Miércoles, 21 de Octubre de 2020      

Homenaje al doctor Guillermo Rawson

El siguiente artículo fue publicado el 25 de junio de 2019, en ámbito.com y cuya autoría es de José Narosky

Guillermo Colesbery Rawson. (Fuente: ambito.com)
“Hombres que volaron alto dejaron huellas muy profundas”.

Año 1844. Una insólita reunión de profesores se realizaba en el rectorado de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires.

Se había resuelto tratar un solo tema, que aludía a un joven de 23 años, sanjuanino, al que le faltaba un sólo examen final para recibirse de médico. Se llamaba Guillermo Rawson (N. 25/06/1821 – M 02/02/1890).

¿Por qué la reunión? ¿Y porque utilizo la palabra insólita?

Porque los profesores de esa facultad deseaban homenajear a un joven estudiante casi médico, otorgándole una singular excepción. Darle por aprobado el citado examen final sin rendirlo, dado su brillantísima carrera, hecha de muy altas notas y de una conducta intachable.

No se aprobó la moción, por supuesto, porque los reglamentos no lo permitían. Pero no pudieron impedir que los profesores, incluso de otras materias, asistiesen a su examen y además hubiesen tendido una mesa para un agasajo posterior al examen, en un aula vacía contigua al lugar dónde le tomarían el último examen de su carrera.

Varios de esos profesores, una vez rendido el examen y por ende, con Rawson ya graduado -había aprobado con sobresaliente como en casi todas las materias-, hicieron uso de la palabra en el modesto banquete, para felicitarlo públicamente.

El padre del flamante profesional, un médico norteamericano radicado en San Juan, le inculcó más aún que la vocación médica, los principios de honor y de dignidad que su hijo asimiló plenamente.

Es muy rica en logros la vida de Guillermo Rawson. Médico, como ya se ha dicho, Profesor Universitario, Senador, Ministro del Interior durante la Presidencia de Mitre.

El país le debe, como artífice casi único, la fundación de la Cruz Roja Argentina. También la introducción del sistema métrico decimal en nuestro país.

Como ministro del interior, se preocupó por la radicación de población inmigratoria en la Patagonia, a la que viajaba permanentemente, sacrificando su tiempo y hasta su salud en esos interminables viajes.

No olvidemos que no era fácil transitar por el Sur del país, dado que transcurría recién el siglo XIX.

Rawson también creó la cátedra de higiene en la Universidad de Buenos Aires, aprovechando su experiencia en la lucha contra la epidemia de fiebre amarilla.

Él vivía muy modestamente del pequeño sueldo que recibía por la cátedra de higiene en la facultad. Cátedra que él mismo había creado.

Considero útil, decir que ganaba 152 pesos por mes. La misma cifra que percibía un modesto empleado de oficina.

Además, una gradual invalidez lo iba venciendo. Se jubiló entonces. El Congreso enterado meses después, le votó por unanimidad un subsidio de 400 pesos mensuales, que tampoco era una cifra importante.

Lo convencieron con esfuerzo. Lo aceptó, pero puso como condición que la mitad de esa suma –200 pesos- se destinase a un premio estímulo para investigadores.

Después se supo que vivía realmente en la total miseria económica. Es que siempre, entre los caídos, se descubren hombres muy erguidos. Porque si bien muchos hombres tienen precio, algunos mantienen la dignidad a cualquier precio. Porque los grandes espíritus necesitan pocas cosas. Y de esas cosas necesitan poco.

En febrero de 1890, moría Guillermo Rawson, tenía 68 años.

El Dr. Estanislao Zeballos, que fue el primer Decano de la Facultad de Derecho y que, caso inusual –fue Ministro de Relaciones Exteriores, de 3 Presidentes Argentinos: Juárez Celman, Carlos Pellegrini y Figueroa Alcorta, habló en el acto del sepelio:

-“Este ser humano que despedimos hoy –expresó Cevallos- fue un modelo de hombre, como médico y como funcionario. Vivió modestamente, sirvió a su país desde muy altas funciones públicas, retirándose materialmente pobre. Y murió más pobre aún, pero espiritualmente muy rico”.

Y agrego, que la riqueza espiritual no sufre bancarrotas.

Y un aforismo final para este ser humano tan valioso como modesto, que nos enorgullece como argentinos y como hombres y del que un importante hospital metropolitano llevó su nombre por muchos años y hoy es un Hogar de Ancianos del Gobierno de la Ciudad.

“El hombre verdaderamente grande, nunca se siente grande”.

Por José Narosky


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