno federal.
A los dos días de estar en San Juan, Saa repuso a la Legislatura que había funcionado con Virasoro y mandó reponer en sus empleos judiciales y civiles a los ciudadanos que hasta ese momento prestaban servicios.

El 31 de enero, una ley declaró “bárbaros y alevosos asesinatos los perpetrados el 16 de noviembre en la persona del gobernador de la provincia (Virasoro) y demás personas”. Todos los actos de gobierno de las administraciones de Coll y Aberastain fueron considerados nulos.
El 12 de febrero, la Legislatura sancionó una ley expresando el agradecimiento de la provincia “a las autoridades nacionales y a las provincias de Mendoza y San Luis por haberla rescatado de la anarquía que la devoraba.

Un títere en el gobierno

Un mes y medio estuvieron las tropas en San Juan.
En ese lapso el pintor mendocino Gregorio Torres, realizó el mejor retrato que existe del gobernador puntano, un óleo en tela.
El 19 de febrero, los diputados de la Legislatura, reunidos en asamblea con los doblantes, eligieron como gobernador interino al hombre que puso Saa: Filomeno Valenzuela, ex jefe de policía de Virasoro.

Lo que no sabía Saa cuando dejó la provincia es lo poco que duraría la “normalización” alcanzada.
No había llegado aun a San Luis el jefe federal cuando Valenzuela ya no estaba en el gobierno.
¡Fue todo tan ridículo!
El día 1 de marzo, don Filomeno llegó a caballo a la plaza mayor.
Descendió del animal y se dirigió al Cabildo, donde tenía su despacho.
De pronto, desde distintos escondites aparecieron unos cuarenta muchachones.
¡Pobre Filomeno!
Comenzaron a insultarlo, silbarlo, golpeaban latas, lo empujaban.
Se acercó la custodia del Cabildo y la corrieron a hondazos.
Valenzuela sólo atinó a correr y encerrarse en su despacho.

Acto seguido aparecieron los promotores del hecho: los dirigentes federales. teniente coronel Melchor de los Ríos y coronel Francisco Domingo Diaz.
Entraron al Cabildo y se dirigieron al despacho de Filomeno.
El hombre estaba en medio de una crisis de nervios.
De los Ríos y Diaz fueron muy concretos:
—Debe renunciar.
Le acercaron un papel y don Filomeno estampó su firma.
Acto seguido, lo tomaron de un brazo, lo condujeron a los saltos hasta la puerta y lo depositaron en la calle.
Era el 1 de marzo de 1861. El día que con latas, rechiflas y hondazos, cuarenta muchachos depusieron un gobernador.
Ese mismo día 1, el coronel Francisco Domingo Diaz asumió por segunda vez el mando de la provincia, esta vez como gobernador interino.


El marco nacional

La unidad nacional, a raiz del rechazo del acuerdo de San Nicolás por parte de Buenos Aires en 1852, estaba quebrada.

El pacto de San José de Flores, firmado el 11 de noviembre de 1859 intentó componer las relaciones.

En enero de 1860, una convención porteña significó otro paso importante en pos de la unidad. Buenos Aires renunciaba a la Aduana, que pasaba a ser de la Nación y la decisión sobre la futura capital de la república se difería a una ley del Congreso.

El 11 de mayo de ese año, Sarmiento, diputado a la convención de Buenos Aires expresaba: “Queremos unirnos, queremos volver a ser las Provincias Unidas del Río de la Plata”.

Derqui, presidente de la Confederación, preside desde Paraná. Mitre, gobernador del Estado de Buenos Aires, con representación diplomática en el extranjero, representa el otro poder.

El 8 de octubre de 1860, un decreto de Derqui designa a la nación Provincias Unidas del Río de la Plata, República Argentina o Confederación Argentina, indistintamente.

El 25 de octubre de 1860, la Convención de Santa Fe, culmina la reforma constitucional.

En medio de este clima favorable, se producen los hechos de San Juan: la muerte de Virasoro y la intervención de Saa, que atrasan lo avanzado en pos de la unidad nacional.

San Juan, nuevamente, en el centro del huracán nacional.


El marco provincial

El 24 de octubre de 1858, Nazario Benavides, gobernante sanjuanino durante casi cuatro lustros, fue asesinado en la celda del Cabildo, donde lo tenían preso.

El 16 de noviembre de 1860, el coronel José Antonio Virasoro, gobernador de San Juan, fue asesinado junto a amigos y miembros de su familia en su propia casa.

