Sábado, 27 de Febrero de 2021      

Una mirada al pasado V

Los curas estancieros

Vista hacia el oeste de parte de la estancia de El Leoncio (con la cordillera al fondo)
Casi contemporáneamente en el siglo XIX dos zonas tradicionalmente ganaderas del sudoeste de la provincia de San Juan tuvieron como propietarios a sacerdotes. Estas estancias eran la de El Leoncito, en la vertiente occidental del sistema orográfico conocido como “Precordillera de la Rioja, San Juan y Mendoza”, y la de El Acequión, sobre la vertiente oriental. Ambos propietarios habían obtenido la titularidad de las mismas herencias.

A principios del siglo pasado El Acequión fue propiedad del padre agustino fray Antonio Gómez Salinas. El origen de su titularidad se remontaba a la segunda mitad del siglo XVII cuando el gobierno de la Capitanía General de Chile había otorgado la merced de tierras en que quedaba comprendido este lugar a don Diego de Salinas y Heredia. Por posteriores divisiones hereditarias, ventas y traspasos había quedado en manos de dicho sacerdote un casco de estancia que limitaba por el sur con la aguada de las Cuevas, al norte con el campo de los Guardia, al este con el camino de San Juan a Santiago de Chile y por el este la entonces llamada “sierra alta del Acequión, parte ya del sistema de la Precordillera”.

Entre 1818 y 1822 el padre Gómez Salinas peticionó reiteradamente ante el Teniente Gobernador de San Juan, Dr. José Ignacio de la Roza para que el Gobernador Intendente de Cuyo, como Vicepatrono, le permitiera crear un cuadro rural con centro en El Acequión y que comprendiera también los parajes de “Calingasra”, Leoncito, Pedernal, Berros y Huanacache. Argumentaba como razón para el nuevo curato la necesidad de la atención espiritual permanente de las personas que vivían en esos lugares, cosa que él mismo cumplía desde hacía veinticinco años ocasionalmente y en forma personal con licencia del párroco. Para ello había construido y mantenía a sus expensas una capilla pública en su propiedad bajo la advocación de la Virgen de la Candelaria –a cuya festividad acudía incluso gente de ciudad de San Juan - y anualmente realizaba una gira pastoral, la cual cada vez le resultaba más difícil por su avanzada edad.

Como antecedente enunciaba sus méritos, entre los cuales, además de la labor misionera, destacaba su actuación en la campaña liberadora del General San Martín: “las tres campañas contra el anarquista Carrera” en la cuales había sido capellán y médico cirujano de las tropas con riesgo de muerte, la “elección y reunión de prácticos para la expedición por la cordillera” del Ejército de los Andes, la “seguridad del partido del Acequión”, los “cuantiosos donativos en cantidad de mil pesos en numerario, en mulas, caballos, monturas y demás aprestos” y la “inoculación de la vacuna en los lugares de Acequión, Pedernal y Huanachache”.

Fundada la posibilidad de la creación del nuevo curato en las antiguas Reales Cédulas de1764 y 1765 por las cuales se favorecía la erección de curatos donde fuera necesario cuando los lugares se encontraran a más de diez o doce leguas (aproximadamente 60km) de la parroquia a la que pertenecían; y consideraba que esa legislación “aunque dictada por el despotismo español, se haya fundada en toda razón y justicia. “. Luego sugería en forma bastante compleja de dónde podía obtenerse el sostenimiento pecuniario para el nuevo curato.

El gobierno de San Juan certificó y destacó como ciertos y valiosos todos los méritos enunciados por el peticionante, adelantó el visto bueno a la posibilidad de la creación del curato y sometió la solicitud a consideración de una comisión de la Junta de Representantes. Esta comisión, formada por Manuel Astorga, Manuel Lima y Pedro del Carril se expidió a fines de 1822 desestimando la creación del curato por una serie de razones que había analizado detalladamente.

