Sábado, 27 de Febrero de 2021      

Leopoldo Bravo - segunda parte – El caudillo en la intimidad: Estos dias de otoño

Como parte de los recuerdos de estos 20 años de El Nuevo Diario, publicamos como un homenaje a Leopoldo Bravo, la primera “Semana Política” de nuestro semanario. Las líneas que usted va a leer se publicaron en el Número 1 de El Nuevo Diario el 16 de mayo de 1986, seis meses después de la derrota electoral bloquista de 1985 y un año antes de que el partido volviera a triunfar electoralmente.

Por:
Juan Carlos Bataller


Ilustración de Leopoldo Bravo.
Hace muchos años —salvo deshonrosas excepciones— los monarcas y el poder eran la misma cosa. Hoy, por largas y complicadas razones, el reino (o sus atributos) y el poder ya no suelen residir en la misma persona. A veces, ni siquiera en las mismas instituciones. ¿Qué pasa en San Juan, en ese sentido? Este análisis es una aproximación al tema; un intento para descubrir la simultaneidad del reino y el poder en nuestra provincia y, también una hipótesis sobre la realidad de un protagonista insoslayable.
Sin juicios de valor —como debe ser—, lo que se busca es descubrir los primeros velos de un momento político que, como es natural, sólo la historia terminará por desnudar.

Los domingos en la mañana se lo suele ver caminando, con aire pensativo, por las calles de San Juan. Algunos lo saludan desde un auto que pasa y otros hasta se le acercan para estrecharle la mano. El viejo caudillo les regala una sonrisa, los escucha distraidamente y sigue su camino.
¿Qué piensa en estos días Leopoldo Bravo? Quienes dicen conocerlo confiesan en voz baja que se lo ve cansado y deja traslucir cierta decepción. Una decepción que no pasa precisamente por un resultado electoral o el abandono del poder. “Don Leopoldo —dicen sus amigos— está decepcionado de la mentalidad sanjuanina”.
Recuerdan sus más íntimos que en aquellos días de enero de 1982, cuando vino a San Juan para hacerse cargo de la gobernación, comentó con algunos de sus colaboradores: “Este cargo lo asumo como un sacrificio que hago por el pais. El mayor premio para mi habría sido continuar viviendo en Europa, como embajador en Roma o Paris”.
Pero el caudillo vino. Y le tocó bailar con la más fea. Algunos dicen que se equivocó en los cálculos: “Bravo pensaba que había proceso para rato y que un transito temporario por la gobernación podía catapultarlo a los primero planos de la escena nacional”, dicen. Puede ser cierto, pero de todas formas es una verdad a medias. Lo real es que a fines de diciembre de 1981 el jefe bloquista ni siquiera pensaba en venir a San Juan. Es más —sostienen quienes lo trataban en aquellos días— sus objetivos apuntaban a un cargo mucho más alto: la secretaría general de las Naciones Unidas. Un puesto que, se sabía, caería sobre una cabeza sudamericana. Alejandro Orfila, uno de los candidatos, estaba muy cuestionado. Y quien aspiraba a sentarse en el preciado sillón debía, entre otras cosas, contar con el visto bueno tanto de los americanos del norte como de la Unión Soviética. ¿Y por qué no podía ser Bravo ese hombre? Muchos años como embajador en la URSS le habían proporcionado los contactos suficientes para alcanzar esa adhesión, algo que nunca lograría —ni logró— Orfila, por ejemplo, sospechoso de ser más norteamericano que latino. Y precisamente Orfila, viejo amigo de Bravo, ante el fracaso de su postulación podría transferirle el aval de la gente del norte.
Pero quizá fue porque la oportunidad se presentó inesperadamente, porque fallaron contactos o porque en aquellos días enloquecidos de cambios de gobierno, planificación del operativo Malvinas, descontento popular, las autoridades militares estaban en otra cosa y no le brindaron el apoyo como país que necesitaba, el asalto a la secretaría general de la ONU quedó en la nada y el peruano Pérez de Cuellar se quedó con el cargo.
Doña Enoe con Ivelise: La foto fue tomada durante la primera gobernación de Leopoldo Bravo y en ella aparece su madre, doña Enoe Bravo acompañada por Ivelise, recibiendo un ramo de flores durante un acto oficial.

