Miércoles, 27 de Mayo de 2020      

La revolución de Calingasta

Artículo extraído del libro “Cosas de San Juan” de Fernando Mó y publicado en El Nuevo Diario el 25 de marzo de 1994, en la edición 649

Por:
Fernando Mó

Los protagonistas de la odisea al llegar a Mendoza, donde los recibieron numerosos periodistas y gran cantidad de personas colmándolos de atenciones; la estada fue propicia pues, el gobierno mendocino no tenía buenas relaciones con el gobierno de San Juan
Corría el año 1933, la violencia presidía la política; el terror se entronizaba. Todavía no llegaban Ismael F. Galíndez, Juan Maurín, Pedro Valenzuela, Ruperto Godoy y Leopoldo Bravo, que hicieron germinar la semilla de la pacificación.

Un distinguido facultativo valiente y carismático, doctor Rogelio Driollet, lanzaba por el Diario Tribuna afrentas estigmáticas como la siguiente: “Ninguna intervención federal ha puesto nunca remedio a los padecimientos de San Juan, por el contrario, ‘la langosta federal’ siempre consolidó el cantonismo... Un régimen que rinde culto a la fuerza, sólo por la fuerza podrá ser abatido... Cuando el pueblo de San Juan vea a Cantoni en el suelo, se le irá encima y destrozará el ídolo”. A su vez los bloquistas cerraban todas las puertas de la concordia. Mientras tanto, empezaba a considerarse la posibilidad de una revolución, gestándose lentamente, en medio de pasiones desbordantes y crueles.

La vida en esas condiciones valía muy poco ya que unos y otros agudizaban la violencia.

Los diarios, "La Reforma" (bloquista) y Tribuna” (demócrata) atronaban el ambiente con las diatribas más ásperas e injuriosas. También, se publicaba un semanario “La Montaña", órgano de la juventud bloquista que, a pesar de su ubicación política, fustigaba el gobierno del doctor Federico Cantoni.

A este semanario lo redactaban tres jóvenes valientes y decididos: Eusebio Dojorti (director, todavía no era Buenaventura Luna), Juan José Montilla y Carlos Miscovich Salinas, quienes serán protagonistas, en buena medida, de esta nota.


Los periodistas referidos, fustigaban el oficialismo por el exceso de empleados públicos elegidos únicamente entre sus principales amigos; las obras públicas sin respaldo presupuestario; regímenes impositivos insoportables; persecuciones políticas; etc. etc.

En todas las oportunidades aparecía la crítica fundada en los impuestos exhorbitantes que agotaban las reservas impositivas del pueblo, especialmente, en materia de uva y vino, fuentes de recursos casi únicas de la provincia; los sanjuaninos estaban pauperizados, sumidos en una suerte de angustia que desbordaban todos los moldes que no se merecían. Gobernaba el doctor Federico Cantoni y la idea de un golpe de estado provincial crecía en medio del extravío de los gobernantes.

El enfrentamiento de los jóvenes cantonistas fue tan eficaz que al gobierno no le quedaba otro recurso, en el decir de Cantoni, que contraatacarlos con extrema dureza aún atropellando las leyes vigentes.

En estas circunstancias se apresó a los ciudadanos que dirigían “La Montaña”, sin intervención judicial, precisamente el día antes que el semanario se iba a convertir en diario, costeado por los grupos pensantes de la provincia y varios partidos opositores que militaban penosamente.

Cantoni secuestró a Dojorti, alojándolo en los sótanos de “La Reforma". Hizo lo mismo con Montilla y Miscovich Salinas, quienes fueron engrillados en la comisaría de Trinidad. Igualmente ocurrió con el ingeniero Enrique Haagendal que se había plegado a la patriada de la protesta.

Luego, los secuestrados fueron reunidos en la jefatura policial de Pocito donde permanecieron hasta el 24 de mayo de 1933 para ser enviados a Calingasta, distrito de Tamberías, todo sin que los parientes y amigos tuvieran la más mínima noticia de la suerte corrida por ellos.

Al llegar a la jefatura de Tamberías los llevaron atados y engrillados unos con otros, a la caballeriza de la comisaría. El lugar estaba techado parcialmente, sin ningún reparo, cuando el invierno lugareño ofrecía casi todas las noches temperaturas cercanas a los 12 grados bajo cero. Les suministraban alimentos casi incomibles compuestos por tumbas de carne de ovejas, privándolos del pan; se les daba cantidades mínimas, sólo para que no murieran de hambre. Así estuvieron del 24 de mayo al 31 de julio de 1933. Aunque fuertemente custodiados, tuvieron la suerte que uno de los guardianes, aventurero y mercenario, que se desempeñaba como sargento, llamado el gaucho Rodolfo Flores, había sido mozo de mano del padre de Dojorti, dándose a conocer a los secuestrados empezaron a conversar pidiéndole ayuda tras ofrecerle dinero para cuando consiguieran la libertad. Flores respondió favorablemente haciendo llegar noticias de modo subrepticio a los familiares de los detenidos. También les presentó al soldado Eusebio Ibazeta quien teniendo conocimiento de cerrajería pudo abrir los candados y los grilletes que sujetaban a los periodistas.