En primer lugar la comisión destacaba que los nuevos curato doctrinales se habían construido a medida de que se había ido formando un conglomerado social católico de gran población y cuando había disposición de terrenos dilatados y agua en abundancia, para asegurar la subsistencia a perpetuidad, así como cuando la demarcación del distrito que correspondiera al nuevo curato no fuese tan amplio como para incomodar la concurrencia de los feligreses a participar de los ministerios divinos o el traslado del cura a los hogares de los integrantes de su curato cuando fuese necesario. Con el estudio y el asesoramiento de personas conocedoras, la comisión concluyó que en Guanacache (distancia 9 leguas del Acequión) vivían seis familias; en Pedernal (a 5 leguas de la capilla) también residían seis familias; en Calingasta (a una distancia de 28 leguas) residían 6 familias; en El Leoncito (a 12 leguas) solo una familia y en Los Berros (distante 7 leguas del Acequión) eran estable sólo cinco familias; con las cuatro familias que residían en el lugar donde estaba la capilla se elevaba a 28 familias (es decir alrededor de 140 personas). La muy escasa población y lo dilatado del territorio en cuestión no justificaba la creación de dicho curato, más un teniendo en cuenta que los habitantes de El Leoncito y Calingasta (7 familias en total) les era más sencillo acercarse a la misma ciudad de San Juan que a El Acequión para cumplir con sus deberes religiosos.

Otro inconveniente que veía la comisión era que en el mismo Acequión, que pertenecía a dos propietarios ganaderos, vivían solamente las familias de los capataces y los peones respectivos, con los que se constituían las cuatro familias existentes, y se plantaban sólo algunos terrenos de alfalfa regados con la vertiente del lugar para uso de la misma hacienda, lo que era insuficiente para garantizar “la perpetua pensión de hospedarlos” a los feligreses del curato que concurrieron a la parroquia. Por último la comisión no entendía con claridad cuál sería el origen de los fondos para el sostenimiento de la iglesia y del culto. Por todo eso desestimó la creación del curato.

Vista hacia el este de parte de la estancia de El Acequión.
Al año siguiente el padre de Gómez Salinas sufrió la usurpación de los terrenos, pero pudo recuperarlos, así como cuando en 1833 don José Navarro lo quiso despojar de los mismos, pero ante sus presentaciones judiciales les fueron restituidos. Fray Antonio Gómez Salinas murió en 1840; finalmente su herencia fue vendida por su albacea a Manuel Aguilar.

Hacia mediados de siglo XIX el presbítero Eleuterio Cano era el dueño de El Leoncito. El origen de su propiedad se remontaba a 1822 cuando don Mateo Cano y Ramírez, por sus servicios prestados como coronel de Regimiento de Caballería Miliciana de las compañías sanjuaninas en la campaña de San Martín, solicitó y obtuvo por parte del gobierno de San Juan la posesión legal de los terrenos llamados de El Leoncito que usufructuaba desde hacía 45 años y que lindaban por el oeste con el río de Los Patos, por el norte con el río San Juan, por el sur con los potreros de Balmaceda (es decir el paraje Santa Clara) y por el este la Sierra del Tontal.

De tal manera en las primeras décadas del siglo pasado los terrenos de El Leoncito abarcaban toda la vertiente occidental de la Sierra del Tontal (parte de la Precordillera). Posteriores herencias, ventas y traspasos subdividiendo la propiedad.

Uno de los herederos al que le correspondió el sector que actualmente se conoce como Estancia de El Leoncito, fue el presbítero Eleuterio Cano quien, en 1862 solicitó al gobierno de San Juan el permiso para destinar a uso público el cementerio que había construido en ese lugar. Tal petición fue oficialmente aceptada y firmada por Domingo F. Sarmiento como Gobernador y Ruperto Vargas y Valentín Videla como ministros. Para 1886 todavía el padre Cano era propietario del lugar porque en esa fecha compró a Mateo Ignacio Cano una parte del campo de crianza de El Leoncito para agrandar su propiedad.

La existencia real de estos curas estancieros (directa o indirectamente relacionados con parte de la gloriosa historia de los comienzos de la independencia nacional) y la conservación de restos de algunas de sus obras edilicias, promovió durante muchos años y varias generaciones la trasmisión de relatos fantásticos sobre los mismos en los cuales se los hacía actuar en siglos pasados y se los relacionaba con supuestos indígenas ya inexistentes a los cuales misionarían. La realidad de su acción, en cambio, es mucho más interesante que cualquier relato inventado.



Fuentes:
Archivo Histórico y Administrativo de San Juan (Recopilación Ing. Juan Siri)
Gil, O. La frontera de San Juan con Mendoza. Antecedentes sobre límites provinciales. Buenos Aires, 1938.



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