Mientras tanto, en San Juan el bloquismo sumaba problemas en su gestión de gobierno. Rodríguez Castro estaba enfrentado con algunos hombres del partido, y había dejado de merecer la confianza de Federico Bravo que, todos lo sabían, era la otra punta del teléfono en la línea Roma - San Juan.
Así, presionado por el gobierno militar para que aceptara la gobernación, preocupado por sus correligionarios que no se las ingeniaban para conducir solos la provincia y —algunos lo sospechaban— seducido por la posibilidad de que “algo ocurriera en el país
—¿Malvinas?— que rompa todos los esquemas políticos y sobre lo que se pueda constituir un nuevo poder donde confluyan las Fuerzas Armadas y los pricipales partidos”, Bravo preparó las valijas, se vino a San Juan y se sentó en el sillón de Sarmiento.
Con Malvinas muchos proyectos murieron. Y el caudillo tuvo que vérselas, al frente de la provincia, con problemas económicos y representando a un proceso repudiado por el pueblo y derrotado militarmente en una guerra. Para muchos era el fin de Bravo. La culminación de una larga carrera política.

El veterano caudillo advirtió a tiempo la rémora que significaba para el bloquismo su complicación con el Proceso. Visionario, supo que sólo él podía intentar algo
—pero nunca desde el poder— para afrontar las elecciones. Federico estaba de acuerdo; había que renunciar. Y lo hizo.
Don Leopoldo y su hermano partían de una base: el partido debía concretar una alianza. La primera posibilidad —la más obvia— era con el peronismo de Eloy Camus. Aunque nunca hubiera sido estrecho colaborador de Federico Cantoni, el viejo profesor era quizá el único dirigente del momento que había aprendido ese antiguo apotegma del oficio: “En amor, como en política: nunca jamás, nunca siempre”.
Primera espada en las pedanas de comité, don Eloy comprendió que esa era una auténtica —y largamente acariciada— posibilidad histórica: la unificación del peronismo y el bloquismo, dos fuerzas populares cuyas declaraciones de principios y plataformas eran perfectamente compatibles.
En motoneta: Leopoldo joven en una motoneta en los años 50

Pero la interna justicialista malogró la historia. Y lo lamentable es que esa interna, a su vez, se malogró por anécdotas menores. Con lo que se cumple la profesía: la historia es una sucesión de anécdotas.
Como quiera que sea, no se agotaban las posibilidades para el veterano caudillo y Bravo siguió probando alianzas. Cruzada Renovadora, MID y hasta la UCR.
Cualquier desprevenido hubiera apostado en ese momento que a“Don Polo” se le terminó la suerte. Porque hay iniciados que juran y perjuran que eso, la suerte, —es un componente “sine-qua-non” para un triunfador político. Ciencia o mito, lo cierto es que hay acontecimientos que no se explican con “la razón pura”, como hubiera querido Kant. En politica —y allí está la belleza, para muchos— los cientificos suelen quedar desconcertados; como quedan los médicos cuando su propio hijo sana de las verrugas por “la palabra” de alguna vieja huaqueña de negro rebozo pobre y antiguo credo cristiano.
El matrimonio y los hijos: Leopoldo e Ivelise aparecen en estas dos fotos tomadas en épocas distintas acompañados por sus hijos. En la primera, tomada en 1965, aparecen los cuatro mayores. La otra es de 1972 y ya están los seis chicos: Leopoldo Alfredo, Juan Domingo, Federico, Fernando, María del Valle y Alejandro Quinto.