Los dos eran gobernadores federales. En ningún caso se castigó a los culpables.
El asesinato de Virasoro colmó el vaso. “Al día siguiente la gente se miraba una a otra y se agachaban, teniéndose miedo a si mismos. Los que dieron los primeros tiros a Virasoro, negaron que hubiesen ellos asistido y culpaban a otros. El remordimiento también empezó a hacer efecto y yo he visto a algunos hacer acciones de locos, según era el miedo que les entró”.

El relato de un testigo presencial pinta con elocuencia el clima que se vivía en San Juan.
En primer lugar, porque el asesinato fue una barbaridad.
Y en segundo término, porque eran previsibles las represalias, tanto del gobierno central como de las montoneras federales al mando del Chacho Peñaloza.

Dos días estuvo en el cargo el gobernador elegido por una asamblea ante la acefalía producida. Pedro Nolasco Cobo convocó a la población para el día 17 de noviembre.
—Al que no quiera venir, me lo traen a la fuerza— fue la orden de Cobo a las patrullas.
Así fue como la mayoría de los 319 presentes eligió a Francisco T. Coll, de 43 años, gobernador interino de San Juan. Y este nombró al doctor Antonino Aberastain y a Valentín Videla como sus ministros.

La composición del gobierno dejaba a las claras que Coll procuraba sortear una acción punitiva nacional. El gobernador era liberal, Aberastain, hombre de Sarmiento y Mitre, Videla, del bando beato o pelucón, que evolucionó hacia el sector federal y amigo de Benavides. Jefe de Policía fue designado el ex gobernador, coronel Francisco D. Diaz, federal benavidista disidente.




Juan Saa

Tenía 43 años y era miembro de una familia
Juan Saa
tradicional de San Luis. Gobernador de su provincia desde el 29 de febrero de 1860, se perfilaba como uno de los jefes federales de mayor gravitación y porvenir cuando se produjeron los hechos de San Juan.

El apellido Saa, desde aquellos años es en San Luis sinónimo de lo más caracterizado de la provincia.









Antonino Aberastain

Antonino Aberastain
Tenía 50 años. Se recibió de abogado en la Universidad de Buenos Aires.
Caso poco usual para la época, hablaba siete idiomas. Vuelto a San Juan ocupó un cargo de juez de alzada.
Emigró luego a Salta, donde fue ministro. En Chile fue minero durante doce años.

El gobierno de Urquiza le ofreció el cargo de ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación pero Aberastain no aceptó. Poco antes había renunciado como diputado ante el Congreso Nacional de Tucumán.

Hombre alto, robusto, fogoso, ardiente defensor de sus ideales, gran amigo de Sarmiento, Aberastain era un apasionado al que no debe analizarselo por su actuación política o por el desempeño de cargos. Para la historia, es un símbolo por su sacrificio en Pocito.




El debate entre Urquiza y Mitre

Las cosas andaban mal en la cumbre.

Urquiza escribía a Mitre, gobernador de Buenos Aires:

“En San Juan no ha habido revolución. Una banda numerosa encabezada por un chileno violó el domicilio privado e indefenso del gobernador (Virasoro), sacrificándolo bárbaramente en el hogar, en brazos de un niñito de cuatro años. Esos desgraciados no han muerto peleando como hombres. Han muerto despedazados por fieras desenfrenadas, a quienes no han podido oponer sino una débil resistencia, la resistencia desesperada del valiente que es amenazado de una muerte segura.

Y agregaba: “Rechazaba a Virasoro como gobernador de San Juan, aunque estimaba en él otras cualidades como militar, como rechacé a Aberastain cuando usted me lo indicó como sucesor, diciéndole que era un hombre exagerado en sus pasiones políticas y que fue el principal instigador en el asesinato de Benavides.

Para Urquiza, “es la impunidad del asesinato de Benavides la que ha traído este horrendo nuevo crimen y la impunidad de este haría perder toda fe en los hombres y las cosas de nuestro país.”

Urquiza estaba convencido que en San Juan “ha habido un cobarde asesinato de sus autoridades; los asesinos han encabezado luego un movimiento para darse autoridades. Esas autoridades nacidas del crimen son ilegítimas. La autoridad nacional es la única que tiene juridicción en una provincia acéfala por el crimen para reponer las instituciones y, entre ellas, la de la justicia, a la que deben ser entregados los culpables”.