La fuga

Contando con el gaucho Flores, Ibazeta y otros milicianos, los jóvenes planearon su fuga pero, para ello tenían que tomar la policía y esperar un camión cargado con fardos de pasto que los amigos de San Juan les mandarían sigilosamente.
La noche del 31 de julio de 1933 dieron el golpe con dos o tres armas que habían conseguido arrebatar al carcelero de tumo, al que dejaron atado y amordazado a la caballeriza.
Luego atacaron a los demás agentes policiales que estaban semidormidos, caldeando su cuerpo con brasas en una de las habitaciones de la policía; la habitación tenía dos puertas, una que fue tomada por Dojorti y Miscovich Salinas, y la otra por Montilla y Haagendal, obligándolos a rendirse. Uno de los policías quiso reaccionar echando mano a su revólver apuntando a Dojorti, empero, Montilla que estaba al lado le disparó un tiro hiriéndolo en la nariz, sin mayores consecuencias. Esta actitud hizo que los guardianes tomaran conciencia de la decisión de los jóvenes. Luego apresaron a los “milicos” con la ayuda del gaucho Flores y del soldado Ibazeta.

Mientras tanto, el camión con fardos de pasto había sido interceptado, no pudiendo llegar para recoger a los secuestrados y llevarlos a Mendoza.

Ante esta situación de tanto peligro, resolvieron esa misma noche, esconderse en las quebradas montañosas de Tamberías.


Finca “La puntilla": el capitán Eleodoro Martínez
Los prófugos anduvieron perdidos durante dos días hasta que el 2 de agosto cuando comenzaba a oscurecer llegaron a la finca “La puntilla” de propiedad del capitán Martínez, militar retirado, quien conociendo algunos detalles de la odisea de los periodistas, los recibió generosamente, brindándoles comida y albergue.

Esa noche Martínez conversó con Dojorti acordando que los perseguidos debían volver enseguida a la montaña, esta vez con alimentos y agua. Pero, debían regresar a “La puntilla” durante la noche del día 5 de agosto donde los esperarían con mulas y caballos para llevarlos a Yalguaraz, límite con Mendoza. Los acompañaría Juanito Astudillo, maestro de escuela, culto y valiente, baqueano de la cordillera, quien decidió hacerse de la partida.

Nos ha informado el ingeniero Alberto Olivera (conocedor de la zona) que Yalguaraz, que algunos escriben de otro modo, es el nombre de los ejemplares que constituyeron una especie del género de los cánidos (perros y lobos), ocupantes del lugar desde tiempo inmemorial; eran verdaderos depredadores de animales pequeños, corderos, ovejas, cabras, etc. La citada especie ha desaparecido totalmente a fines del siglo pasado por la acción mortífera de las persecuciones de los cazadores. No obstante, lograron dar su nombre a la región donde existieron.

Miscovich Salinas, enfermo y sin fuerzas decidió, con mucha pena, separarse del grupo, escondiéndose en un puesto de cabras de un ciudadano chileno. Pasados unos días en el puesto mencionado logró comunicarse con los señores Pío Cristino Gallardo y Florindo Gallardo quienes acudieron a su llamado, preparando la posibilidad que Miscovich Salinas llegara a Barreal; su estado físico era deplorable.

Don Pío Cristino dice en su interesante libro sobre Calingasta: "Encontré a Miscovich Salinas en un estado desastroso, sus ropas tenían mugre sebienta de más de un milímetro de espesor, con un olor impresionante, todo como consecuencia de una larga estada en varias comisarías, donde permaneció engrillado con sus compañeros, sin que los liberaran de los grillos, nada más para hacer sus necesidades orgánicas según me lo contaron después los agentes que los custodiaban. Conocí los grilletes con que se los aseguraba a una cadena común con un candado”.
Mientras tanto, los compañeros de Miscovich, llegaron a la frontera mendocina (Yalguaraz) donde los esperaban un comisario de apellido Horte y un representante del diario “La Libertad” quienes teniendo noticias de la situación, los acompañaron hasta Uspallata para llegar a Mendoza pasados dos días. En la capital mendocina los recibieron numerosos periodistas y gran cantidad de personas colmándolos de atenciones; la estada fue propicia pues, el gobierno mendocino no tenía buenas relaciones con el gobierno de San Juan.

Miscovich Salinas después de estar varias semanas en Barreal, pudo viajar a la ciudad de San Juan, siempre ayudado por don Pío Cristino Gallardo, donde permaneció escondido hasta que los cambios políticos le permitieron salir de la provincia para dirigirse a La Plata donde residía su familia.
Varios años después, volvió a San Juan llamado por el gobernador Américo García quien le confió el Ministerio de Hacienda. Pasado dos años, regresó a La Plata donde murió el 11 de setiembre de 1985.

Los hechos históricos relatados no gozaron, al principio, de gran relevancia entre los extraños, porque fueron considerados como rencillas crueles entre correligionarios políticos.
Sin embargo, tales sucesos tuvieron eco en toda la República, constituyendo un importante antecedente de la revolución contra Cantoni del 21 de febrero de 1934 y de la intervención Federal presidida por el almirante Ismael F. Galíndez.
Además, puede afirmarse que los acontecimientos tuvieron características tan vigorosas que consiguieron, por sí solos, que la opinión pública les otorgara la calidad de un hecho doloroso que dio en llamarse “La Revolución de Calingasta”.

Nota: Agradecemos las referencias facilitadas por la señora Amalia Largacha de Montilla que sobrevive aún a su esposo, Juan José Montilla.



El 27 de mayo de 1895 el escritor británico Oscar Wilde es condenado a dos años de cárcel con trabajos forzados al ser considerado culpable de practicar la homosexualidad.
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