Pero ya se vio que la suerte —o la pericia— siguieron en manos de Bravo. El “diestro” no abandona el ruedo, “por más fiero que sea el toro. El veterano dirigente se plantó en la arena dispuesto a no menearle el cuerpo a las elecciones. Si el destino quería que estuviera solo, solo estaría. La topada era a todo o nada.
De vida o muerte. Cubierto de banderillas, el toro eleccionario arremetía dispuesto a llevarse en sus astas para siempre al bloquismo. El torero bravo lo esperó con la espada ... y se la clavó en la cruz. El pobre rumiante murió sorprendido, y por eso su sorpresa fue corta. La que no parecía terminar nunca fue la de los espectadores. Boquiabiertos, no podían creer cuando la oreja derecha fue arrojada a la tribuna justicialista; la izquierda, se la tiraron a los radicales.

El triunfo bloquista en octubre del ‘83 fue suficientemente categórico como para que Bravo entreviera la posibilidad de poner en marcha un proyecto. Dicen, quienes se jactan de íntimos, que “don Leopoldo pensó que San Juan necesitaba un nuevo pacto entre los que mandan para reasegurar el mismo orden”. Es posible que digan la verdad, pero lo que no explican los camarlengos es por qué Bravo, de rancia estirpe política, privilegió otros grupos de poder, a expensas de los partidos políticos.
Aquí se bifurcan los caminos. Como en el jardín borgiano, la verdad podría ser insólita. Tanto, que tal vez no la conozcan ni los propios protagonistas.
Como quiera que sea —y sin la soberbia que supone conocer la salida del laberinto—, un razonable curso de explicación puede encontrarse en la experiencia europea de Leopoldo Bravo. El ex embajador pudo comprobar cómo allá los factores de poder y los partidos políticos saben anudar intereses para asegurar el orden establecido. No se trata, naturalmente de genialidades instantáneas. Y tal vez ni siquiera de genialidades, porque el engranaje no lo monta esta generación sino una realidad histórica que pesa con el peso de un sedimento varias veces secular. Y entonces no hay sobresaltos. No hay accidentes que puedan quebrar la marcha de las naciones hacia la consecución de sus legítimos intereses.
Padrino de casamiento: Leopoldo Bravo ingresa a la iglesia del brazo de su hija María del Valle el día que ésta contrajo matrimonio.

Pero no es lo mismo en estas latitudes americanas. Los factores de poder y los partidos políticos transitan distintas veredas. Aquellos, porque se quedaron sin partidos (si es que alguna vez necesitaron tenerlos); éstos, porque nunca alcanzaron el poder verdadero. Nacidos en medio de una época de traumáticas transiciones, casi todos los partidos políticos parecen haber quedado prendidos a un romanticismo que embriagó a toda una generación (y a más de una) y, en lugar de alcanzar el poder, siguen corriendo conmovedoramente tras las utopías. No hay nada malo en eso, naturalmente, porque sería muy triste el destino de este género humano si no existieran las utopías. Lo malo es confundirlas con las quimeras y correr alegremente el camino de la historia sin que importe en lo más mínimo la realidad.

Y esa realidad, en esta hipótesis, podría haber sido el objetivo de este insoslayable protagonista de la historia más inmediata de San Juan. Para disecarla, es necesario calzarse los guantes, colocarse un barbijo, echar mano al bisturí, los separadores y las pinzas e internarse en este cuerpo político provinciano, sin preconceptos y sin prejuicios respecto al paciente.
Entonces, tal vez pueda encontrarse este proyecto bravista y extraerlo con cuidado, reconociendo de antemano que la biopsia que algún día realizará la historia bien podría desvirtuar el diagnóstico de hoy.
Pero ese es el riesgo. Y si el intento es honesto, bien valió la pena.