En una palabra: sólo si se procuraba el castigo de los culpables, triunfarían en San Juan las instituciones.

Mitre por su parte, le contestaba a Urquiza: “Usted me decía que conocía bien al coronel Virasoro, Me decía en San José que era un hombre con instintos de tigre, que no podía mandar pueblos sin cometer actos violentos y provocar resistencias. Y me agregaba que la provincia de San Juan era un pueblo desgraciado que no había participado de la libertad conquistada en Caseros.

Virasoro ha caído sin partido ni dentro ni fuera de San Juan.

Nada haremos con maldecir asesinos ni calificar a los autores del hecho con más o menos severidad. Ni con deplorar los males que tales sucesos han causado. El deber del hombre de estado, del patriota, del hombre práctico, es encarar los hechos como son en sí, buscarles el remedio, evitar mayores males y proceder con la moralidad y la firmeza de siempre y con el tacto que requieren las circunstancias, sacrificando muchas veces si se quiere, los impulsos del corazón que, aunque generosos, nos llevarían a agravar el mal y a producir errores peores que los que se condenan”.

El 5 de enero de 1861 Mitre escribía a Urquiza: “Una intervención a mano armada en los asuntos de San Juan, no puede tener por objeto sino establecer ese orden de cosas tan odioso como inmoral, tan violento como ilegal. Y yo y la Nación entera maldecirá una intervención semejante, que aparte de que promueve a sabiendas la guerra civil, va directamente contra la Constitución y contra la equidad. Porque todo el mundo sabe lo que importa una intervención realizada por tropas indisciplinadas en el saqueo y la imposición brutal de la fuerza¨.

Y agregaba Mitre: “Los coroneles Conesa y Paunero, que llegan en este momento, me informan que el gobernador Saa, de acuerdo con el de Mendoza, han resuelto hacer uso de la fuerza para someter al pueblo de San Juan, cuando este se había sometido a la comisión del gobierno nacional y cuando la cuestión prometía resolverse pacíficamente.

Así pues la guerra civil se promueve porque se quiere promoverla a todo trance, aun antes de hacer uso de los medios pacíficos y esto me autoriza a creer que no se va buscando castigar crímenes sino castigar y sofocar una revolución legítima en sus fines, para vencer en ella a un partido político, por más que esa revolución sea en realidad la obra de todos los partidos que encierra la provincia de San Juan”.
Justo José de Urquiza
Bartolomé Mitre




Repercusiones nacionales

Los sucesos de la Rinconada tuvieron gran repercusión nacional.

Otra vez San Juan era el centro de la escena política.

El asesinato del gobernador Aberastain conmovió a la república y fue condenado unánimemente.

Urquiza escribi ó al presidente Santiago Derqui: “Es un crimen inútil que condeno con toda la energía de mi alma”.

Mitre también le escribió a Derqui: “La muerte de Virasoro, calificada de antemano de asesinato, ha sido vengada asesinando a todo un pueblo. La historia ha de relatar un día con horror y con asombro los detalles de doloroso sacrificio de San Juan”.

Sarmiento renunció como ministro porteño porque descubría en Derqui “el aturdimiento del estúpido, abrumado por su propia obra”.

Derqui por su parte, en una gran muestra de cinismo, escribió a Saa: “La fusilación de Aberastain hecha por Clavero 24 horas después de prisionero, es una locura que nos compromete muy seriamente por haberse hecho sin previo juicio ni sentencia legal, cualquiera que fuese el crimen que hubiera cometido”.

Mitre no perdió oportunidad de escribir nuevamente a Derqui: “¿Qué hace usted con el triunfo sangriento de su comisionado contra el pueblo de San Juan? ¿Qué hace usted con San Juan derrotado, esclavizado y escarnecido por puntanos y mendocinos?”
Dentro de todo lo doloroso, alguna enseñanza debía quedar. Lo dijo Mitre: “El artículo sexto de la Constitución Nacional (autonomías provinciales) había sido ilustrado desde la tumba por las víctimas de Pocito”.


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Antonino Aberastain: El mártir de La Rinconada
Próceres sanjuaninos: Dr. Antonino Aberastain
La Rinconada (canción épica)


El 7 de marzo de 1854 el Congreso General Constituyente reunido en Santa Fe se disuelve tras la organización de la República y la sanción de la Constitución de 1853.
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