De todos modos —metáforas aparte—, el proyecto de imbricar los factores de poder con la política no parece haber cristalizado. Al menos por ahora. Noviembre del ‘85 fue un testimonio contundente de que aquellos factores no entendieron el guiño. No entendieron o no quisieron entender. Porque si en Europa el poder real se mimetiza con el político, en nuestros pagos semenjante connubio puede resultar peligroso. Y no es para menos. Acá la sorpresa está a la vuelta de la esquina. Acá lo único seguro es lo fortuito: o golpes de estado o elecciones —con candidatos— impensables.
¿Para qué querrían, entonces, los factores de poder ese maritaje político? ¿Cómo estar seguros con un consorte tan romántico? El desastre de noviembre, sin embargo, no se explica solamente con el fracaso de esa alianza entre partidos y factores de poder. Bravo no fue, en esa derrota, solamente el incomprendido; también fue el culpable. Porque por acción u omisión, directa o indirectamente, a él recargaron la responsabilidad de los errores.
Sin agotar un completo inventario de las “facturas” que la opinión pública le pasó al gobierno bloquista, debe destacarse en primer lugar el tufillo de soberbia que despedían todos los rincones de la administración. Los cabos y sargentos, y hasta los propios alfiles del rey, parecieron acceder a los cargos con la firme convicción de que se trataba de prebendas o canongías. Ya en la campaña electoral, con su partido en el gobierno, actuaron como jinetes del caballo del comisario. Con ese argumento pidieron apuestas y después, con la misma mentalidad, debieron pagarlas.

Vacaciones en Chile: Los Bravo tuvieron durante muchos años una casa en La Herradura, una playa cercana a Coquimbo. En esta foto se ve a Leopoldo e Ivelise durante unas vacaciones en el vecino país de Chile.

Por otra parte, tampoco el nepotismo pasó inadvertido para el electorado independiente, menos todavía para el opositor. En dos años de gobierno fue indisimulable que existían hijos y entenados, aparcerías y asociados que mortificaron no solamente el buen gusto sino también la paciencia de un padrón cada día más duro.
Pero tal vez —y siempre sin agotar el inventario— la principal causa de la reacción electoral debe vincu larse con la suma del poder público. De pronto, al terminar el escrutinio del ‘83, la ciudadanía sanjuanina advirtió que todos los poderes quedaron en manos de un solo partido. La hipertrofia fue más evidente en el Ejecutivo y en el Legislativo, donde el 87 por ciento de diputados (bloquistas) era un número más que suficiente para sancionar cualquier ley y adoptar cualquier medida. Semejante discrecionalidad, finalmente, dejó de ser un riesgo para convertirse en realidad con el caso de las dos legisladoras expulsadas.
Los errores —excesos— no se agotan aquí. Pero los señalados constituían motivos más que suficientes para una sanción electoral como la sufrida en noviembre. Así debió entenderlo Bravo y decidió que el repudio a los excesos y la incomprensión de sus proyectos merecían una sola respuesta: el portazo. Y se fue.
Lo que nadie sabe es si todavía se está yendo o sólo se ha dado cuartel para proyectar su retorno.

Sobre todas estas cosas —seguramente— reflexiona Leopoldo Bravo en estos días, cuando San Juan se viste de otoño. Una estación melancólica en la que los colores plenos dejan lugar a los tenues. Pasó la primavera, se fue el verano, se acerca el invierno. Algunos prefieren observar desde la ventana. Otros no saben, no pueden o no quieren hacerlo. Pisar las hojas secas e imaginar primaveras también tiene su atractivo.
El caudillo ha visto todo en política. Y seguramente vuelve siempre a un viejo tema: el reino y el poder. Quizás enfrente el mismo dilema del príncipe dinamarques de Shakespeare. O tal vez, leyendo pintadas sobrevivientes de antiguas campañas electorales, donde su nombre se entremezcla con vivas y mueras, con traiciones y lealtades, con amores y odios, sueñe en transitar las calles de lejanas capitales, bajo el discreto encanto del anonimato.
Sabe —y cómo no—que el poder que no se ejerce se pierde. Y por ejercer ese poder hasta dejó el reino. En la soledad de los que deciden, quizás también él se pregunte si hoy alguien puede contar la historia por vivir. Nadie lo hará —si fuera sensato—, porque las historia, especialmente las americanas, son imprevisibles. Todavía faltan muchas anécdotas.
Con los nitos: Ya Bravo estaba dejando la actividad política cuando posó con sus nietos e Ivelise en una foto para El Nuevo Diario.

Charlas en Italia

De las largas charlas que quien esto escribe, entonces corresponsal de Clarín, tuvo oportunidad de compartir en Roma con Leopoldo Bravo, embajador en Italia, han quedado algunos conceptos que pintan en gran medida el ideario del caudillo. Este es el resumen de una conversación poco antes que el lider bloquista regresara a San Juan para asumir nuevamente la gobernación en 1.981.

Último cumpleaños en el partido: Era común el festejo del cumpleaños de don Leopoldo en el Partido Bloquista. Esta foto fue tomada la última vez que el viejo caudillo pudo concurrir al festejo.

—No es fácil gobernar San Juan…
—Yo creo que lo que nos falta es entender que el mundo cambia. Hoy no es posible manejarse sólo con los leales. Hay que dialogar mucho con los que no piensan como nosotros. Las posiciones dogmáticas hay que dejarlas para los curas pero no para los políticos. Además, hay que tener buenos técnicos. No se puede gobernar sin técnicos. Viene un amigo y te dice: “Pero doctor… ese tipo no tiene votos y ni siquiera está afiliado”. Y yo le digo: “Pero ese señor sabe lo que hay que hacer y muchas veces los amigos no lo saben”. El partido funciona solo para las elecciones y eso debe cambiar. Debemos conformar equipos técnicos que trabajen todo el año, haya elecciones o no. No alcanza con convencer a los convencidos. Debemos atraer a todos.
—El bloquismo tiene buenos cuadros…
—Sí, hay muchos hombres capaces. Pero hay otros que solo hacen política en el café y son los que mas hablan. ¿Vos te crees que a mi me gusta bajarme de un avión en pleno verano a las 2 de la tarde y subirme a un auto para irme a un acto en jáchal? Pero esto es la política. Yo le debo mucho a mi salud…
—¡Cual es para usted el principal problema de los sanjuaninos?
—Vos has viajado igual que yo y lo que advertis es que los países que más crecen son los que han roto el aislamiento, los que han dejado de lado las discusiones estériles, los que negocian con todo el mundo, los que dejan de lado las ideologías para buscar el bien común. Durante muchos años los sanjuaninos hemos vivido enfrentados entre nosotros, creyendo que el mundo terminaba acá, produciendo lo que queríamos en lugar de lo que podíamos vender, peleándonos con la Nación. Esos son errores que se pagan caro. Gobernar hoy es escuchar a los que saben, planificar, convencer a los propios y a los que no piensan como nosotros y tener buenas relaciones con la Nación. Lo demás son macanas que sirven para una charla en el café.
Leopoldo Bravo asume por última vez la gobernación en 1983. En esta foto tomada en los jardínes de la casa de gobierno, aparece a la derecha el vicegobernador electo, Jorge Ruiz Aguilar, quien luego asumiría la gobernación al renunciar Bravo en 1985 y a su izquierda, Eduardo Pósleman que fue el último mandatario del proceso militar.

“Lo que aprendí del pueblo”

El 8 de octubre de 1.985 se anunció la licitación del dique Cuesta del Viento y el gobernador Bravo pronunció un discurso en Jáchal. Allí dijo algo que merece destacarse:
—Yo he andado mucho, he leido, estudie y conversé con hombres muy importantes del mundo, políticos, literatos… Pero les diría que las cosas fundamentales, mi amor al pueblo, el conocimiento de los sanjuaninos y de alguna manera del pueblo argentino, no lo he aprendido en la universidad, ni en los palacios que he vivido, en ese mundo de ficción, casi de cine. Lo he aprendido en el rancho, conversando con esos viejos y viejas que describe Buenaventura Luna, aquí, precisamente en Jáchal, cuando tenía 12 o 14 años y compartía con ellos un solo vaso, un solo cubierto…

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Leopoldo Bravo, un caudillo cuyas decisiones eran inapelables




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